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17 de mayo de 2024 | Historia

1789-1799

Las rebeliones populares en tiempos de la Revolución Francesa

La escandalosa desigualdad social de la Francia del siglo XVIII explicaría la temprana aparición de revueltas populares. Desde 1775, comenzaron a sucederse diversos motines en las afueras de París y preanunciaban la rebelión campesina de 1789.

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por:
Alberto Lettieri

Este movimiento fue iniciado por los consumidores pobres y su reclamo se circunscribía a los aumentos indiscriminados en los precios de los alimentos. George Rudé considera que estos motines carecían de objetivos políticos y se dirigían exclusivamente a los comerciantes, eludiendo la responsabilidad del gobierno en dichos asuntos. Recién comenzarían a politizarse en la primavera de 1789, cuando se produjeron insurrecciones rurales –Le Grande Peur– seguido de una rebelión fiscal, asaltos y saqueos a los bienes de la nobleza y confiscaciones de cereales. La acción revolucionaria de los campesinos y pobres urbanos transformó al movimiento en una guerra social. Las rebeliones se desataron en regiones cercanas a las grandes ciudades, con economías mercantilizadas, con un comercio importante y redes viales.

La geografía de las revueltas escondían en realidad a su gran organizador: la burguesía. La represión a las masas se fue desarticulando porque buena parte del ejército abandonó la causa monárquica, y se acercó a la postura burguesa. En Francia, más que en ningún otro país, la creación de una sociedad burguesa se asoció rápidamente con la democracia. Liberalismo y democracia parecían inicialmente como dos caras de una misma moneda. El movimiento democrático se organizó a partir de la proliferación de clubes populares y cofradías. Hacia 1791, las sociedades de barrio estaban federadas en torno de un Comité Central. Este elemento tempranamente popular generó lo que la burguesía denominaría “exceso de democratismo”. Liberalismo y democracia no estaban necesariamente hermanadas. Por este motivo, las nuevas clases dominantes tomaron sus reaseguros para evitar los desbordes sociales y la convergencia de los nuevos obreros en gremios.

En 1791, se promulgó la Ley Le Chapelier que restringía la sindicalización. Como afirma Furet, ni siquiera la izquierda de la Asamblea defendió entonces el derecho de asociación obrera. Esta legislación fue un instrumento coercitivo del estado, necesario para la consolidación de los intereses liberales. Si bien la rebelión de las masas sirvió como fuerza de choque de la revolución burguesa, éstas se levantaron nuevamente en julio de 1791, ante el intento fracasado de huida del rey. El pueblo se manifestó entonces en el Campo de Marte y, por primera vez, el gobierno revolucionario atacó a quienes lo habían llevado al poder. La matanza de ese día no determinó la caída del régimen monárquico sino hasta un año después, teñido de los avatares de la guerra –que a esa altura parecía perdida– y donde el republicanismo comenzó a visualizarse como horizonte. Con todo, en esta ocasión fueron las masas las que, con su presión, impusieron el sufragio universal.

En los años siguientes, el nacionalismo articularía las ideas ilustradas con la acción popular. Fue el momento de la aparición de un sector heterogéneo formado por indigentes, obreros, trabajadores domiciliarios, oficiales, artesanos y tenderos, conocidos globalmente como los sans-culottes, los cuales no pueden definirse por su posición económica sino por ser el reverso del Antiguo Régimen. Su identificación estuvo signada por la adscripción a la fórmula Igualdad y Fraternidad y la nueva religión civil: la nación. Su alianza con los jacobinos fortaleció la República, aunque un año después la coalición se había deshecho y el nuevo organismo legislativo de 1795 le quitaría el derecho al voto. La última incursión de los sans-culottes fue el intento de François Babeuf de derrocar al Directorio en lo que se denominó la Conspiración de los Iguales.

El temprano descubrimiento de dicha confabulación desarticuló a los grupos de izquierda y aglutinó a la burguesía para impedir futuros contratiempos a su dominación. Una nueva ola de rebeliones populares se extendió por Francia hacia 1815, y tenían como objetivo bloquear la restauración monárquica. El carácter fragmentado y esporádico de las mismas, sumado a la fortaleza de la Santa Alianza, implicó el fracaso de estos movimientos hasta finales de la siguiente década. En efecto, la revolución de julio de 1830 tuvo como causa principal la represión orquestada por Carlos X de la movilización republicana de 1829, encabezada por las fuerzas burguesas y seguida por los trabajadores. El rey reaccionó disolviendo la Cámara de Diputados, modificando el sistema electoral y maniatando a la prensa. Todo ello equivalía a un golpe de estado; como respuesta estalló la rebelión en París y los insurrectos se hicieron dueños de la ciudad, instaurando un gobierno provisional.

Para impedir la proclamación de una nueva república, los diputados liberales recurrieron a Luis Felipe de Orléans, quien aceptó dirigir una monarquía constitucional. El régimen perduró hasta 1848, aunque se vio muchas veces acechado por insurrecciones prorrepublicanas en París y Lyon. La década del 30 mostró un capitalismo aún embrionario y donde todavía no existía un movimiento típico del proletariado industrial sino artesanos y jornaleros urbanos procedentes de la industria doméstica. Al igual que sus pares ingleses, los trabajadores destruyeron máquinas y reclamaron el derecho a organizarse en nombre de la libertad. El socialismo utópico de los seguidores del conde Claude H. de Saint-Simon giraron paulatinamente hacia un positivismo férreo; en este período sólo unos pocos como Louis-Auguste Blanqui comenzaron a hablar en términos de lucha de clases, aunque su principal enemigo era la ascendente clase media. No dejó de ser un movimiento de elite debido a la propia debilidad de la clase obrera francesa. La típica forma de organización fue la hermandad insurreccional secreta, donde sus miembros se consideraban grupos selectos frente a una masa “inerte e ignorante” que debía ser organizada y movilizada. El frustrado levantamiento de 1839 mostró por primera vez un carácter revolucionario socialista aunque muy inmaduro. Recién en 1848 se verían los primeros rasgos de la lucha de clases expuesta por el marxismo. A

un así, tal como afirmó Marx, las fuerzas productivas no estaban desarrolladas en su plenitud y, por tanto, la dictadura del proletariado todavía era un horizonte poco claro. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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