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22 de mayo de 2024 | Opinión

Aprender a escuchar

La virtud olvidada del silencio

Vivimos en una sociedad acostumbrada al ruido. En una palabra, somos una sociedad ruidosa. Pocos se atreven a permanecer en silencio, aunque sea por un momento, para simplemente observar las cosas, analizarlas con mayor detenimiento y sin otro interés que entender ciertos procesos que luego pueden conducir a soluciones posibles.

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por:
Emilio Rodríguez Ascurra

El silencio ha llegado a verse como sinónimo de soledad, fracaso o incluso vacío y falta de autoridad. "Quien calla, otorga", dice el dicho popular, sugiriendo que el silencio implica consentimiento. Sin embargo, algunos pocos ven en el silencio la elocuencia de la virtud. En nuestra sociedad, el imperativo parece ser gritar hasta acallar al otro, especialmente a aquel que piensa distinto.

Estamos rodeados de ruidos. Ruidos cuando alguien opina y preferimos contradecir en lugar de considerar qué puede tener de cierto lo que dice o qué puede aportarnos. Ruidos en las redes sociales, donde parece que todos debemos tener una opinión sobre cualquier tema. Y los ruidos de los expertos, los monotemáticos, que como tales se creen poseedores de la verdad absoluta.

La actual tensión diplomática con España, un país donde viven miles de argentinos y al que muchos otros miramos con nostalgia por ser la tierra de origen de nuestros antepasados, debería invitarnos a reflexionar. Este contexto debería llevarnos a reencontrarnos en el silencio, pero no un silencio pasivo, sino uno de escucha atenta.

Cientos de argentinos cargan todos los días con pesadas mochilas de problemas. Para ellos, no hay palabras que basten, sino silencios que se transformen en la clave para resolver sus dificultades. De lo contrario, la virtud del experto se convierte rápidamente en charlatanería.

El libro del Eclesiastés, concepto hebreo que hace alusión al asambleísta y que se convirtió en un texto de predicación para los presbíteros judíos, contiene una sabia máxima: “Hay un tiempo para hablar y un tiempo para callarse” (Eclesiastés 3:7). Esto nos recuerda la virtud del silencio y su necesidad para sopesar nuestros pensamientos y acciones.

En marzo de 1985, en los jardines de la Casa Blanca, el entonces presidente Raúl Alfonsín sostuvo frente a su par Ronald Reagan: "Estoy convencido de que a través del diálogo se podrán encontrar fórmulas de paz, que sobre la base del respeto al principio que hace al derecho consuetudinario americano de la no intervención, nos den la posibilidad de lograr un triunfo en las ideas de la democracia y el pluralismo de la democracia, sin injerencias extracontinentales y afirmando desde luego, la libertad del hombre.”

No es posible dialogar sin un otro que guarde silencio, que escuche, que no necesariamente asienta a todo lo que se debate, pero que busque puntos de encuentro. En aquel entonces, no se generó ningún conflicto diplomático ni hubo sumisión de ninguna de las partes, sino un diálogo entre dos hombres de la democracia. Hacia allí debemos caminar: hacia el encuentro del otro con ánimo de escucha, sin soluciones mágicas, sin gritar. De lo contrario, corremos el riesgo de confundir el mundo con nuestro propio discurso.

Recuperar la virtud del silencio no solo nos permitirá escuchar y comprender mejor a los demás, sino que también abrirá caminos para el diálogo genuino y constructivo. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más equitativa y justa, donde las soluciones no se impongan a gritos, sino que se construyan desde la escucha y el respeto mutuo.

 

(*) Emilio Rodríguez Ascurra es llicenciado en filosofía y presidente Coalición Cívica La Plata.


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