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21 de junio de 2024 | Cultura

Un punto de inflexión

La Revolución Rusa, entre la teoría y el pragmatismo (II)

Los juicios sistemáticamente despectivos que Lenin descargó sobre los campesinos a lo largo de sus trabajos constituyen una prueba contundente de la continuidad del autoritarismo y de los gobiernos de elites antes y después de la Revolución de 1917.

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por:
Alberto Lettieri

En efecto, pese a que la población rural representaba casi el 90 por ciento del total, Vladimir Ilʹich Lenin no cesaba de descargar sobre ellos improperios, acusaciones, desconfianzas. A su juicio, quienes soportaban sin hesitar los privilegios aristocráticos y la servidumbre zarista no podrían ser considerados como una fuente de inspiración de la acción revolucionaria. Sólo podrían esperarse de ellos traiciones. Por esta razón, Lenin hacía especial hincapié en el papel que debían jugar los soldados y los obreros, quienes constituían una minoría dentro del conjunto de la sociedad. Por esto, desde las primeras etapas de la revolución, la vanguardia de los dirigentes no se preocupó por implementar ninguna forma de representación o de expresión masiva de la sociedad rural –como, por ejemplo, el sufragio popular, plebiscitos, etcétera– sino que pretendió montarse sobre el consenso de los soviets.

Los soviets eran comités de reunión, asambleas populares urbanas, que tenían dos características principales. En primer lugar, eran minoritarias y dentro de ellas tenían participación mayoritaria obreros y soldados. Y en segundo lugar, por la dimensión que fue tomando el estado revolucionario, a estas asambleas les sucedió lo mismo que a los clubes populares y asociaciones en tiempos del comité de Salvación Pública de los jacobinos franceses: en lugar de que el gobierno se ocupara de implementar las demandas de los comités o de las asambleas –confirmando de este modo un verdadero cambio revolucionario respecto de la lógica de la política representativa burguesa–, las autoridades se empecinaron en imponer políticas a través de la manipulación y la coacción, para luego presentarlas como fruto de la acción de los soviets.

Por lo tanto, en cuanto construcción política había una dictadura y un orden autoritario de gobierno, que no sólo excluía al 90 por ciento de la población rural sino que tampoco atendía en demasía las iniciativas del 10 por ciento restante. Ese orden autoritario se fue prolongando en el tiempo. De hecho, pese a la fantasía elaborada por la propaganda comunista, no se trataba de una sociedad capaz de generar alternativas propias, autónomas, de abajo hacia arriba, sino que fue adquiriendo nuevos contornos a partir del ejercicio de la imposición o de la planificación, que fue la palabra clave que definió los destinos de la Unión Soviética a partir de la llegada de Iósif Stalin al poder, en 1924. La idea de planificación implicaba la creación de oficinas burocráticas que fijaban metas y asignaban recursos, y que se convirtieron en la columna vertebral que permitía articular el régimen.

Efectivamente, este régimen no se basó en la participación generalizada, democrática, sino en la imposición y gerenciamiento de decisiones tomadas en el ámbito de la burocracia. Esto quedó claro en los planes quinquenales que se implementaron a partir de la segunda mitad de la década de 1920, que alcanzaron un éxito notable en la transformación económica de la Unión Soviética, ya que permitieron la modernización total de la industria pesada (que hasta antes de la revolución prácticamente no existía) a través de una enorme transferencia de recursos provenientes de la agricultura. Pero, por otro lado –justamente porque no fueron iniciativas autónomas de la sociedad sino imposiciones de la burocracia– estos planes quinquenales no fueron precisamente neutros en cuanto al costo humanó, sino que exigieron un tributo escalofriante de millones de vidas. Las víctimas de este proceso eran los opositores, los trabajadores sobreexplotados por la industrialización y los campesinos que vieron disminuida notablemente su provisión y capacidad diaria de consumo de calorías, a consecuencia de las decisiones de los organismos de planificación que exigían crecientes excedentes al campo para financiar el desarrollo industrial.

La revolución soviética planteó también un elemento importante en materia cultural: la creación de un “hombre nuevo”. Así como el liberalismo había planteado el ideal del hombre burgués, la revolución rusa inventó al hombre nuevo comunista. Este hombre nuevo no era necesariamente un proletario. Este ideal de hombre nuevo se caracterizaba por su despojamiento de todo tipo de individualismo. Era solidario y comunitario, un hombre que dedicaba una parte significativa de su tiempo a la cultura y a la práctica del deporte. Sin embargo, si bien esta definición del hombre nuevo surgió con los inicios de la revolución, en realidad, el esfuerzo del proceso de industrialización hizo que hasta que no estuvo avanzado el proceso de construcción revolucionaria –es decir, un par de décadas más tarde– no se concretó la alfabetización y el desarrollo cultural en todo el ámbito de la Unión Soviética

Éste era un primer modelo de autoritarismo que, de todas formas, tuvo una gran aceptación en Occidente, debido a que las versiones de la revolución y de las características de la nueva sociedad soviética fueron muy poco fieles a la realidad. Sólo se tenía idea de que había triunfado una revolución que acabó con la aristocracia, que había destrozado todo indicio de la burguesía incipiente que estaba apareciendo en Rusia a principios del siglo XX, y que estaba a cargo del poder un grupo dirigencial que se presentaba como vanguardia y expresión de la voluntad de los trabajadores organizados en soviets. Además, la posibilidad de desafiar el dominio de la burguesía y las condiciones de explotación existentes en las potencias de Occidente generó una gran atención de los grupos que estaban vinculados con los partidos y sindicatos socialistas o anarquistas. La vanguardia dirigente de la revolución también intentó incidir en el terreno internacional, auspiciando la creación de partidos y de sindicatos comunistas en el resto del mundo, que deberían cumplir religiosamente las decisiones estratégicas que se adoptaban en Moscú, lo cual expuso a estos partidos a la necesidad de realizar curiosas parábolas en sus líneas políticas, según cuál fuera la línea directriz adoptada por el comité central moscovita, y justificaciones no menos fantasiosas para retener a sus sorprendidos afiliados. Por ejemplo, los partidos burgueses pasaron de ser enemigos del proletariado y de la revolución en 1920 a aliados privilegiados durante los años 30, en vista del avance de las tendencias fascistas y nazis, que eran juzgadas como expresión de la barbarie y de los instintos más rastreros del ser humano.

Sin embargo, la celebración del acuerdo entre Adolf Hitler y Stalin, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, motivó una revalorización de los regímenes fascistas, que sufriría a posteriori un nuevo paso atrás, en ocasión de la ruptura de dicho pacto. En materia sindical, la dirigencia soviética creó, en 1919, la Tercera Internacional de los Trabajadores. Las Internacionales de Trabajadores anteriores habían sido ámbitos democráticos de participación de trabajadores de distintas nacionalidades, pero esta Tercera Internacional no lo fue. La Primera Internacional había fracasado estrepitosamente a fines de la década de 1860, a consecuencia de las rivalidades entre dirigentes obreros de distintas nacionalidades. La Segunda Internacional tuvo una duración más extensa, e incluso llegó a fijar una sólida crítica de la Primera Guerra Mundial, a la que calificó como un conflicto interburgués. La Tercera Internacional era una nueva organización de trabajadores que tenía la particularidad de que, en lugar de generar un ámbito democrático de participación de trabajadores de distintos países, creó una burocracia controlada por la conducción de la URSS, imponiendo líneas de acción a los trabajadores que pertenecían a sindicatos comunistas de todo el mundo. En las consideraciones sobre las políticas ya no jugaban un papel decisivo las condiciones y necesidades de la clase obrera de cada país, sino la necesidad de consolidar la revolución en la Unión Soviética. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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