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13 de septiembre de 2024 | Pastillas de Colores

Autostop entre el Magreb y Medio Oriente

De Marruecos a Jordania: El esplendor del Imperio Romano en dos bastiones más allá de Europa

Las huellas del Imperio Romano revelan la grandeza de los enormes dominios conquistados en su período de esplendor. Algunos de los mejores conservados están en el norte de África y Medio Oriente: las ruinas de Volubilis, en Marruecos, y de Gerasa, en Jordania, evidencian avanzados conceptos en urbanización, obra pública y servicios esenciales.

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por:
Juan Provéndola

No hay que ir hasta Roma para poder medir la magnitud del Imperio Romano. Por el contrario: a veces, incluso, lo mejor es alejarse de ella. Es que no sólo importa la perspectiva histórica, sino también la geográfica. Estamos hablando de uno de los imperios más grandes y poderosos en toda la historia de la humanidad. Lo cual, entre tantas otras cosas, supuso una abrumadora extensión de territorios. Y entonces uno puede estar en lugares tan lejanos de la actual capital italiana como el noroeste africano o el corazón de Medio Oriente, y así y todo cruzarse con vestigios de aquel dominio descomunal. Así lo certifican dos ejemplos: las ruinas de Volubilis, en Marruecos, y de Gerasa, en Jordania.   

A lo largo de sus cuatro siglos de vigencia, el Imperio Romano fue ampliando sus dominios alrededor del Mediterráneo, alcanzando su máxima extensión bajo el poder del emperador Trajano, en el siglo II. En ese entonces, Roma se arrogaba la propiedad de una vasta región que abarcaba desde el Océano Atlántico, al oeste, hasta parte de lo que es Inglaterra, al norte, pasando por los mares Caspio y Rojo, al este, y el desierto de Sahara, al sur. 

Sus anexiones estaban respaldadas principalmente por su poderío militar. Lo cual incluía sangre, muerte y dolor en cada empresa bélica, acaso como muestra aleccionadora sobre la capacidad de daño ante cada intento de resistencia. Así, llegaron a expandirse hacia lo que hoy es Marruecos, en el extremo atlántico de la África árabe, y el Medio Oriente, precisamente en Jordania, primera subdisivison del viejo Mandato Británico de Palestina.

ÁFRICA MÍA

No sólo lo hizo para dominar las dos costas del Mediterráneo: el desembarco de Roma en lo que hoy es el continente africano respondió también a la necesidad de sofocar una de sus principales sombras comerciales y militares: Cartago, en la actual Túnez. 

Una vez que hizo pie en Africa, el Imperio siguió avanzando hacia el Océano Atlántico, donde se encontró con la ciudad de Volubilis, en el año 42 después de Cristo. Perteneciente a la provincia de Mauritania Tingitana (en lo que hoy es el norte marroquí), Volubilis no era su capital, pero sí su ciudad más importante. Roma no escatimó en gastos de obra pública para preservar uno de sus enclaves africanos más importantes (que llegó a tener más de 20.000 habitantes), ya que desde allí se enviaban aceite, trigo, animales destinados a los circos y moros que eran enrolados forzosamente en el ejército.

Tras la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476, la ciudad fue sucesivamente conquistada por bereberes, griegos y sirios. Algunos emigraron a Tánger, hacia el norte, y los que se quedaron usaron las partes deshabitadas, como el cementerio. Más tarde, el emir Idrís I (considerado el fundador de Marruecos) hizo de Volubilis el epicentro del islamismo en la región, aunque su esplendor comenzó a desvanecerse en el siglo XVIII, cuando el catastrófico terremoto de Lisboa la hizo añicos. Sus restos fueron luego saqueados para utilizarlos como material de los palacios edificados en Meknes, nueva capital de la región.

Sepultada bajo tierra, la vieja ciudad fue redescubierta por arqueólogos franceses que comenzaron a excavarla a partir de 1915. Esas tareas lograron sacar a la luz la mitad de sus 40 hectáreas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco luego de que muchos de sus restos fueran llevados al Museo de Arqueología de Rabat, o directamente robados.

En la entrada del predio arqueológico (uno de los mejor mantenidos de toda la Africa árabe) hay una serie de esculturas al aire libre. Se ingresa por el Decumanus Maximus, la calle principal, que aún se conserva pavimentada y va desde la Puerta de Tánger hasta el Arco del Triunfo, hecho de mármol en 217, para agradecerle al emperador Caracalla la concesión de la ciudadanía romana a los habitantes de Volubilis. El foro, la basílica del siglo II (que servía como Bolsa de Comercio y Palacio de Justicia) y el templo de Júpiter, situados los tres en la parte alta, eran el centro de la vida pública de la ciudad.

El altar de sacrificios y los baños también forman parte de los edificios públicos. Al lado de las letrinas comunales pueden verse las termas romanas con sus sistemas de calefacción. Las residencias particulares encontradas siguen el plano habitual romano con atrios e impluvios, especie de bañaderas que conservaban el agua de las lluvias y servían también para dominar las temperaturas en épocas de calor. Mayormente, los edificios fueron construidos con piedra caliza gris o azul, extraída de la cantera cercana de Zerhoun. Pero lo más atractivo de las casas son los mosaicos, que ornamentaban las residencias de los ricos. Algunos fueron encontrados íntegros y se rebautizaron con nombres tales como "Las pruebas de Hércules", "El baño de las Ninfas", "El acróbata", "Baco y Ariadna", "El Baño de Diana" o el erótico "Abducción de Hylas por las Ninfas".

Entre las grandes obras públicas, aún persiste el acueducto y una muralla de 2800 metros con 40 torres y ocho puertas que delimitaba la ciudad y la protegía, aunque jamás fue asediada ni atacada violentamente.

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A Gerasa, en la actual Jordania, le dicen "La Pompeya de Oriente" por el sorprendente estado de conservación de sus ruinas. La región es nombrada en la Biblia, puntualmente en el pasaje donde Jesús exorciza a un endemoniado, aunque algunos estudios sostienen que la geografía del lugar no coincide con la descripta en esos Evangelios. Con todo, se registra presencia humana desde hace por lo menos 5000 años. Y eso se debe a la fertilidad del suelo. Los países semidesérticos comparten una frase concluyente: "Donde hay agua, hay vida". Se cree que fue fundada como ciudad por Alejandro Magno. Pero su era dorada fue bajo control de Roma.

Conquistada por el Imperio en el 63 a.C., fue parte de la provincia de Arabia, que incluía actuales territorios de Siria, Egipto, Israel, Palestina y Arabia Saudita. Pero su referencia administrativa es en realidad con la Decápolis, conjunto de diez ciudades romanas en Medio Oriente. Entre ellas, dos actuales capitales: Siria, de Damasco, y Ammán, de Jordania. A diferencia de Volubilis, que ofrecía importantes beneficios económicos, la virtud principal de Gerasa estribaba en su ubicación geopolítica, ya que funcionaba como freno ante todo lo que estaba más allá del desierto. Por eso siguió vigente incluso cuando el Imperio Romano se dividió en dos, siendo uno de los principales bastiones del de Oriente. Tras la caída del Imperio, estuvo controlada por bizantinos y omeyas, aunque en el siglo VIII la devastaron algunos terremotos que redujeron su población a una cuarta parte.

Después de siglos de olvido (y tal como le pasó a Volubilis), Gerasa fue encontrada en 1806 por Ulrico Seetzen, un orientalista alemán que recorrió el mundo árabe y acabó envenenado cinco años más tarde en extrañas circunstancias. Pero su aporte sirvió para recuperar esa vieja ciudad e iniciar tareas de restauración que permitieran interpretar cómo era la vida en los dominios romanos de Asia. Las ruinas se ubican 50 kilómetros al norte de Ammán, la capital jordana.

La entrada principal a Gerada es a través del Arco de Adriano, puerta por la que originalmente pasaban sólo personalidades importantes. Ese monumento fue erigido en honor al emperador que más viajes realizó por los dominios del Imperio. Su visita a Gerasa sirvió para impulsar otras obras como la Plaza Oval, el Teatro Norte y los templos de Zeus y Artemisa. La plaza es el punto de referencia actual, con sus imponentes columnas, mientras desde el aforo se puede lograr una alucinante vista panorámica donde confluyen la vieja Gerasa y la actual, en la que viven más de 100.000 habitantes. Los templos, por su parte, están parcialmente desenterrados y nada queda de sus espectaculares esculturas.

También se aprecia la puerta tallada del Templo de Dioniso (que en el siglo IV fue reemplazada por una iglesia), la Fuente de las Ninfas y el magnífico Teatro del Sur, con capacidad para 3000 personas e inscripciones personales en los asientos. Rodeadas por los caseríos de los viejos aldeanos se encuentran el circo y el hipódromo, reconstruidos casi a nuevo para alojar carreras y espectáculos que recrean la época romana. 

A todos estos lugares pueden accederse transitando el Cardo Maximus, la calle principal, que no sólo se mantiene con el empedrado original sino que incluso guarda aún el recuerdo de las huellas de los carruajes, cuando pasaban por Gerasa las caravanas por el desierto. Algo que sólo podrá ser observado agudizando la vista, esmero necesario para poder viajar un rato en el tiempo. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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