Internacionales
Eduardo André Accastello, de 45 años, fue embestido por un joven de dieciséis años que habría pasado un semáforo en rojo mientras hacía picadas en pleno centro de Colón. Murió tras seis meses de agonía y su familia exige que el caso sea caratulado como homicidio doloso.
Eran las 18.10 del 7 de mayo cuando Eduardo Andrés Accastello, albañil, padre de tres hijos y sostén emocional de toda una familia, se detuvo con su motocicleta en el semáforo de la esquina de 47 y 17, en pleno centro de Colón. Minutos antes había terminado una jornada larga de trabajo, se había bañado y salido rumbo a una consulta con el dentista. Lo que siguió fue una tragedia anunciada: un adolescente de dieciséis años, con numerosos antecedentes, apareció por el boulevard 47 haciendo picadas con otro joven a bordo y cruzó el semáforo en rojo, embistiéndolo de costado.
El impacto quedó registrado por las cámaras de seguridad de la zona. “Cayó de lleno al pavimento con la moto encima y no tuvo tiempo a nada”, relató su hermana Alejandra. Pero los vecinos que presenciaron la escena agregaron detalles aún más estremecedores: los jóvenes se rieron de la situación, intentaron arrancar la moto para escapar, no pudieron y la gente del lugar tuvo que retenerlos hasta que llegó la policía.

Cuando los equipos médicos arribaron, Eduardo respiraba con dificultad y perdía sangre a borbotones. Fue reanimado en el lugar y trasladado al hospital municipal de Colón. Horas después, producto del cuadro crítico, lo derivaron de urgencia al hospital San José de Pergamino, donde debió ser sometido a una craneoplastía inmediata: los médicos tuvieron que retirar una gran parte del cráneo para disminuir la presión por las lesiones internas.
Pasó cincuenta y cinco días en terapia intensiva, muchos de ellos en coma inducido. Cuando despertó, solo movía la parte derecha del cuerpo. La izquierda había quedado completamente inmóvil. Luego llegó una hidrocefalia; más tarde, las primeras de varias meningitis; después, un shock séptico. Se le colocaron válvulas externas, luego una válvula interna, y cada avance era seguido por un retroceso más devastador.
“Estuvo todo ese tiempo en la misma posición, sin poder moverse. Sufría muchísimo”, recuerda Alejandra.

El 2 de julio fue derivado nuevamente al hospital de Colón. Allí, lejos de mejorar, la familia afirma que la atención fue deficiente: lo pasaron a sala general pese a su extrema complejidad, no se lo hidrataba adecuadamente y tampoco recibía la dieta necesaria para un paciente en su estado.
En paralelo, denuncian que jamás llegó la prótesis craneal que debía colocarse para mejorar su calidad de vida. “Con esa prótesis podría haber sobrevivido, aunque no fuese igual que antes. Pero nunca llegó. Y mientras tanto él no daba más del dolor”, agregó su hermana.
El 9 de septiembre fue trasladado por tercera vez, esta vez al hospital “Abraham Piñeyro” de Junín. Allí murió el 18 de noviembre, después de seis meses de padecimiento ininterrumpido.
El adolescente que conducía la moto tenía múltiples antecedentes penales. Durante buena parte del proceso estuvo bajo arresto domiciliario en condiciones que, según la familia, no garantizaban un control efectivo. “Queremos que lo encierren en un centro de contención. Si no, va a seguir haciendo lo que quiere. Es un chico peligroso”, advirtió Alejandra.
La fiscalía ya había sostenido que el joven actuó “con conciencia y voluntad”, describiendo la maniobra como dolosa y con conocimiento del riesgo fatal de su conducta. Esa apreciación se volvió central tras la muerte de Eduardo.
Originalmente imputado por tentativa de homicidio, ahora su familia exigirá que la carátula pase a homicidio doloso, algo que dependerá del informe de autopsia y del médico forense. “La causal de muerte está íntimamente conectada con el accidente”, aseguró el abogado Germán Brescovich.

Más allá del expediente judicial, el vacío que dejó Eduardo es inmenso. Padre de tres hijos, sostén económico y emocional de toda la familia, su muerte dejó una herida abierta que la ciudad aún no cierra.
“Nos fallaron todos: los que lo atropellaron, los que tenían que cuidarlo, los que debían controlar al menor. Mi hermano luchó seis meses. Merece justicia”, repite Alejandra.
Mientras esperan la fecha del juicio, la familia insiste en que el caso no puede quedar impune. La ciudad de Colón también aguarda respuestas. Porque detrás de cada estadística de tránsito hay una vida truncada, una familia destrozada y un sistema que muchas veces elige mirar para otro lado. (www.REALPOLITIK.com.ar)
¿Qué te parece esta nota?
COMENTÁ / VER COMENTARIOS
MÁS NOTICIAS