La intervención norteamericana en Venezuela significa el fin de una era para ese país, y también para América Latina. Después de largas décadas, los Estados Unidos implementaron una acción directa sobre la soberanía de una nación latinoamericana, a tono con el reordenamiento geopolítico en curso a escala mundial. El país norteamericano confirma así su pretensión de garantizar su control sobre su denominado “patio trasero”, actualizando los términos de la Doctrina Monroe (1823): “América para los (norte)americanos”.
El fin de Nicolás Maduro puede interpretarse como la crónica de una muerte anunciada. Desde hacía años, su gobierno venía deteriorándose y despojándose de todo sesgo democrático, sin conseguir disimular las acciones autoritarias, el fraude electoral ni la drástica caída de la calidad de vida de la población, potenciadas por un bloqueo que contribuyó decididamente a acelerar la caída libre del heredero del régimen chavista. De este modo, el anuncio de Donald Trump sobre el exitoso “ataque a gran escala” implementado sobre Venezuela, que incluyó la captura del mandatario y de su esposa, Cilia Flores, y su deportación posterior, no significan sorpresa alguna, ya que vino precedido de diversas acciones sobre embarcaciones y bienes del estado venezolano, con el argumento de combatir el narcotráfico y la corrupción.
“Estados Unidos ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, fue capturado y trasladado en avión junto con su esposa, fuera del país”, anunció Trump en una publicación en su red Truth Social. “Esta operación se realizó en colaboración con las fuerzas del orden estadounidenses”, agregó. Y adelantó: “Se proporcionarán detalles próximamente. Hoy a las 11.00 am (16.00 GMT) habrá una conferencia de prensa en Mar-a-Lago”.
Trump describió el hecho como “una operación brillante” y destacó que “Ha habido mucha planificación y mucha gente y militares muy buenos”.
Si bien parecía claro que el fin del gobierno de Maduro estaba cercano, nadie esperaba la celeridad ni la magnitud del ataque impulsado este sábado por el gobierno norteamericano. Fuertes explosiones que “hacían temblar la tierra” fueron acompañadas del vuelo rasante de flotillas de aviones, alrededor de las 2.00 hora local (06.00 GMT).
Las imágenes pudieron seguirse en tiempo real gracias a los posteos de usuarios que presenciaban los acontecimientos. No sólo Caracas, sino también las bases militares La Carlota y Fuerte Tiuna, fueron objeto de las operaciones militares que dejaron en claro el poderío militar norteamericano.
Aviones y helicópteros Boeing CH-47 Chinook se apropiaron del espacio áreo venezolano, en el que los reiterados cortes de suministro eléctrico agigantaron la sensación de aquelarre que experimentó la población, envueltas en columnas de denso humo que se elevaban desde distintos puntos de la ciudad que sufrían las descargas de los atacantes.

Cientos de vehículos intentaron escapar del bombardeo, generando un colapso del tránsito que se multiplicó por la absurda decisión del régimen de Maduro en su agonía, deteniendo a todo civil que circulara por las calles.
El ataque había sido anticipado por el presidente norteamericano, Donald Trump, quien, luego de haber desplegado una flota naval en el Caribe y atacado diversos objetivos venezolanos, argumentando que se trataba de embarcaciones vinculadas con el narcotráfico, había sentenciado que “los días del dictador Nicolás Maduro en el poder están contados”.
Si bien inicialmente el gobierno de Maduro respondió a la acción militar denunciándola como una “gravísima agresión militar” contra su país y declarando el estado de excepción tras el inicio de las detonaciones, poco fue lo que pudo hacer para evitar el colapso. Tampoco sirvió de nada su convocatoria a la movilización del pueblo venezolano como repudio al bombardeo. Desde un primer momento, la suerte estaba echada.

La decisión norteamericana de intervenir militarmente, de manera directa, sobre una nación latinoamericana es el termómetro fiel del reordenamiento geopolítico internacional que años atrás denunció el Papa Francisco, al caracterizar la situación vigente como una tercera guerra mundial. Los diversos escenarios bélicos detonados a partir de entonces, desde el polvorín de Medio Oriente, pasando por Ucrania y ahora por la acción sobre Venezuela confirman que el entonces sumo pontífice no estaba errado. Lo que no puede mensurarse es hasta qué punto llegará la escalada bélica ni cuáles serán los desafíos que deberá superar la humanidad para garantizar su supervivencia.
Con la caída de Maduro se cierra una época para Venezuela y también para América Latina. El mandatario había perdido prácticamente todos sus apoyos internacionales y se embarcó en una espiral de declinación que ahora encontró su punto de llegada. Pero la acción norteamericana excede largamente a la nación bolivariana. Nuevamente, como en los años del incendio de Roma durante el gobierno de Nerón, cobra protagonismo el interrogante “¿Quo vadis” (¿Hacia dónde vamos?). Y ninguna respuesta parece resultar tranquilizadora ni satisfactoria. (www.REALPOLITIK.com.ar)