Si bien no pertenecían a una misma generación en términos etarios y, aun cuando divergían en algunas cuestiones puntuales, coincidieron en elaborar un conjunto coherente de ideas y principios básicos que guiaron las gestiones de gobierno. Su objetivo se resumía en el lema “paz y administración”.
La Generación del 80 apuntó a impulsar el crecimiento económico sobre la base del librecambio. Para lograrlo, focalizó en la atracción de capitales y en la inmigración europea, para poner en producción las enormes praderas cultivables y colocar esos productos en los mercados mundiales. La ley Avellaneda de Inmigración (1876) creó las condiciones para alcanzar esos objetivos, por medio de una convocatoria amplia y sin restricciones para la radicación de mano de obra europea en el país.
Además del credo liberal, la Generación del 80 adoptó con devoción el positivismo, que les permitía justificar el orden desigual existente, en beneficio de una clase minúscula que retenía el poder político, económico y social. Sus plumas más brillantes fueron las de Miguel Cané, Carlos Pellegrini, Lucio V. López y Lucio Mansilla, quienes divulgaron sus ideas a partir del supuesto de que solo la clase letrada –“los más aptos”– contaba con la capacidad y los medios adecuados para conducir y modernizar el país, y que las mayorías debían ser excluidas de la política.
Pese a su conservadurismo político y social, la Generación del 80 apeló a la innovación. Por ejemplo, en la arquitectura: la ciudad de La Plata implicó la concreción de un modelo urbanístico positivista, que rompía con los moldes de la tradicional ciudad ibérica. Pero también fortaleció la convicción de que el patriciado argentino tenía una matriz cosmopolita que lo acercaba a la dirigencia europea al tiempo que establecía una brecha insalvable con la herencia ibérica, la población nacional y América Latina en su conjunto. Este desprecio expresaba su sentimiento congénito de inferioridad respecto de las sociedades centrales de Occidente, y su ingenua pretensión de ser admitido en esas mesas de decisión privilegiadas.
A menudo intentó destacarse a partir del enriquecimiento que obtuvo a cambio de aceptar el coloniaje británico, “tirando manteca al techo” en sus viajes o tirando la platería al mar después de cada viaje a Europa. Estas actitudes sólo fortalecieron la imagen de una dirigencia provincial, recién llegada y sin madurez ni autocontrol alguno. En lugar del reconocimiento cosecharon el desprecio en los foros selectos del poder internacional. (www.REALPOLITIK.com.ar)