La gravedad del momento no solo está dada por la situación social que atraviesan millones de argentinos, sino también por la lentitud —cuando no la ausencia— de una respuesta política contundente frente a la injusticia social. Allí emerge una paradoja inevitable, que permite una comparación incómoda pero necesaria entre el peronismo de Juan Domingo Perón y el kirchnerismo de Cristina Fernández de Kirchner.
Tanto el general como la líder indiscutida del movimiento perdieron a sus representantes más absolutos ante el pueblo. Perón perdió a Eva. Cristina perdió a Néstor. Y con ellos, el pueblo perdió una referencia clara de representación y defensa frente a la misma receta especuladora de una derecha recalcitrante que, con distintos nombres, siempre vuelve. Ambos liderazgos tuvieron la oportunidad histórica de convertir a la Argentina en una verdadera potencia; sin embargo, la ausencia de esas figuras centrales dejó al movimiento sin un eje político capaz de ordenar y conducir.
Si hay un punto favorable en esta comparación —al menos desde mi criterio— es que Perón no dejó herederos que confundieran liderazgo político con herencia familiar. Porque la política del conchavo, del apellido y del cargo asignado nunca le sirvió a la militancia real del peronismo, ni mucho menos al pueblo al que dice representar.
Hoy asistimos a una disputa interminable por un liderazgo que no logra unificar criterios ni construir políticas destinadas a la defensa genuina de los desposeídos de siempre. Candidaturas digitadas, agrupaciones sin base territorial y dirigencias desconectadas de la vida cotidiana de la gente que históricamente se identificó con una patria libre, justa y soberana.
“El pueblo es el otro”, repiten algunos, sin saber realmente quién es ese otro, reduciéndolo a una consigna vacía o a una figura casi utópica. No se lucha por nadie —ni para nadie— cuando la política se ejerce desde un resguardo invisible, protegido por cargos que ni siquiera alcanzan para movilizar en una marcha por los derechos urgentes de la sociedad.
Sin militancia barrial no hay justicia social. Sin convicciones políticas no existe una unidad que valga la pena. Y con dirigentes que solo poseen un nombre célebre, no hay defensa posible para un pueblo castigado y agobiado por una crisis económica interminable que ha derivado en un país pensado para apenas el quince por ciento de sus habitantes.
Dicho de manera simple: si no se ponen huevos, no hay pollitos. Y mientras esta dirigencia continúe en la misma postura, el peronismo no tendrá futuro alguno si no asume una autocrítica profunda. De lo contrario, corre el riesgo de desaparecer como tantas veces ocurrió en la historia política argentina: reducido a un partido opositor sin pueblo, sin calle y sin destino.
(*) Mario Gianotti, exdirector de Derechos Humanos de la municipalidad de La Plata.