Jueves 12 de marzo de 2026

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Milei y el desequilibrio mundial: la oportunidad que Argentina no puede desperdiciar

11/03/26 | El gobierno enfrenta la oportunidad más importante de las últimas décadas para cambiar el rumbo del país. La estrategia para desmantelar la historia reciente.


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Por:
Juan Nazar

El mundo se está incendiando y Argentina tiene los recursos que todos necesitan. Mientras las potencias se enredan en conflictos que amenazan con reconfigurar el orden global, el país sudamericano emerge como un improbable oasis en medio de la tormenta. Pero la historia argentina es también la crónica de un desencuentro recurrente: cuando el mundo necesita lo que tenemos, nosotros solemos estar demasiado ocupados peleándonos entre nosotros como para aprovecharlo. Ahora, con Javier Milei en la Casa Rosada y un horizonte de seis años por delante, la pregunta no es si las oportunidades existen —existen y son enormes— sino si el liderazgo político estará a la altura para capitalizarlas antes de que, una vez más, se esfumen.

El sistema internacional atraviesa una etapa de fuerte desequilibrio. Las tensiones geopolíticas se multiplican y los conflictos abiertos o latentes —desde Europa del Este hasta Medio Oriente y el Indo-Pacífico— sugieren que el mundo ingresa en un período prolongado de inestabilidad estratégica. En este contexto, los países con recursos estratégicos vuelven a adquirir centralidad. Y Argentina aparece, potencialmente, mejor posicionada que en décadas anteriores.

El país posee algunos de los activos más demandados en el nuevo tablero global. Alimentos en gran escala: Argentina es uno de los principales productores mundiales de soja, maíz, trigo y carne vacuna. Reservas energéticas significativas: Vaca Muerta es considerada uno de los reservorios de hidrocarburos no convencionales más importantes del mundo. Minerales críticos para la transición energética: el litio, pero también cobre, plata y oro. A esto se suma una condición geopolítica no menor: el país se encuentra lejos de los principales escenarios de conflicto armado y conserva un posicionamiento internacional relativamente equilibrado.

Pero los recursos por sí solos nunca garantizan el desarrollo. La historia argentina es, en buena medida, la historia de oportunidades externas desaprovechadas. Y aquí conviene ser preciso: quienes estuvieron al frente del Estado durante la mayor parte de esas oportunidades fueron los gobiernos del peronismo, con sus distintas variantes y denominaciones. Desde el primer peronismo hasta el kirchnerismo, pasando por el menenismo —que, aunque con otro ropaje, compartió estructuras de poder y complicidades con aquella tradición—, la constante ha sido la misma: diagnósticos erróneos, soberbia ideológica, aislamiento internacional y una gestión económica que terminó por dilapidar las ventajas comparativas del país.

"La década infame"

La llamada "década infame" mostró cómo una crisis internacional podía profundizar los problemas internos. El peronismo histórico intentó aprovechar la Guerra Fría para ganar autonomía con la "tercera posición", pero terminó atrapado en contradicciones que lo llevaron al aislamiento y la confrontación con Occidente. Los años noventa, con su inserción acrítica en el Consenso de Washington, terminaron en la peor crisis de la historia argentina en 2001. Y el kirchnerismo, que gobernó durante doce de los últimos dieciséis años, tuvo la oportunidad dorada con el boom de los commodities: entre 2003 y 2011, Argentina recibió vientos de cola excepcionales. China demandaba soja a precios récord, el mundo necesitaba alimentos y energía, y el país tenía todo para despegar. Sin embargo, se eligió el camino opuesto: intervencionismo, aislamiento, confrontación con el campo, estadísticas truchas, cepo cambiario, expropiaciones y un desprecio por la inversión privada que terminó por ahuyentar capitales y cerrar las puertas al mundo. El resultado está a la vista: estancamiento, inflación crónica, pobreza estructural y una generación entera empujada a emigrar en busca de futuro.

Aquí es donde el factor político se vuelve determinante. Por primera vez en décadas, el gobierno que conduce Javier Milei no solo no pertenece a esa tradición, sino que se propone desmantelarla. La oportunidad que ofrece el contexto internacional se presenta bajo una conducción política que, al menos en su discurso y en sus primeras medidas, parece dispuesta a romper con el ciclo de fracasos. El gobierno de La Libertad Avanza enfrenta un contexto inusual: un mundo convulsionado, con reconfiguración de las cadenas globales de suministro, tensiones comerciales entre grandes potencias y una búsqueda desesperada de proveedores confiables de energía, alimentos y materias primas.

El liderazgo de Milei deberá definir qué estrategia adoptar en el plano interno. Una posibilidad es profundizar la confrontación política con sus adversarios. Esta estrategia tiene ventajas: la polarización moviliza a los propios y permite gobernar con un núcleo duro de seguidores entusiastas. Pero también tiene costos: dificulta la construcción de consensos, desalienta la inversión de largo plazo y complica la aprobación de reformas estructurales. La otra alternativa sería buscar niveles mínimos de consenso institucional que permitan sostener políticas de largo plazo en áreas estratégicas como energía, minería e infraestructura. La experiencia internacional muestra que los países que logran aprovechar ventanas de oportunidad externa suelen combinar liderazgos fuertes con capacidades para construir acuerdos básicos. La decisión no es menor: el aprovechamiento de las oportunidades internacionales requiere estabilidad, reglas previsibles y continuidad.

Existe, además, un elemento que podría adquirir relevancia en los próximos años: los movimientos migratorios globales. Argentina ya vivió una experiencia similar entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando recibió miles de inmigrantes que contribuyeron decisivamente al desarrollo económico y cultural del país. En un contexto internacional incierto, no es descabellado imaginar que Argentina vuelva a ser un destino atractivo para trabajadores calificados, emprendedores y científicos provenientes de regiones más inestables. Pero para que eso ocurra se requieren condiciones básicas: estabilidad macroeconómica, instituciones previsibles y un horizonte de desarrollo claro.

La Argentina se encuentra, una vez más, frente a una ventana histórica. El mundo atraviesa un momento de desequilibrio profundo, pero precisamente en esos períodos suelen redefinirse las posiciones relativas de los países. Las potencias emergentes de hoy supieron aprovechar momentos de transición global para insertarse exitosamente en la economía mundial. La diferencia con el pasado es que ahora el gobierno no proviene de la tradición que desperdició esas oportunidades, sino de un espacio político que promete hacer las cosas de otra manera.

La pregunta central no es si existen oportunidades. La historia demuestra que suelen aparecer con cierta regularidad. La verdadera incógnita es si el liderazgo político estará a la altura para aprovecharlas. En esta etapa, esa responsabilidad recae en Javier Milei. El desafío es aún mayor si se considera que, de mantenerse las tendencias actuales, podría renovar su mandato, lo que le garantizaría seis años continuos de gobierno. Se trata de un plazo suficiente para sentar las bases políticas e institucionales que permitan que estas oportunidades se traduzcan en desarrollo sostenido.

Seis años no son pocos. En seis años se pueden construir represas, tender gasoductos, poner en marcha minas, establecer marcos regulatorios estables. Pero también en seis años se puede profundizar la grieta, desaprovechar el viento de frente internacional y terminar el ciclo con la sensación de una oportunidad perdida. La diferencia estará en las decisiones que se tomen.

El gobierno de Milei enfrenta la oportunidad más importante de las últimas décadas para cambiar el rumbo del país. Quienes desperdiciaron las oportunidades anteriores ya tuvieron su chance y la historia les pasará factura. Ahora la responsabilidad recae sobre otros hombros. Las oportunidades no aprovechadas se convierten en condenas, y Argentina ya arrastra demasiadas. La decisión es clara: o se aprovecha este momento para sentar las bases de un desarrollo sostenido, o se carga con la cruz de haber desaprovechado, una vez más, lo que el mundo ofrecía en bandeja. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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