Lunes 20 de abril de 2026

Opinión

Homenaje a Francisco

Guilherme Peixoto en plaza de Mayo: No era amontonamiento, era encuentro

19/04/26 | Entre música y fe, el homenaje a Francisco reaviva la “cultura del encuentro” en tiempos de fragmentación.


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Por:
Emilio Rodríguez Ascurra

Hay escenas que, aun sin proponérselo, condensan una época. Lo que ocurrió en la Plaza de Mayo, en el marco del primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco, es una de ellas. El show del padre Guilherme Peixoto, sacerdote y DJ portugués, convocó a una multitud difícil de medir: las cifras aportadas por los organizadores hablan de 120 mil personas, aunque desde el gobierno porteño señalan que la misma se acerca a las 250 mil. Pero cualquier número queda corto frente a la percepción: lo que se ve es, simplemente, un mar humano sin bordes nítidos.No se trata solo de un evento musical ni de una conmemoración litúrgica en clave contemporánea. Lo que allí se pone en juego es algo más profundo: una forma de estar juntos. Una intuición que remite directamente a una de las ideas más insistentes del pontificado de Francisco: la “cultura del encuentro”. No como consigna ni como gesto superficial, sino como práctica concreta, a veces incómoda, siempre necesaria.

De la multitud al encuentro: una escena que desafía la fragmentación

Porque lo que sucede en esa plaza —históricamente cargada de significados, de disputas, de gritos y silencios— es, en cierto modo, una inversión de la lógica dominante. En tiempos donde lo público suele fragmentarse en tribus que se miran con desconfianza, aparece otra escena: personas de distintas ideas políticas, de diversos partidos, incluso quienes no se reconocen en ninguno; creyentes, agnósticos, buscadores; identidades de género y orientaciones sexuales múltiples; generaciones distintas. No se borran las diferencias, pero dejan de ser frontera.

A simple vista, la imagen puede prestarse a equívocos. Cuerpos juntos, una multitud compacta. Desde afuera, sin contexto, podría leerse como amontonamiento. Pero quien pasa por esa experiencia entiende que no es eso. No es estar apretados: es estar juntos. Y esa distinción, que parece menor, es en realidad decisiva. Amontonarse es coincidir en el espacio; encontrarse es compartir un sentido.

El gesto del padre Guilherme —mezclar música, fe, celebración y espacio público— incomoda a quienes prefieren una iglesia replegada sobre sí misma, más preocupada por custodiar certezas que por salir al encuentro de lo diverso. Sin embargo, lo que ocurre en ese escenario dialoga de lleno con esa “iglesia en salida” que Francisco propuso como horizonte: una Iglesia que no teme mezclarse, que no se agota en los ya convencidos, que asume el riesgo de abrirse y, en esa apertura, transformarse.

Pero reducir lo que pasa allí a una clave eclesial sería quedarse corto. Hay algo en esa escena que interpela a la sociedad en su conjunto. Porque, más allá de credos o pertenencias, lo que se vuelve visible es una necesidad compartida: la de encontrarnos. En una época atravesada por la lógica del algoritmo —que segmenta, clasifica y nos devuelve versiones cada vez más estrechas de lo que ya somos—, el encuentro real, físico, imprevisible, se vuelve casi subversivo.

Quizás por eso la plaza desborda. No solo por la figura convocante ni por el motivo conmemorativo, sino porque hay una demanda latente: salir del aislamiento, romper la inercia de los circuitos cerrados, exponerse a la alteridad sin miedo inmediato. Estar, simplemente, con otros.

En la plaza no se resuelven las tensiones que atraviesan a la Argentina. No desaparecen las diferencias ni los conflictos. Pero se suspende, aunque sea por un rato, la lógica de la confrontación permanente para dar lugar a otra experiencia: la de una comunidad posible, aunque sea provisoria. Una comunidad que no se define por la homogeneidad, sino por la decisión de compartir.

Tal vez ahí resida la enseñanza más potente. Que el encuentro no es un dato, sino una tarea. Que no ocurre solo: hay que provocarlo, sostenerlo, incluso defenderlo. Y que, en tiempos donde todo tiende a separarnos, cualquier gesto que nos reúna —una misa, un recital, una plaza colmada— adquiere un valor que excede largamente el momento en que sucede.

Lo que pasa en ese espacio no es solo un show. Es, en el sentido más pleno, un signo. Un recordatorio de que, incluso en medio del ruido, la fragmentación y el cansancio, sigue habiendo un deseo —persistente, terco— de estar juntos. Y que, cuando ese deseo encuentra un lugar donde encarnarse, la multitud deja de ser masa y se convierte, aunque sea por un instante, en encuentro.

 

(*) Emilio Rodríguez Ascurra es licenciado en Filosofía.

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