Se trata de un estudio de opinión pública de Zentrix Consultora, que evidenció que la principal bandera simbólica con la que Javier Milei llegó al poder empezó a mostrar señales claras de desgaste. La promesa de enfrentar a la denominada casta aparece hoy más debilitada frente a una opinión pública que empieza a simbolizar al gobierno como esa continuidad de prácticas que decía venir a combatir.
Los datos surgen del Monitor de Opinión Pública (MOP), un estudio desarrollado por la consultora con el propósito de relevar percepciones sociales sobre dirigentes políticos, evaluación económica personal y nacional. El relevamiento, correspondiente a la medición de abril, incluyó 1.559 casos de las 24 jurisdicciones del país y mostró que la percepción de corrupción en el gobierno de Javier Milei ya dejó de ser un tema lateral para convertirse en un factor central del desgaste oficialista.
El dato más delicado para la Casa Rosada no es sólo que el 57,3 por ciento perciba corrupción generalizada en la gestión o que el 60,2 por ciento interprete las denuncias como parte de un problema general de gobierno, sino que esa lectura empieza a golpear directamente sobre la promesa con la que Milei construyó su legitimidad: la idea de venir a enfrentar a “la casta”, cuando el 66,6 por ciento afirma que ese pacto se rompió y que el gobierno terminó siendo parte de aquello que prometía combatir.
Además, la corrupción aparece como el principal desafío del país, incluso entre quienes votaron al oficialismo en 2025, por encima del desempleo, la inflación o el salario, lo que muestra que el problema ya perfora al propio universo simbólico del mileísmo. Sin embargo, la manera de procesarlo sigue siendo distinta según el posicionamiento político: entre oficialistas todavía predomina una lectura que busca encapsular el problema en casos aislados y preservar parte de la excepcionalidad moral del gobierno; entre opositores, en cambio, se consolida una mirada mucho más dura, donde la corrupción ya no aparece como desvío sino como rasgo de época del oficialismo.
En esa misma línea, el MOP muestra que la pérdida de credibilidad del gobierno frente a los casos de corrupción no se agota en la percepción sobre hechos ya conocidos, sino que empieza a comprometer algo todavía más profundo: la confianza en su voluntad real de prevenirlos. El 66,6 por ciento de los consultados considera que la administración de Milei no está comprometida con evitar hechos de corrupción, contra apenas un 32,2 por ciento que le reconoce algún grado de compromiso.
En ese contexto, el deterioro moral se superpone con el desgaste de gestión: cae la aprobación presidencial hasta el 33,1 por ciento, mientras crece la idea de que el pacto anticasta se rompió y que el gobierno terminó pareciéndose a aquello que decía venir a combatir. “Ahí aparece uno de los movimientos más sensibles del clima social actual: las denuncias no sólo afectan la imagen pública del oficialismo, sino que empiezan a tocar su zona más íntima, el núcleo identitario que lo diferenciaba del resto del sistema político”, aseguraron desde Zentrix.
A este desgaste se le suman los datos sobre economía doméstica, que terminan de darle cuerpo concreto a ese malestar: el 81,6 por ciento de los consultados reconoce que en los últimos seis meses tuvo que resignar algo para sostenerse, desde salidas, ocio o consumos no esenciales hasta compras habituales del hogar y, en los casos más delicados, gastos básicos como alimentos, salud o servicios. “El ajuste, así, dejó de ser una discusión abstracta sobre variables macroeconómicas para convertirse en una experiencia cotidiana de privación, donde una parte importante de la sociedad ya no está recortando excedentes, sino aspectos centrales de su vida diaria”, observaron.
A su vez, el 86,6 por ciento siente que su salario no le gana a la inflación y el 60,4 por ciento afirma que sus ingresos le alcanzan sólo hasta el día 20 del mes; la tolerancia social frente al ajuste empieza a depender cada vez más de la credibilidad del gobierno. “Y ahí es donde las denuncias por corrupción adquieren un efecto mucho más corrosivo: no irrumpen sobre una sociedad estable, sino sobre hogares que ya vienen haciendo esfuerzos, resignando consumos y administrando privaciones”, indicaron.
En abril, la distancia entre la economía que informa el INDEC y la economía que viven los hogares volvió a ampliarse. El 70,3 por ciento de los consultados considera que el dato oficial de inflación no refleja adecuadamente la variación de precios que percibe en su vida cotidiana, un salto importante respecto de enero, cuando esa mirada alcanzaba al 56,4 por ciento, el valor más bajo de la serie. No se trata sólo de una discusión sobre metodología o sobre cómo se construye un índice: lo que aparece es una crisis de validación social del dato público.
“Esa desconfianza encuentra una explicación concreta en el bolsillo (…) La inflación ya no se mide en decimales, sino en cuánto dura el ingreso, cuánto margen queda después de pagar lo básico y hasta qué fecha del mes se puede sostener el consumo habitual. Por eso, cuando el índice baja, pero el salario sigue sin recomponer poder de compra, el dato pierde capacidad de persuadir. El número oficial puede ordenar la macro, pero si no corrige la experiencia real del hogar, deja de ser creíble para una mayoría social”, advirtieron.
En abril, la imagen de Milei profundiza su deterioro y entra en una fase más delicada: la positiva cae al 35,2 por ciento, la negativa trepa al 59,3 por ciento y el diferencial se vuelve claramente adverso, con 24 puntos en contra. “El dato político más relevante no es sólo la magnitud de esa brecha, sino la velocidad del cambio: hace apenas dos meses la imagen presidencial se movía en una zona de virtual empate, y hoy aparece plenamente corrida hacia terreno negativo. Ese desplazamiento sugiere que el presidente empieza a absorber de manera más directa el costo acumulado del malestar social”, avizoraron.
Por su parte, Axel Kicillof muestra una recuperación relevante de imagen y logra salir del momento más débil de la serie reciente. Luego de haber tocado en febrero un piso de 30,5 por ciento de imagen positiva, en la medición actual cruza nuevamente la barrera de los 40 puntos y alcanza el 40,2 por ciento, mientras la negativa retrocede al 50 por ciento. “Kicillof empieza a capitalizar parte del malestar como una referencia opositora. Su mejora parece nacer de un corrimiento del humor social frente al desgaste del oficialismo, en una coyuntura donde la microeconomía de los hogares sigue bajo presión y la percepción sobre la situación del país continúa siendo crítica”, aclararon.
En cambio, Manuel Adorni aparece como una de las figuras más castigadas del oficialismo, con una imagen negativa que trepa al 73,9 por ciento, un nivel excepcionalmente alto incluso para un escenario de fuerte polarización. “Su desgaste parece estar directamente vinculado a la centralidad que ocupó en las semanas recientes, tanto por su nivel de exposición pública como por las denuncias vinculadas a posibles hechos de corrupción, un terreno especialmente sensible para un gobierno que construyó buena parte de su legitimidad sobre la promesa de enfrentar a la casta”, expresaron.
Mientras tanto, Patricia Bullrich logra sostener una imagen positiva relevante y muestra una resistencia mayor al desgaste que hoy afecta a otras figuras del oficialismo. Con un 40,1 por ciento de valoración positiva frente a un 54,8 por ciento de negativa, “su perfil aparece como menos golpeado por la coyuntura inmediata, algo que puede leerse en relación con el lugar político que ocupa: desde el poder legislativo, su figura parece quedar más asociada a una idea general de orden, autoridad y cambio que a la gestión cotidiana del gobierno”, ponderaron.
Finalmente, Myriam Bregman aparece como una de las novedades más significativas del escenario político: con 47,3 por ciento de imagen positiva y 42,4 por ciento de negativa, es la única de las figuras medidas en esta encuesta que presenta diferencial favorable, un dato políticamente relevante porque sugiere que el descontento no está siendo capitalizado únicamente por perfiles opositores más institucionales, como el de Axel Kicillof, sino también por referencias mucho más nítidas en su antagonismo con el oficialismo.
“En otras palabras, a medida que se desgasta la promesa anticasta, junto con la credibilidad moral del gobierno y la paciencia social frente al ajuste, empieza a ensancharse el espacio para figuras que cuestionan la gestión y que objetan de manera frontal el rumbo político, económico y simbólico del mileísmo”, concluyeron. (www.REALPOLITIK.com.ar)