La crisis en la Universidad de Buenos Aires sumó un nuevo capítulo este jueves con un paro de docentes y no docentes, en medio de un conflicto que ya dejó de ser coyuntural para transformarse en estructural.
El dato que enciende todas las alarmas es contundente: más de 400 docentes e investigadores renunciaron desde diciembre de 2023, lo que equivale a una salida cada dos días. En la comunidad universitaria hablan sin rodeos de una “sangría” que empieza a vaciar el sistema. Desde los gremios advierten que la situación responde a un combo explosivo: asfixia presupuestaria, pérdida del poder adquisitivo y falta de actualización salarial.
Según sostienen, los sueldos acumulan una caída superior al 30% en términos reales, lo que vuelve insostenible la continuidad en muchos cargos, especialmente en los niveles iniciales. “Hay docentes que directamente no pueden sostener su trabajo. No es vocación lo que falta, es salario”, señalan desde el sector.
El conflicto también expone un choque directo con el Gobierno nacional encabezado por Javier Milei, que insiste en la necesidad de garantizar el dictado de clases. Del otro lado, la respuesta es clara: “No hay condiciones materiales para sostener el funcionamiento normal de la universidad”.
Además del reclamo salarial, uno de los ejes centrales es el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, que establece criterios de actualización presupuestaria para el sistema público.
En ese marco, las universidades advierten que no solo está en riesgo el presente, sino también el futuro del sistema:
menos docentes, menos investigación y menor calidad educativa.
La medida de fuerza de este jueves es apenas el comienzo. El conflicto escala y ya se prepara una marcha federal universitaria, que buscará visibilizar el reclamo en todo el país.
Mientras tanto, en las aulas —cuando se puede— se sostiene una escena repetida:
docentes que hacen equilibrio entre la vocación y la economía personal, en un sistema que empieza a mostrar señales de agotamiento. (www.REALPOLITIK.com.ar)