La presentación del jefe de Gabinete en el Congreso de la Nación Argentina dejó postales inquietantes. Los que venían a terminar con "la casta" naufragan entre lo que no pueden explicar, la violencia y el mal gusto.
Quiza el único acierto del fallido gobierno de la Alianza fue la decisión de poner en el aire el de Canal 7 el programa "Todo por 2 pesos". Inolvidable para sus fans, fue un programa humorístico conducido por Diego Capusotto y Fabio Alberti, que convirtió el absurdo, la parodia y el bajo presupuesto en una marca de estilo.
Con una estética deliberadamente precaria, personajes desopilantes, falsos avisos publicitarios y una sátira filosa sobre la televisión, el consumo y la cultura popular, el ciclo se transformó en un fenómeno de culto, que sobrevive en la memoria de quienes lo vimos por la televisión y que más de uno cuarto de siglo después lo tenemos presente gracias a YouTube.
Con el recuerdo del humor grotesco, la semana pasada asistimos a lo que debía ser una instancia de rendición de cuentas del jefe de Gabinete en el Congreso. Íbamos con esa expectativa, pero todo terminó siendo una pieza más del deterioro institucional que atraviesa la Argentina, digna de "Todo por 2 pesos". La presentación de Manuel Adorni ante los diputados exhibió el lado flaco de un gobierno que construye su épica en redes sociales, pero resulta incapaz de contestar cuando le hace preguntas de verdad.
Los requerimientos de la oposición fueron demasiado para un hombre que a los pocos minutos quedó sin defensas. Sintiendo la presión de estar siendo observado por un país que le exige explicaciones, Adorni no fue ni la sombra del tipo arrogante, canchero y pagado de sí mismo que humillaba a un colega porque "apenas sos un periodista" olvidando que antes de ser funcionario -cuando no visitaba tan seguido a la escribana- él también era, o intentaba ser periodista.
Adorni fue como un equipo de fútbol que se hace fuerte de local, pero que da pena cuando le toca ser visitante. La escena se agravó cuando el diputado Rodolfo Tailhade lanzó información vinculada al entorno familiar del funcionario, dejándolo expuesto y sin capacidad de reacción. En ese momento la cara de Adorni lo dijo todo. Esa seguridad que mostraba cuando atendía a la prensa antes de $Libra, antes del 3 por ciento de Karina y antes de que se sepa lo suyo, se desmoronó en segundos.
Lo de Adorni fue penoso, pero no fue el único síntoma del deterioro oficialista. Mientras se desarrollaba la jornada institucional, Virginia Gallardo posaba para la selfie y sostenía una estética de evento social, como si fuera ajena a lo que pasaba a su alrededor. Sería ingenuo esperar algo de su parte, pero nobleza obliga: a diferencia de los outsider libertarios que aceptaron el regalo de la candidatura sin decir nada, la correntina fue sincera al reconocer que no está preparada para el cargo.
También llamó la atención la actitud de la ministra Sandra Pettovello, cuyos movimientos mandibulares y gestualidad extraña generaron toda clase de comentarios en redes sociales. Las interpretaciones se multiplicaron rápidamente y, una vez más, el propio oficialismo quedó atrapado por la sospecha y el papelón. Cuando la comunicación se basa en la agresión permanente, cualquier gesto vuelve en forma de boomerang. En clave barrial, el que a hierro mata, a hierro muere.
Por si algo faltaba, hubo lugar más: la descarada siesta del diputado Sergio "Tronco" Figluolo -un lumpen que cobra 10 millones de pesos al mes y se duerme en el trabajo- y cierre a todo color: Javier Milei se retiró del lugar insultando a los periodistas. La jornada dejó al desnudo la verdadera esencia del régimen libertario: intolerancia, hostilidad hacia la prensa y desprecio por quienes no se arrodillan ante su presencia. Los lectores añosos recordarán, seguramente, el latiguillo de Beatriz Bonnet en "Mesa de Noticias": "¡Que bochorno!" (www.REALPOLITIK.com.ar)