En la Asamblea Universitaria 2026, el presidente de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Fernando Tauber, expresó —entre otros conceptos— que nadie puede salvarse solo y que no es posible permanecer ajeno al dolor de quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad. También se generó controversia en torno a una afirmación sobre quienes piensan distinto, refiriéndose a lo dicho anteriormente, y posteriormente señalada como descontextualizada.
Más allá de ese episodio puntual, resulta oportuno reflexionar sobre la coherencia entre los principios expresados en el discurso y las prácticas institucionales.
Quienes, aun con miradas diversas, valoramos profundamente la universidad pública por su carácter plural, su tradición democrática y su rol en la construcción del conocimiento, además de haber sido en algún momento parte de ella— consideramos fundamental preservar esos atributos. En ese sentido, preocupa advertir ciertas dinámicas que podrían estar alejándose de dichos principios.
Se observa, en algunos aspectos, una gestión que tiende a priorizar sectores partidarios por sobre criterios académicos, como la investigación, la innovación y la modernización institucional, pilares fundamentales para el desarrollo y la proyección de la universidad.

Esto se manifiesta, por ejemplo, en cuestionamientos vinculados a los mecanismos de asignación de cargos, donde la transparencia y la valoración de antecedentes y méritos deberían ocupar un lugar central.
La UNLP ha sido históricamente reconocida por su apertura, su calidad académica y su vocación de servicio a la comunidad. En este contexto, el desafío es sostener y fortalecer esos valores, promoviendo una gestión que refleje, en la práctica, los principios que se enuncian en el plano discursivo.
Porque, en definitiva, no alcanza con decir que nadie se salva solo, si en la práctica se construyen estructuras que excluyen, condicionan y limitan. Y ahí es donde, una vez más, queda en evidencia que del dicho al hecho hay, efectivamente, mucho trecho.