Durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen los obreros se reorganizaron en el ámbito urbano. Las disidencias internas de los anarquistas se tradujeron en un quiebre dentro de la central sindical FORA. Los grupos más radicalizados se mantuvieron en la llamada FORA del V Congreso, mientras que los más moderados participaron de una asamblea con gremios de tendencia sindicalista, que privilegiaban la negociación y la prescindencia respecto de los partidos políticos. En 1915 se creó la FORA del IX Congreso, que coexistió con la anterior. La conducción de la nueva central correspondió a los sindicalistas, a los que les tocó actuar en el marco de los conflictos de la Semana Trágica (1919) y de la Patagonia (1920-1921). Aun cuando intentaron alcanzar una solución negociada para los conflictos laborales que enlutaron por entonces a la sociedad argentina, no tuvieron mayor éxito, ya que los anarquistas de la FORA del V Congreso consiguieron imponer el curso de acción.
Debido al impulso que les dio la Revolución Rusa de 1917, las huelgas se incrementaron a partir de entonces e incluyeron a los primeros conflictos de los hacheros del quebracho y de los mensúes de la yerba mate en el Norte.
Entre 1915 y 1920, el número de afiliados de la FORA del IX Congreso aumentó de manera exponencial, pasando de 3.000 a 70 mil miembros. Su gremio más representativo numéricamente era la Federación Obrera Marítima (FOM). En 1922 la FORA del IX Congreso se unió a otros sindicatos de orientación socialista, para fundar la Unión Sindical Argentina (USA), con el fin de tomar el control definitivo del espacio sindical. Mientras tanto, gravemente afectada por las represiones de la Semana Trágica y de la Patagonia, la FORA del V Congreso comenzó a declinar, hasta virtualmente desaparecer a inicios de la década de 1930.
La política laboral del gobierno de Yrigoyen fue contradictoria y diferenciada. Por un lado impulsó la sanción de leyes laborales y envió al Congreso en 1921 un proyecto de Código del Trabajo, en un sentido coincidente con los reclamos que los socialistas y el movimiento obrero venían realizando desde décadas atrás. Actuó además como mediador en numerosos conflictos laborales que involucraban a trabajadores argentinos, promoviendo la negociación de acuerdos basados en la justicia social, lo cual le sumó un caudal significativo de votantes.
Simultáneamente, mantuvo relaciones muy conflictivas con el anarquismo y con el Partido Socialista, que tenían una importante representación parlamentaria. También confrontó con el sector mayoritario del movimiento obrero, compuesto por trabajadores inmigrantes sin derecho a voto, negándoles la posibilidad de representar a los trabajadores argentinos en el acto de constitución de la Organización Internacional del Trabajo (1919). Por esa negativa, el gobierno argentino fue seriamente reprendido por el organismo internacional.
Yrigoyen pretendía incorporar a los trabajadores criollos al sistema político, razón por la cual asignó al estado el papel de árbitro en los conflictos laborales que los afectaban, actuando en contacto estrecho con los sindicatos que integraban la FORA del IX Congreso.
Al mismo tiempo, pretendía debilitar a las organizaciones clasistas y sus estrategias de confrontación con la acción represiva directa. Sabía que esta iniciativa no tendría costo político alguno ya que sus afiliados eran inmigrantes sin derecho a voto. Esta pauta de acción no se siguió a rajatabla: en ocasiones aplicó la represión directa también a trabajadores argentinos, cediendo a la presión de la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural o la Unión Industrial.
Aunque tuvo inicialmente un diálogo fluido con los sindicatos de criollos, Yrigoyen se mostró vacilante ante las huelgas y reclamos más duros de las organizaciones anarquistas, lo que se tradujo en su postura de “dejar hacer” a las fuerzas policiales y militares, que ahogaron en un mar de sangre los justos reclamos laborales. La Semana Trágica de 1919 y la Patagonia Trágica, en 1920 y 1921, son muestras, tristes muestras, de ello.
La Gran Guerra había provocado escasez y el alza indiscriminada en los precios de los productos de consumo básicos, lo que afectaba principalmente a los sectores obreros, más teniendo en cuenta que por entonces no existían políticas de indexación ni de actualización salariales.
La combinación de esta situación con el éxito de la Revolución Rusa de 1917 motivó el incremento de la actividad huelguística y de la conflictividad social. En enero de 1919, los trabajadores de los Talleres Vasena iniciaron una medida de fuerza que incluía demandas salariales y la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas, según ya habían acordado otras empresas. Ante la negativa patronal, y habida cuenta de que se trataba de trabajadores anarquistas extranjeros, sin derecho a voto, el gobierno de Yrigoyen encargó la resolución del conflicto al jefe de Policía, utilizando el “viejo estilo oligárquico” de represión sangrienta, en lugar del nuevo estilo radical de negociación pacífica que se dispensaba a los trabajadores argentinos que sí podían votar.
La represión policial provocó varios muertos, pero intentó ser sofocada por obreros armados con palos, piedras y algunas pistolas. Los medios oligárquicos –La Nación, La Prensa y Crítica– denunciaron la escasa severidad del presidente Yrigoyen en la resolución de lo que consideraron un grave delito contra la propiedad privada. Simultáneamente, se formó la Liga Patriótica, una agrupación formada principalmente por jóvenes de las familias más acomodadas de la sociedad que recibirían entrenamiento en el Colegio Militar y en el Liceo Naval. En tanto, Yrigoyen cedía rápidamente a la presión oligárquica encargando la represión al Ejército, que actuó de manera salvaje. Esta vez, además, el Ejército estuvo acompañado por los parapoliciales de la Liga, quienes aprovecharon la situación para organizar una matanza de judíos y atentar contra sus negocios en el barrio de Villa Crespo.
Al día siguiente, cuando las familias obreras fueron a velar a sus muertos, fueron emboscadas por fuerzas uniformadas y miembros de la Liga Patriótica en el Cementerio de la Chacarita, provocando decenas de muertos y heridos.
El balance de la represión fue nefasto. Aunque no se informó oficialmente cuántas personas habían muerto es posible pensar que fueron varios miles. La concesión, durante los días posteriores a la masacre, de algunos de los puntos reclamados por los obreros no significó un bálsamo para este hecho que avergüenza a nuestra sociedad y que quedó absolutamente impune.
Ni siquiera sirvió para aprender del error. Al contrario, la violencia contra los trabajadores desatada durante la gestión de Yrigoyen continuó en 1920 y 1921, con los sucesos de la denominada Patagonia Trágica.
Una huelga iniciada por los trabajadores de la esquila de la provincia de Santa Cruz, articulados en una organización anarquista, fue reprimida por el Ejército nacional, bajo la conducción del teniente Héctor Varela y con la colaboración de grupos armados privados reclutados por los terratenientes. Los estancieros –en su mayoría ingleses– pretendían disminuir los jornales de los trabajadores con respecto a la temporada anterior, y por eso se inició la protesta. En este caso, se registraron más de 1.500 fusilamientos de trabajadores sin juicio previo, los que vinieron a sumarse a los asesinatos perpetrados por las bandas armadas privadas y las acciones represivas de las tropas nacionales.
Tras los sucesos de los Talleres Vasena y de la Patagonia, el anarquismo quedó prácticamente desarticulado. La conflictividad obrera disminuyó hasta casi extinguirse en los años siguientes, tanto a consecuencia del impacto que provocó la acción represiva como de la mejora sustancial en la economía que se registró durante la gestión de Marcelo T. de Alvear.