Una técnica que usaban los docentes en todos los niveles educativos, desde la primaria hasta la educación superior, era la de pasar al frente para dar lección oral. Eso servía para que los estudiantes aprendieran a manejar la presión de hablar en público. Esos minutos eran útiles para ambas partes: los docentes detectaban los puntos flojos de la exposición y los alumnos medían hasta qué punto eran capaces de hacer correctamente algo que los sacaba de la zona de confort que aseguraba el pupitre.
Había una forma de hacerlo bien: ir con la lección estudiada. El que no estudiaba, arrancaba el partido perdiendo 2-0. Una vez que el docente advertía que el joven no estaba preparado, ya no había forma de ayudarlo, por muy fácil que fuera la pregunta. Sin saberlo, quienes hoy son profesionales de la palabra -periodistas, políticos y abogados, entre otros- hicieron así sus primeras armas. Seguramente tuvieron que pasar por eso varias veces hasta convertirse en oradores capaces de plantear una idea y defenderla.
Lo mismo le habrá pasado a Javier Milei. Cuando uno revisa la trayectoria del presidente, separando su etapa de panelista explosivo, aparece un hombre que durante años ejerció la docencia en la Universidad de Belgrano. No sobran los testimonios de quienes fueron sus alumnos, pero al menos ninguno dijo que no fuera claro en sus explicaciones. Como todo profesor, habrá tenido su forma de trabajar, mejor o peor, pero si lo hizo durante tanto tiempo, debe ser que tan mal no lo hacía.
¿Dónde quedó ese académico que se paraba frente a un curso para explicar lo que treinta personas no sabían? ¿Por qué hoy tiene dificultades para explicar qué es lo que está pasando? Los argentinos tenemos -o debemos tener- una idea de lo que pasa en la Argentina, lo cual simplifica mucho lo que debería hacer Milei: explicar por qué un "especialista en crecimiento económico con o sin dinero" no logra que la economía despegue.
Una posible causa estaría en su campaña electoral. En 2023 el candidato Milei miraba fijo a los argentinos para decirles que "una Argentina distinta es imposible con los mismos de siempre". Ese spot circuló hasta la veda electoral previa al balotaje. Ese mismo domingo, en su primer discurso como presidente electo, Milei le agradeció el esfuerzo a un por entonces desconocido Santiago Caputo. Pero "Caputito" -como lo llama un sector de la prensa- no salió de un repollo: es sobrino de Luis "Toto" Caputo. Detrás de los Caputo llegaron Patricia Bullrich y el inefable Federico "Coloso" Sturzenegger.
Partiendo de la premisa de que algo nuevo no es posible con la gente que estuvo antes. ¿Por qué los nombra en áreas centrales? Si un equipo de fútbol pierde, el entrenador hace cambios. Si pierde seguido, el entrenador se va. Lo que Mauricio Macri llamó "el mejor equipo de los últimos cincuenta años" perdió por paliza, pero varios de sus jugadores son titulares con Milei, y con el mismo planteo de juego. Siendo así, le pregunto al amigo lector: ¿Alguien podía creer, de verdad, que esta vez las cosas iban a salir bien?
Mientras un sector del periodismo advirtió el desastre que se venía, otro decidió vender un Milei estadista. Es cierto que en 2019 otra parte nos vendió un Alberto Fernández moderado, sí. Pero lo que ninguno de los dos pudo vender, fueron la foto de la fiesta de Olivos y el desmantelamiento del Estado que está llevando adelante el heredero, ideológicamente hablando, de José Alfredo Martínez de Hoz.

Casi como un homenaje a una época que conviene conocer en detalle -para no repetirla- el mileísmo tomó del Proceso de Reorganización Nacional el mismo libreto: libertad, desregulación y una consigna tan vieja como reconocible: achicar el Estado es agrandar la Nación. En este punto es lógico hacer una aclaración elemental: Estado y gobierno no son la misma cosa. El Estado es la Nación jurídicamente organizada y es permanente. El Estado está presente en la vida cotidiana de los argentinos: son los hospitales, las escuelas, las universidades. El gobierno es el encargado de la administración durante cuatro años.
Ahora que está marcada esa diferencia, hay que hacer otra: el Estado y la "casta política" tampoco son la misma cosa. La llamada "casta" es el conjunto de individuos que, con prescindencia de su partido político, se valieron de su condición de dirigentes para acceder a posiciones privilegiadas y vivir de la política. En campaña, Milei prometió ir contra esa gente. No prometió ir contra los discapacitados, ni contra los jubilados, ni contra los trabajadores.
Hace pocos días se conoció una encuesta demoledora para el gobierno. El relevamiento lo hizo la Universidad de San Andrés, una institución privada, insospechada de trabajar para el kirchnerismo. El dato es elocuente: el 60 por ciento desaprueba la gestión presidencial, que le causa "vergüenza", "asco" y "rechazo". No es algo ideológico: son 6 de cada 10 argentinos que dicen "entre estos tipos y yo hay algo personal", como cantaba Joan Manuel Serrat en una canción que estuvo de moda en la Argentina, en 1983 ¿Se acuerda qué pasó ese año?
Hoy es 25 de mayo y Milei deberá asistir al Tedeum y escuchar la homilía de monseñor Jorge García Cuerva, un hombre que dice cosas fuertes pero con respeto, algo que el presidente nos falta a los argentinos, todos los días. Nadie con buenas intenciones está orgulloso de ser "el topo que destruye el Estado desde adentro" porque al hacerlo, consigue que los argentinos vivamos peor. Sin embargo, nobleza obliga: en esta Argentina de indecencia, de inmoralidad y de ignominia, a Manuel Adorni le fue bastante bien. Siempre hay alguien que prospera entre la ruina de los demás. (www.REALPOLITIK.com.ar)