El olor de la basura se adueña del ambiente, impregnando con su marca todo lo que tiene cerca. Lo mismo sucede con la degradación del lenguaje político: avanza hasta contaminar todo lo que toca. Esto se vio muy claro con el agravio lanzado por Javier Milei contra Marcela Pagano, poco antes de que la diputada diera a luz a su hijo.
No se trata de una simple diferencia política, ni de una discusión elevada de tono. Lo ocurrido constituye un acto de cobardía por parte de un individuo que empieza a ser despreciable en términos personales.

A esta altura, considerando la coyuntura que rodea al insulto -que no voy a reproducir porque no es de caballero decir esas cosas cuando se habla de una mujer- resulta cada vez más clara una cosa: ni Milei es presidente, ni el suyo es un gobierno. Milei es un déspota y lo suyo es un régimen prepotente y además, sospechado de corrupto.
El papel de adolescente indignado y cerrado en una idea por la que está dispuesto a dar la vida (de otros, no la propia) puede funcionar para un programa de televisión con baja audiencia, pero no para sentarlo en el sillón de Rivadavia. El déspota tiene que entender que ya no es un invitado para causar impacto televisivo. Es algo más que eso.
Es presidente y eso le impone una responsabilidad, pero las exigencias no están hechas para los violentos, que no dejan de serlo por el mero hecho de ser presidentes.
Por fortuna, la Argentina supo tener presidentes, que a pesar de las diferencias, no dejaban de lado los modales. En esa lista se puede incluir a todos los de la democracia. Eso no incluye a Milei, porque con este gobierno la democracia parece estar en pausa.
No hay virtud en quien usa un alto cargo para humillar a otros. No es buena persona la que aprovecha la asimetría del poder para descalificar. Por el contrario, no hay nada más digno de censura que un mandatario que agravia al que piensa distinto.
No es fácil explicar semejante cosa, pero siempre hay a mano expresiones que sobreviven al paso de los siglos. "Invencible repugnancia" es una de ellas. La utilizó Domingo Faustino Sarmiento -en otro contexto- pero vale pedírsela prestada porque resulta ideal para describir lo que genera un régimen encabezado por un hombre que no lo es en el sentido estricto de la palabra.