El 7 de junio, Armenia celebra sus primeras elecciones parlamentarias no anticipadas desde 2017. Las dos anteriores fueron convocadas de urgencia: una por la crisis constitucional que desató la Revolución de Terciopelo en 2018, y otra por la guerra de Karabaj en 2021. Sin una emergencia declarada, se trata de una elección con alta tensión porque definirá el futuro del país y también el de la región.
Los ordenados mítines por el centro de Ereván, especialmente en las céntricas plaza de la República o plaza de la Libertad, son cuidadosamente custodiados por la policía, y manifestantes recorren las calles con sus cánticos casi sin interrumpir el tránsito.
Desde la Revolución de Terciopelo de 2018, el primer ministro Nikol Pashinián ha liderado Armenia en tiempos turbulentos. Su intención de voto ronda el 30 por ciento entre los votantes decididos (aunque asciende al 46 por ciento según algunas encuestas), una caída considerable respecto a su mayoría aplastante de hace cinco años. Diversos sondeos muestran un electorado cansado, polarizado y con altos niveles de indecisos: casi el 40 por ciento del electorado no sabe a quién votará el 7 de junio.
Aram, que viaja conmigo en una pequeña van desde Tbilisi, no votará. No le interesa la política. Solo se preocupa de estudiar alemán para poder seguir sus estudios en Berlín. “Me gusta mi país, pero vivo en Georgia desde hace años y mi familia también. Mi corazón es armenio, pero ya no viviré aquí”.

La popularidad de Pashinián ha sobrevivido la peor crisis de su gobierno. En 2023, Armenia perdió el control de Nagorno Karabaj — Artsaj — en la guerra con Azerbaiyán, desplazando a más de 100 mil armenios de sus hogares. El trauma colectivo todavía está abierto y la situación de los refugiados y los prisioneros aún en las cárceles azerbaiyanas es un tema de debate central en la sociedad.
La economía creció al 7,2 por ciento en 2025, impulsada en parte por la llegada de empresas y ciudadanos rusos que huyeron de las sanciones tras la invasión de Ucrania. Pero ese boom es frágil y muchos armenios no lo sienten en su bolsillo. Más del 23 por ciento de la población vive bajo el umbral de pobreza y el desempleo ronda el 11 por ciento.
En ese contexto, la campaña no ha girado sobre propuestas económicas concretas sino sobre un debate más visceral: paz o soberanía, acercarse a Occidente —la Unión Europea y EE.UU.— o recomponer la relación con Rusia.
La oposición, fragmentada en varias fuerzas, acusa a Nikol Pashinián de haber entregado Karabaj y de "servir los intereses azerbaiyanos". El primer ministro dijo que Rusia, garante de la paz, los abandonó, y responde que la única alternativa al acuerdo de paz era una nueva guerra que Armenia no podría ganar.
La decisión del electorado el 7 de junio marcará la continuidad de la política prooccidental de Pashinián o un cambio de rumbo con un nuevo acercamiento a Rusia. Y esa decisión afectará a toda la región. (www.REALPOLITIK.com.ar)