Lunes 8 de junio de 2026

Opinión

Un rock and roll del país

El Indio Solari, la multitud y el regreso de una Argentina que parecía dormida

08/06/26 | La despedida del Indio Solari expuso la vigencia de una cultura popular capaz de movilizar multitudes en una época marcada por la fragmentación social.


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Por:
Luciano Barroso

La muerte de Carlos "Indio" Solari dejó una imagen que probablemente será estudiada durante años por sociólogos, historiadores, periodistas y dirigentes políticos. No solamente por la dimensión cultural de quien fue una de las figuras más influyentes de la música argentina, sino porque su despedida con más de 2 millones de personas en su velatorio, puso en evidencia algo que muchos creían definitivamente agotado, que es la extraordinaria capacidad de movilización que todavía conserva la cultura popular argentina.

Durante las últimas décadas se instaló la idea de que las grandes identidades colectivas estaban en retirada. La fragmentación social, el avance de las redes sociales, el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales y el predominio de una cultura cada vez más individualista parecían indicar que los fenómenos de masas pertenecían a otro tiempo. Sin embargo, bastó la muerte del Indio para que cientos de miles de personas volvieran a encontrarse alrededor de una misma referencia simbólica, generando una movilización espontánea cuya magnitud sorprendió incluso a quienes durante años siguieron de cerca el fenómeno ricotero.


Fanáticos del Indio Solari se contienen mutuamente antes de ingresar al estadio Gatica de Avellaneda, epicentro de una despedida histórica.

Lo ocurrido obliga a observar el hecho en una escala histórica. Argentina conoció a lo largo de su historia movilizaciones populares que marcaron épocas enteras. El 17 de octubre de 1945, cuando una multitud obrera colmó plaza de Mayo para exigir la liberación de Juan Domingo Perón, dio origen a uno de los movimientos políticos más importantes de América Latina, fue cinco veces menor al velatorio del Indio Solari. La muerte de Eva Perón en 1952 generó uno de los funerales más multitudinarios que recuerde el país. El regreso de Perón en 1973 movilizó a cientos de miles de personas hacia Ezeiza. Décadas después, la despedida de Diego Maradona fue la mitad de concentración de personas y que volvió a exponer una capacidad de identificación popular pocas veces vista. Más recientemente, la consagración de la Selección Argentina en Qatar solo superó este hecho reciente, lo que produjo una celebración estimada en 5 millones de personas, considerada por muchos especialistas como la concentración popular más grande de la historia nacional.

Naturalmente, se trata de fenómenos distintos. La política, el deporte y la cultura responden a lógicas diferentes. Sin embargo, todos comparten un elemento central, que es la capacidad de generar pertenencia. Y es precisamente en ese terreno donde el fenómeno construido por el Indio Solari adquiere una relevancia singular.


Una multitud desafía la lluvia mientras espera su turno para despedir a Carlos "Indio" Solari.

A diferencia de Perón, Evita o cualquier dirigente político, Solari jamás dispuso de una estructura territorial. No tuvo sindicatos, gobernadores, intendentes ni recursos estatales detrás de su convocatoria. Tampoco contó con la maquinaria publicitaria de la industria cultural global. Durante buena parte de su carrera construyó exactamente lo contrario y marcó una relación casi artesanal con su público, basada en la circulación de canciones, relatos, símbolos y códigos compartidos que fueron transmitiéndose de generación en generación.

Por eso resulta insuficiente medir el fenómeno únicamente a través de los números de sus recitales, aunque esos números sean extraordinarios. Los shows de Tandil en 2016 y Olavarría en 2017 convocaron a cientos de miles de personas y establecieron récords inéditos para un artista argentino. Pero incluso esas cifras no alcanzan a explicar completamente lo que ocurrió. El verdadero fenómeno estaba en otra parte. Estaba en los viajes interminables, en los grupos que cruzaban provincias enteras para asistir a un recital, en la construcción de una identidad común que durante más de cuatro décadas atravesó diferencias sociales, económicas y generacionales.

Mucho más que un músico: el significado de una multitud

La muerte del Indio terminó revelando la dimensión real de esa construcción. Las imágenes de miles de personas movilizándose en distintos puntos del país mostraron algo más profundo que el dolor por la pérdida de un músico. Mostraron la persistencia de una comunidad cultural que sobrevivió a todos los cambios de época. Una comunidad que atravesó gobiernos radicales, peronistas, kirchneristas, macristas y libertarios sin perder su capacidad de reconocerse a sí misma.

Quizás por eso el fenómeno resulte incómodo para determinadas lecturas de la realidad contemporánea. No porque haya sido una manifestación partidaria ni porque existiera una intencionalidad política explícita detrás de la despedida. La inmensa mayoría de quienes participaron simplemente fueron a despedir a alguien que había acompañado una parte importante de sus vidas. Sin embargo, toda movilización de semejante magnitud posee inevitablemente una dimensión política, en el sentido más amplio del término. Porque pone en escena una idea de comunidad. Porque demuestra que todavía existen sentimientos colectivos capaces de movilizar a enormes sectores de la sociedad sin necesidad de una estructura formal que los organice.

En ese aspecto, la despedida del Indio funciona también como una interpelación a la época. Mientras buena parte del discurso público contemporáneo gira alrededor del individuo, del mérito personal y de las experiencias fragmentadas, la reacción popular frente a su muerte recordó la vigencia de algo mucho más antiguo: la necesidad de pertenecer. La necesidad de compartir símbolos, relatos y emociones con otros. La necesidad de formar parte de una historia común.


Las paredes cercanas al estadio Gatica se llenaron de mensajes, versos y homenajes dedicados al Indio Solari.

Hubo además otro dato significativo. Pese a algunos episodios de tensión y represión focalizada registrados durante vigilias y homenajes en determinados por la Policia Federal y de la ciudad, la movilización general se desarrolló de manera pacífica. Lejos de las caricaturas construidas durante años alrededor del público ricotero, lo que predominó fue una expresión colectiva de duelo, memoria y reconocimiento. Miles de personas cantando las mismas canciones, recordando los mismos versos y compartiendo una experiencia emocional que excedía ampliamente cualquier lógica de espectáculo.

La paradoja es que la muerte del Indio podría terminar ampliando todavía más su influencia cultural. Como ocurrió con otras figuras que trascendieron su tiempo, la desaparición física probablemente impulse a nuevas generaciones a acercarse por primera vez a su obra. Muchos jóvenes que jamás asistieron a un recital suyo descubrirán ahora sus canciones, sus letras y su particular manera de narrar la Argentina. Intentarán comprender qué fuerza fue capaz de generar semejante movilización popular y, en esa búsqueda, encontrarán mucho más que un músico. Encontrarán una de las expresiones culturales más poderosas que produjo el país desde el regreso de la democracia.


Los tradicionales puestos de choripán formaron parte del paisaje en las inmediaciones del velorio del Indio Solari.

Tal vez sea demasiado pronto para medir la verdadera dimensión histórica de lo ocurrido. La muerte de Carlos Alberto Solari todavía es una noticia reciente y las emociones suelen nublar cualquier análisis. Sin embargo, hay algo que ya parece evidente. La noticia más importante no fue solamente la partida de uno de los músicos más influyentes de la historia argentina. La verdadera noticia fue la aparición de una multitud que muchos creían desaparecida. Una multitud que volvió a ocupar el espacio público para recordar que, incluso en tiempos de fragmentación, todavía existen símbolos capaces de unir a los argentinos.

Porque lo que se vio durante esos días no fue únicamente el dolor por una pérdida. Fue la persistencia de una identidad colectiva construida durante décadas. Fue la demostración de que existen lazos culturales que sobreviven a los gobiernos, a las crisis económicas, a las modas y a las disputas políticas. Fue la confirmación de que debajo de la superficie de una sociedad atravesada por divisiones todavía late una memoria común.

La muerte del Indio no movilizó solamente a sus seguidores. Movilizó una pregunta que la Argentina todavía no termina de responder: qué fuerza sigue siendo capaz de reunir a cientos de miles de personas en un país que parece cada vez más atomizado. Quizás la respuesta no esté en las encuestas ni en los laboratorios de comunicación política. Quizás haya que buscarla en otro lado, en ese territorio donde habitan las canciones que acompañaron generaciones enteras y terminaron convirtiéndose en parte de la identidad nacional.


Una multitud estimada en más de medio millón de personas colmó Villa Domínico para despedir al Indio Solari.

Porque si algo dejó en claro esta despedida es que el fenómeno ricotero nunca fue solamente música. Fue una forma de reconocerse entre desconocidos. Una manera de sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Un lenguaje compartido que atravesó provincias, edades y clases sociales durante más de cuarenta años.

Y tal vez por eso la imagen más poderosa que deja esta historia sea la de una Argentina entera moviéndose al ritmo de una misma emoción. Como si por unos días el país hubiera vuelto a encontrarse consigo mismo. Como si entre las lágrimas, las canciones y las banderas hubiera reaparecido una certeza que parecía olvidada: que todavía existen historias capaces de reunirnos.

El Indio se fue. Pero dejó detrás algo que ningún artista puede controlar una vez que trasciende su tiempo: una leyenda popular. Y las leyendas populares tienen la extraña costumbre de seguir creciendo después de la muerte.

Quizás dentro de algunos años, cuando alguien intente explicar qué ocurrió en aquellos días, descubra que la verdadera noticia no fue una despedida. Fue el regreso de una multitud. Fue la reaparición de una Argentina que muchos creían dormida. Fue la confirmación de que, a pesar de todo, todavía hay un rock and roll del país sonando debajo del ruido de la época.

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