Lunes 22 de junio de 2026

Opinión

Política y fútbol

Marcelo Bielsa y Milei: cuando la genialidad autoproclamada choca contra los resultados

22/06/26 | La política y el fútbol comparten una vieja fascinación: la búsqueda del iluminado. El problema aparece cuando la épica choca contra los resultados.


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Por:
Gustavo Zandonadi

Argentina tiene una debilidad histórica por los personajes disruptivos. Nos seduce el que desafía las convenciones, el que se enfrenta a todos, el que parece poseer una verdad que los demás no alcanzan a comprender. En el fútbol, esa figura fue Marcelo Bielsa. En la política, Javier Milei.

A ambos se les atribuyó una condición casi mística: la de ser genios incomprendidos. También a ambos se los llamó locos. Pero no como un insulto, sino como una forma de admiración. El "Loco" Bielsa revolucionaba pizarras y métodos de entrenamiento; Milei prometía dinamitar el estado y terminar con la casta política. Los dos construyeron una identidad basada en la ruptura con el sistema.

También se construyó un relato para sostener esa imagen. Bielsa fue campeón con Club Atlético Newell's Old Boys, al que además llevó a una final de la CONMEBOL Libertadores. Más tarde volvió a consagrarse con Vélez Sarsfield. Esos antecedentes lo impulsaron hasta la Selección Argentina. Milei, por su parte, se presentó durante años como el economista que tenía respuestas para todos los problemas del país. Primero ganó espacio en los medios de comunicación, después llegó a la Cámara de Diputados de la Nación Argentina y finalmente a la Casa Rosada.

Los relatos suelen ofrecer una tranquilidad transitoria a quienes los compran. Funcionan como una baratija adquirida en la calle: parece una gran compra hasta que llega el momento de usarla. Entonces aparece la realidad. Y con ella, una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando llegan los resultados?

Una parte de la prensa deportiva le vendió al futbolero argentino la idea de que Bielsa era un intelectual del fútbol. Tal vez porque posee un discurso poco habitual para el ambiente. Hablar bien es una virtud, pero una cosa es hablar bien y otra muy distinta es tener labia. El que habla bien construye un pensamiento a partir del estudio y la experiencia. El que tiene labia sabe decir exactamente lo que su audiencia quiere escuchar.

Bielsa ganó de manera aplastante las Eliminatorias rumbo al Mundial de Corea-Japón 2002. Argentina llegó a la Copa del Mundo como una de las máximas candidatas al título. En noviembre de 2001, pocos hubieran imaginado una eliminación en primera ronda. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. El equipo que debía maravillar al mundo regresó a casa antes de tiempo.

Aquella eliminación no invalida toda su carrera, pero sí obliga a revisar la dimensión del personaje. Porque los genios transforman los procesos en resultados. Y cuando la distancia entre las expectativas generadas y los logros obtenidos se vuelve demasiado grande, el relato empieza a mostrar sus fisuras.

Uruguay también quedó eliminado en primera ronda en aquel Mundial de 2002, pero dejó una imagen distinta. Mientras Argentina pareció un equipo paralizado por la presión, los uruguayos pelearon hasta el final una clasificación que no consiguieron. Dos décadas después, tras el fin del extenso ciclo de Oscar Tabárez, la Asociación Uruguaya de Fútbol apostó por Bielsa para encabezar una nueva revolución futbolística.

El técnico rosarino volvió a ser presentado como un salvador. Sin embargo, la actualidad muestra una realidad bastante menos épica. Uruguay atraviesa cuestionamientos, sufrió más de la cuenta frente a rivales ostensiblemente inferiores y llegó al tramo decisivo de la clasificación mundialista lejos de las expectativas que generó su contratación. Una vez más, la discusión gira alrededor del método, las ideas y la filosofía. Mucho menos alrededor de los resultados.

Del fútbol a la política: cuando el relato supera a los resultados

La política argentina ofrece un fenómeno parecido. La irrupción de Milei se apoyó en la idea de que el país estaba gobernado por una casta corrupta e incapaz y que solamente un outsider radical podía revertir décadas de decadencia. Como ocurrió con Bielsa, se construyó una narrativa donde el método parecía más importante que cualquier consenso y donde la convicción personal valía más que la experiencia de gestión.

Nobleza obliga: Bielsa nunca prometió campeonatos. Milei, en cambio, pidió sacrificios en nombre de un éxito futuro. El problema es que ubicó buena parte de esos resultados en un horizonte de varias décadas. Se trata de una promesa difícil de verificar y todavía más difícil de exigir. Cuanto más lejano se vuelve el objetivo, más sencillo resulta justificar cualquier frustración presente.

Tras dos años y medio de gestión, el gobierno sigue apelando a la misma explicación frente a cada crítica: falta tiempo. Es una idea profundamente arraigada en la cultura política argentina. Se sostiene que décadas de decadencia no pueden revertirse rápidamente. Sin embargo, también es cierto que las políticas públicas producen efectos concretos desde el momento en que se aplican

Los decretos, las leyes y las decisiones económicas generan consecuencias inmediatas sobre la vida de las personas. Por eso resulta legítimo preguntarse cuánto tiempo necesita realmente un proyecto político para empezar a demostrar si funciona o no.

Si un médico sabe que el abuelo y el padre de un paciente sufrieron hipertensión, puede inferir que existe una predisposición que merece atención. Del mismo modo, la historia de un país ofrece antecedentes valiosos para evaluar determinadas propuestas políticas. No se trata de negar la posibilidad de innovar, sino de evitar que cada fracaso reaparezca disfrazado de novedad.

Los diarios viejos y los libros de historia siguen allí para quien quiera consultarlos. Los periodistas y los historiadores ya hicieron gran parte de su trabajo. Ahora les toca a los ciudadanos hacer el suyo. Leer, comparar y recordar. Porque los pueblos que olvidan su experiencia terminan comprando una y otra vez los mismos productos, aunque vengan envueltos en envases distintos.

Es posible que Marcelo Bielsa y Javier Milei nunca hayan compartido una charla, una reunión o una cena. Pero comparten algo más importante: una misma matriz de construcción política y simbólica. Ambos edificaron su liderazgo sobre la idea de ser hombres excepcionales, incomprendidos por la mayoría y destinados a corregir los errores de los demás. El problema es que, tarde o temprano, todos los liderazgos deben enfrentarse al mismo tribunal: el de los resultados. 

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