Hay realidades que ningún discurso puede ocultar. Basta con recorrer las paradas de colectivos de La Plata durante las primeras horas de la mañana o cuando cae la noche para entender que el transporte público atraviesa una crisis que golpea directamente a quienes trabajan, estudian y sostienen la ciudad todos los días.
Mientras las tarifas aumentan una y otra vez, el servicio parece ir en sentido contrario. Los pasajeros pagan más, pero reciben menos. Menos frecuencias, más esperas, unidades repletas y una incertidumbre permanente sobre si el colectivo llegará o no. Los reclamos de los vecinos se repiten desde hace meses y se agravaron con las recientes reducciones de frecuencias anunciadas por las empresas.

Hoy la imagen se repite en cada barrio: personas esperando durante veinte, treinta o hasta cuarenta minutos bajo temperaturas muy bajas; trabajadores que llegan tarde a sus empleos; estudiantes que pierden horas de clase; jubilados que soportan el frío sin siquiera contar con un refugio adecuado.
La pregunta es simple: ¿hasta cuándo los vecinos de La Plata seguirán siendo rehenes de un sistema que no responde a sus necesidades?
El transporte público no es un lujo. Es un servicio esencial. Es el medio que utiliza quien no puede pagar un taxi, un remís o una aplicación. Es la herramienta que permite llegar al trabajo, al hospital, a la escuela o a una universidad.
Resulta difícil aceptar que mientras el costo del boleto sigue creciendo, miles de platenses deban soportar recorridos saturados, colectivos que pasan de largo porque ya vienen completos y tiempos de espera que hacen imposible organizar la vida cotidiana. Usuarios consultados por medios locales describen gastos diarios superiores a los tres mil pesos junto con demoras frecuentes de entre veinte y treinta minutos.
Las empresas explican la situación por el aumento del combustible y el atraso en los subsidios. Las autoridades hablan de controles, sanciones y reuniones para buscar soluciones. Pero, mientras tanto, quien realmente paga las consecuencias es el pasajero.
La Plata necesita un sistema moderno, eficiente y controlado. No alcanza con discutir licitaciones o repartir responsabilidades entre Nación, provincia, municipio y empresas. Lo urgente es garantizar que el vecino tenga un colectivo cuando lo necesita.
También hace falta escuchar más a quienes viajan todos los días. Ellos conocen mejor que nadie cuáles son los recorridos abandonados, las paradas inseguras y los horarios donde el servicio prácticamente desaparece.
Gobernar también significa garantizar algo tan básico como poder llegar a horario al trabajo sin pasar frío durante media hora en una esquina.
El transporte público debe volver a estar al servicio de la gente. Porque detrás de cada colectivo que no pasa hay una historia: un padre que pierde el presentismo, una madre que llega tarde a buscar a sus hijos, un estudiante que pierde un examen o un jubilado que espera bajo el frío.
La Plata merece un transporte digno. Los vecinos no pueden seguir pagando cada vez más por un servicio que, lamentablemente, cada día funciona peor.
(*) Juan Ramírez es dirigente de la ciudad de La Plata