Lunes 6 de julio de 2026

Opinión

Debate histórico

El mito de los "80 años de peronismo": la batalla por el relato de la Argentina

06/07/26 | Dos proyectos de país disputan el rumbo argentino desde mediados del siglo XX. Esa tensión explica buena parte del debate político actual.


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Por:
Gustavo Zandonadi

La política argentina tiene una notable capacidad para convertir consignas en verdades. Basta con que una frase sea repetida durante suficiente tiempo por dirigentes, periodistas, economistas y formadores de opinión para que termine adquiriendo el estatuto de una evidencia histórica, aun cuando los hechos indiquen otra cosa. En ese mecanismo de simplificación permanente, pocas expresiones alcanzaron tanta eficacia como la afirmación de que la Argentina arrastra sus problemas por culpa de "ochenta años de peronismo"

La frase aparece en las discuciones de peluquería, en editoriales periodísticas, en programas de televisión y en redes sociales con la naturalidad propia de aquello que ya no necesita demostración. Nadie, ni siquiera los que dicen ser peronistas ¿Cansancio, resignación o ignorancia? Basta revisar la historia política y económica del país para advertir que se trata de una construcción discursiva antes que de una descripción objetiva del pasado.

El éxito de esa consigna no radica únicamente en su capacidad para sintetizar un diagnóstico. Su verdadera fortaleza consiste en desplazar el eje de la discusión. Si todos los problemas encuentran una sola explicación, desaparece la necesidad de analizar responsabilidades compartidas por gobiernos, grupos económicos concentrados y organismos internacionales de crédito. El debate deja de ser ente dos modelos de país y se reduce a la difusión de una consigna, como lo logra una buena publicidad, pudiendo instalar una marca como sinómino del producto que vende.

La historia, sin embargo, nunca es tan sencilla. Desde mediados del siglo XX la Argentina no estuvo atravesada por una continuidad política sino por una disputa permanente entre proyectos de país profundamente diferentes. De un lado, los que apostaban por la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Del otro -golpes de Estado y proscripciones mediantes- hablaron de restauración democrática, pero trajeron crisis económicas, programas de estabilización, procesos de desindustrialización y  endeudamiento externo. 

Tan hábiles fueron que lograron infiltrarse en el Partido Justicilista y ganar las elecciones de 1989 para continuar con el programa económico de la dictadura doblmente criminal, por el genocidio que la Justicia condenó en 1985 y por la destrucción del aparato productivo argentino. La secuencia histórica mucho más compleja que la caricatura de los "ochenta años de peronismo" que solamente un ignorante absoluto de la historia argentina pude repetir sin ponerse colorado.

Las personas construyen sus decisiones presentes a partir de la manera en que interpretan su pasado. Cuando alguien acepta como verdad un relato incompleto, condiciona las alternativas posibles para su futuro. De allí la importancia de las interpretaciones históricas. No se discute únicamente qué ocurrió, sino qué enseñanza dejó. Esa es la tarea de los docentes y de los periodistas, pero resulta dificil cuando un alto porcentaje de la sociedad repite "yo de política no hablo". Esa es otra herencia nefasta de la dictadura, quizá su mayor éxito: que la política sea algo ajeno, porque nadie defiende lo que no considera como propio. 

La disputa por el sentido de la historia

Existe además un fenómeno cultural que presta una ayuda inestimable a los que instalan el falso relato. Resulta frecuente comprobar que una parte importante de la población desconoce los acontecimientos fundamentales que dieron origen a los feriados nacionales, ignora las razones de los principales conflictos políticos del siglo XX o reduce décadas enteras de transformaciones económicas a una sucesión de nombres propios. Ese desconocimiento es el problema mayor. Allí, donde el conocimiento histórico retrocede, el relato encuentra un terreno fértil para ocupar su lugar.

La Argentina ofrece múltiples ejemplos de ese fenómeno. Durante décadas se instalaron como verdad indiscutible que el Estado es un obstáculo para el desarrollo económico, mientras buena parte de las economías avanzadas protegían activamente sus industrias estratégicas. Se afirmó que la apertura comercial irrestricta conduce a una mayor competencia, para ocultar que en realidad nos lleva al aumento de la desocupación, que es lo que les permite embestir contra los trabjadares, como si la postración económica fuera culpa la dignidad de los que trabajan y no de los señores que administran el país como si fuera una estancia.

En ese contexto debe entenderse el debate sobre el peronismo. La cuestión no consiste únicamente en evaluar la gestión de los gobiernos justicialistas, ni en negar los errores que tuvo movimiento desde 1945 hasta la actualidad. El interrogante de fondo es otro: ¿existió en la historia argentina un proyecto político que intentara modificar de manera estructural el modelo agroexportador heredado del siglo XIX para construir una economía basada en la industria, el mercado interno y la autonomía nacional? Y, en caso afirmativo, ¿qué fuerzas políticas impulsaron ese cambio y cuáles procuraron revertirlo?

Responder esas preguntas exige abandonar las consignas y volver sobre los hechos. La historia argentina debe analizarse como la confrontación inconclusa entre dos concepciones económicas, sociales y culturales que atravesaron el último siglo. De un lado, la aspiración de construir un país industrial, con altos niveles de empleo y redistribución del ingreso. Del otro, una economía "libre" que nos deja con poco trabajo, casi sin salario y que abre las puertas para el triunfo de la especulación financiera por encima de esfuerzo. Lo que se juega en esta lucha es tan grande que no admite la neutralidad. 

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