Lunes 13 de julio de 2026

Opinión

Unidad nacional

La independencia que todavía nos debemos: el desafío de reconstruir la Argentina

13/07/26 | A 210 años de la Independencia, una reflexión sobre los desafíos de la Argentina: diálogo, solidaridad, corrupción y construcción colectiva.


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Por:
Bruno Quagliardi

Cada 9 de Julio la Argentina vuelve a detener el tiempo. Las escuelas izan la bandera, el himno nacional vuelve a estremecer plazas y hogares, los discursos recuerdan a los congresales de Tucumán y, por unas horas, todos pronunciamos una palabra que parece inagotable: independencia.

Sin embargo, quizás el verdadero desafío no sea recordar lo que ocurrió en 1816, sino preguntarnos qué significa hoy ser verdaderamente libres.

Los hombres que declararon la independencia no heredaron un país terminado. Lo imaginaron. Lo soñaron cuando casi todo parecía perdido. Mientras las guerras continuaban, las provincias discutían entre sí y el futuro era una incógnita, eligieron un camino que exigía más coraje que certezas. Comprendieron que la libertad no era un premio reservado para tiempos mejores, sino una decisión que debía tomarse precisamente en medio de la incertidumbre.

Doscientos diez años después, los desafíos cambiaron, pero la pregunta permanece intacta. ¿De qué necesitamos independizarnos los argentinos?

La respuesta no puede reducirse a una cuestión económica, diplomática o institucional. Existen otras dependencias, mucho más silenciosas, que también condicionan el destino de un pueblo. La dependencia del odio que transforma al adversario en enemigo. La dependencia de la indiferencia que nos acostumbra al sufrimiento ajeno. La dependencia de la corrupción que destruye la confianza pública. La dependencia del individualismo que convence a cada uno de que puede salvarse solo. La dependencia de una grieta que lleva demasiado tiempo ocupando el lugar del diálogo.

En el tradicional Tedeum, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, eligió el Evangelio del Buen Samaritano para proponer una reflexión que trasciende cualquier coyuntura política. La parábola no habla únicamente de un hombre herido al borde del camino; habla de una sociedad que debe decidir si pasa de largo o si se detiene.

Y esa decisión continúa siendo profundamente actual. Porque los heridos siguen existiendo y se profundizan cada día más. No son estadísticas ni consignas de campaña. Son argentinos concretos, con nombres, historias y familias.

La grandeza de una Nación nunca se mide únicamente por sus indicadores económicos o por el crecimiento de su producto bruto. También se mide por la forma en que trata a quienes más necesitan de los demás. Ningún proyecto nacional puede consolidarse si acepta como normal que millones de personas queden al costado del camino.

Pero la homilía también dejó otra enseñanza que merece ser escuchada… El Buen Samaritano no actuó solo. Comprendió que el amor necesita organización, que la solidaridad requiere instituciones y que las soluciones duraderas siempre son fruto del trabajo compartido. Esa enseñanza vale tanto para la Iglesia como para la política, para el estado como para la sociedad civil. Ninguna transformación profunda nace del protagonismo individual. Las patrias se construyen colectivamente.

Quizás uno de los mayores problemas de la Argentina contemporánea sea haber convertido el desacuerdo en una forma permanente de convivencia. Discutimos antes de escucharnos. Respondemos antes de comprender. Clasificamos a las personas según el espacio político al que pertenecen antes de preguntarnos qué pueden aportar al bien común. Así, la conversación pública termina muchas veces atrapada en un círculo estéril donde todos hablan y pocos escuchan.

Escuchar para volver a construir un destino común

Resulta significativo que el himno nacional comience con una invitación sencilla y, al mismo tiempo, revolucionaria: "¡Oíd!". Antes de cantar, antes de responder, antes incluso de actuar, la Patria invita a escuchar. Escuchar la realidad. Escuchar al otro. Escuchar el dolor de quienes esperan respuestas. Escuchar incluso aquello que contradice nuestras propias certezas.

No existe independencia posible para un pueblo que ha dejado de escucharse. Por eso el desafío del presente no consiste solamente en administrar mejor los recursos o discutir modelos de desarrollo. Consiste, sobre todo, en recuperar la capacidad de construir un destino común. Ningún gobierno, ningún partido político, ninguna institución ni ningún dirigente, por brillante que sea, podrá hacerlo en soledad. La historia argentina demuestra que los grandes momentos nacionales siempre fueron fruto de esfuerzos compartidos y de objetivos que lograron trascender las diferencias circunstanciales.

Quizás por eso la imagen más poderosa de estos días no provino de un discurso político, sino de una referencia deportiva. La Selección Argentina volvió a recordarnos algo que parece obvio y, sin embargo, olvidamos con frecuencia… los logros colectivos nacen cuando el equipo es más importante que las individualidades. Ningún talento alcanza si cada uno juega para sí mismo.

La Patria tampoco se construye desde los aplausos personales. Se construye cuando cada argentino comprende que el éxito propio pierde sentido si el país fracasa; cuando el dirigente deja de pensar en la próxima elección para pensar en la próxima generación; cuando la crítica deja de ser un ejercicio de demolición para convertirse en una herramienta de mejora; cuando el compromiso cotidiano vale más que la consigna del momento.

Los congresales de Tucumán declararon que querían ser libres de toda dominación extranjera. Quizás nuestra generación tenga otra misión, declararnos independientes de todo aquello que nos impide reconocernos como compatriotas. Independizarnos de la indiferencia, de la mezquindad, de la violencia verbal, de la corrupción, del fanatismo y de la resignación.

La verdadera independencia no termina con la firma de un acta. Empieza cada mañana, cuando una sociedad decide volver a encontrarse. Tal vez esa sea la pregunta que este 9 de Julio nos deja abierta: ¿estamos construyendo la Patria con quienes piensan distinto o seguimos levantando muros entre argentinos?

La independencia de 1816 nos dio un país. La independencia que todavía nos debemos será la que decida qué clase de Nación queremos dejarles a quienes vendrán después de nosotros.

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