El inesperado mensaje del presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas fue presentado como una señal diplomática de enorme trascendencia. Sin embargo, detrás de las palabras pronunciadas durante el IV Foro Global de Medios de Shusha aparecen contradicciones, omisiones y coincidencias demasiado convenientes como para no preguntarse cuánto hubo de respaldo real y cuánto de puesta en escena.
Consultado por una periodista argentina, Aliyev instó al país a defender “sus derechos y la soberanía” y vinculó la cuestión Malvinas con el principio de integridad territorial que Azerbaiyán invocó durante décadas en su conflicto con Armenia por Nagorno Karabaj.
El mandatario incluso aseguró que el enfrentamiento entre la Argentina y el Reino Unido había sido objeto de su tesis universitaria y aprovechó la semifinal del Mundial entre ambos seleccionados para enviar un mensaje de apoyo al equipo argentino.
La combinación fue perfecta: Malvinas, fútbol, soberanía nacional y un presidente extranjero aparentemente sensibilizado desde su juventud con una de las causas más profundas de la sociedad argentina.
Pero, lejos de disipar dudas, la espectacularidad de la intervención las multiplica.
Hasta el momento, las palabras de Aliyev no estuvieron acompañadas por una medida diplomática específica. No hubo un reconocimiento nuevo de la soberanía argentina, una propuesta ante organismos internacionales, una declaración bilateral ni el anuncio de una campaña conjunta.
Tampoco Malvinas aparece públicamente incorporada a la agenda del Baku Initiative Group, una organización promovida desde Azerbaiyán que se presenta como una plataforma internacional contra el colonialismo y en favor de los pueblos sometidos a administraciones extranjeras.
El Baku Initiative Group (BIG) fue creada en 2023, durante una conferencia del Movimiento de Países No Alineados dedicada a la eliminación del colonialismo. Se presenta como una plataforma de defensa de la autodeterminación, la descolonización y los derechos humanos, y organiza conferencias, campañas y pronunciamientos sobre pueblos y territorios sometidos a administraciones extranjeras. También aborda cuestiones ambientales y de género.

El grupo concentra buena parte de su actividad en territorios franceses y neerlandeses, entre ellos Nueva Caledonia, Polinesia Francesa, Martinica, Guadalupe, Guayana Francesa, Córcega y Bonaire. Sin embargo, la principal disputa colonial que involucra a la Argentina no parece ocupar un lugar institucional relevante en sus publicaciones o actividades públicas.
La ausencia resulta especialmente llamativa. Si el jefe de Estado azerbaiyano posee desde hace más de cuatro décadas un interés académico y político por Malvinas, cuesta explicar por qué una organización creada y respaldada desde Bakú para intervenir en debates de descolonización no convirtió el caso argentino en uno de sus ejes.
La contradicción se profundiza con otro caso especialmente sensible para la Argentina: según trascendió, el BIG también le dio la espalda a Annobón, una isla habitada desde hace más de cinco siglos por una población autóctona con identidad, lengua y organización social propias. Sus habitantes denuncian discriminación étnica, aislamiento forzado, restricciones a la circulación, persecución política, detenciones arbitrarias, abandono estatal y graves vulneraciones de derechos humanos, en un proceso que califican como un “genocidio lento”. Pese a que estas denuncias se vinculan directamente con los principios de autodeterminación, descolonización y protección de los pueblos que el grupo asegura defender, los representantes annoboneses solicitaron formalmente su incorporación y no fueron aceptados. Hasta ahora, el BIG no ofreció una explicación pública sobre esa negativa.
El contraste expone el carácter selectivo de su política: algunas reivindicaciones territoriales sirven para proyectar a Azerbaiyán como defensor de la descolonización, mientras que otras parecen quedar relegadas según las conveniencias diplomáticas del gobierno de Aliyev.
La declaración también sorprende por el vínculo históricamente distante entre Azerbaiyán y la Argentina. De hecho, Buenos Aires mantiene desde hace décadas una relación especialmente cercana con Armenia. La Cancillería argentina ha destacado oficialmente la amistad bilateral, la cooperación política y cultural y el papel de la numerosa comunidad armenia asentada en el país.
Ese vínculo continuó durante el gobierno de Javier Milei. Antes de asumir formalmente la presidencia, el libertario recibió al mandatario armenio Vahagn Khachaturyan y manifestó su voluntad de profundizar la relación entre ambos países.
A eso se suma el peso de Eduardo Eurnekian, uno de los empresarios argentinos de origen armenio más influyentes. Milei trabajó durante años dentro de Corporación América, el grupo fundado por Eurnekian, antes de iniciar su carrera política nacional. El empresario desarrolló además importantes inversiones y actividades filantrópicas en Armenia y es uno de los principales beneficiarios de sus políticas de achicamiento del Estado.
La cercanía argentina con Armenia no se limitó a los vínculos comunitarios y empresariales. En 2020, la Cámara de Diputados avanzó con un dictamen que condenaba los ataques de Azerbaiyán sobre Nagorno Karabaj, los bombardeos contra civiles y la amenaza de una limpieza étnica. En 2023, legisladores nacionales volvieron a impulsar un proyecto para denunciar el riesgo que enfrentaban los 120 mil armenios de Artsaj e instar al gobierno argentino a intervenir ante Bakú y los organismos internacionales.
Por ese motivo, Azerbaiyán no parte de una posición especialmente favorable dentro del entramado político, empresarial y comunitario argentino. La Argentina ha sido históricamente mucho más receptiva a la narrativa armenia que a la posición de Bakú.
Precisamente allí aparece una posible explicación: el mensaje sobre Malvinas pudo haber funcionado como una herramienta para ingresar en el debate público argentino mediante una causa que atraviesa prácticamente a todo el arco político.

No existen pruebas públicas que permitan afirmar que la pregunta y la respuesta hayan sido acordadas previamente. Sin embargo, el contexto habilita legítimamente la duda.
El encuentro se desarrolló en un foro internacional organizado en Azerbaiyán, con presencia de periodistas extranjeros especialmente invitados. La pregunta sobre Malvinas le permitió a Aliyev pronunciar un discurso perfectamente alineado con sus propios intereses: reivindicó la integridad territorial, recordó Nagorno Karabaj, elogió a la Argentina y cerró con una referencia futbolística destinada a garantizar repercusión mediática.
La revelación de que Malvinas había sido el tema de su tesis agregó un elemento personal difícil de verificar de manera independiente. No se difundió el trabajo académico, no se conoce públicamente su contenido completo y, por ahora, el único respaldo disponible es el propio relato presidencial.
La escena terminó entregando exactamente el resultado comunicacional que podía esperarse: titulares favorables, sorpresa entre los asistentes y la instalación de Aliyev como un posible e inesperado aliado de la causa argentina.
Más que una definición diplomática precisa, la frase “defiendan sus derechos y la soberanía” opera como una consigna suficientemente contundente para obtener repercusión, pero lo bastante ambigua para evitar un compromiso jurídico inequívoco.

El gesto también debe analizarse a la luz de la situación interna de Azerbaiyán. Aliyev gobierna desde 2003 y concentra el poder dentro de un sistema descripto por organizaciones internacionales como autoritario. Freedom House sostiene que la estructura política permanece dominada por el presidente y su familia, con una oposición debilitada, altos niveles de corrupción y escaso espacio para la expresión independiente.
Amnistía Internacional denunció en julio de 2026 la persecución sostenida contra periodistas, activistas, defensores de derechos humanos y opositores, incluso fuera de las fronteras azerbaiyanas. Según la organización, cientos de críticos fueron encarcelados mediante causas consideradas políticamente motivadas, mientras otros debieron exiliarse.
En ese contexto, los grandes foros internacionales cumplen una función que excede el debate periodístico y permiten mostrar a Azerbaiyán como un actor moderno, abierto al diálogo y comprometido con conceptos como la paz, la soberanía y la descolonización.
El mensaje sobre Malvinas encaja perfectamente en esa estrategia. Le permite a un gobierno severamente cuestionado en materia de libertades públicas presentarse ante la sociedad argentina como defensor de una causa histórica, sin asumir necesariamente costos diplomáticos ni impulsar acciones concretas.

La declaración de Aliyev no debe ser descartada por completo. Que un jefe de Estado mencione la cuestión Malvinas y reivindique los derechos argentinos tiene valor político y comunicacional. Pero ese valor no debería confundirse con un cambio profundo en la política exterior de Azerbaiyán.
Mientras Malvinas permanezca fuera de las principales iniciativas del Baku Initiative Group, no exista una definición diplomática inequívoca y el respaldo no se traduzca en acciones internacionales concretas, el episodio conservará más apariencia de operación comunicacional que de alianza estratégica.
La hipótesis de un acercamiento mediante el populismo no resulta descabellada: un gobierno cuestionado internacionalmente encontró en Malvinas y en el fútbol dos símbolos capaces de atravesar diferencias partidarias, despertar simpatía inmediata y abrir una puerta en un país históricamente más cercano a Armenia.
Hasta que Azerbaiyán transforme las palabras en hechos, el supuesto respaldo a la Argentina seguirá pareciendo, fundamentalmente, humo diplomático cuidadosamente envuelto en soberanía y fútbol. (www.REALPOLITIK.com.ar)