“Mi vida para buscarte”, de la banda metalera Malogro, aborda el caso de Marita Verón desde el metal con respeto y una profunda carga emocional, poniendo en el centro la lucha incansable de Susana Trimarco contra la trata de personas.
Hay historias que no admiten distancia estética. No se las puede "versionar" sin hacerse cargo del peso que arrastran. En la Argentina, el nombre de Marita Verón es uno de esos núcleos de sentido que atraviesan generaciones: una ausencia que se volvió símbolo, una herida abierta que nunca terminó de cicatrizar. Que el metal —género históricamente asociado a la catarsis, la denuncia y la intensidad— se acerque a ese territorio no es casual. Pero sí es riesgoso.

“Mi vida para buscarte”, de la banda Malogro, se mueve sobre esa cornisa. No busca reconstruir el caso ni aportar datos nuevos: elige otro camino, más complejo y más íntimo. El de traducir en sonido una persistencia: la de una madre que convirtió el dolor en una forma de acción política y social. La figura de Susana Trimarco aparece aquí no como personaje, sino como pulso: una energía que sostiene la canción desde adentro.
Lo que la banda Malogro nunca imaginó fue que un tributo artístico convertido en canción pudiera desencadenar una ola de ataques y amenazas por volver a poner sobre la mesa un caso emblemático que expone el drama de la trata de personas.

Según manifestó Maxi Massanisso, integrante de Malogro, tras la viralización de "Mi vida para buscarte" y la gran aceptación del público metalero por la calidad de su composición y el significado de su mensaje, comenzaron a recibir una andanada de ataques en redes sociales que incluían amenazas de muerte, presuntamente provenientes de sectores vinculados a la criminalidad que rodea el caso de Marita Verón.
Los ataques no solo se registraron a través de las redes sociales de Malogro, sino que también hubo numerosas llamadas a los teléfonos de contacto para contrataciones de la banda. En ellas exigían que retiraran la canción de todas las plataformas digitales y redes sociales, bajo amenazas de muerte, insultos y expresiones de corte fascista.
El arte y el compromiso convertidos en canción pueden transformarse, sin lugar a dudas, en una ecuación tan poderosa que asuste a quienes creían que el caso estaba olvidado, cerrado o desprovisto de una investigación vigente. Tal vez por eso reaccionan con amenazas quienes se sienten interpelados por la fuerza de una melodía y de sus letras.
El metal argentino tiene una larga tradición de abordar problemáticas sociales, desde la marginalidad hasta la violencia institucional. Pero lo que distingue a Malogro en este caso es la decisión de correrse del golpe bajo. No hay morbo ni reconstrucción explícita del horror. Hay, en cambio, una atmósfera densa, casi ritual, donde la ausencia se vuelve materia sonora. Guitarras que avanzan como una marcha, una base rítmica insistente y una voz que no grita por espectacularidad, sino por necesidad.
Lejos de ceder ante las intimidaciones y conscientes de que están abordando uno de los temas más sensibles de la historia reciente argentina, los integrantes de Malogro redoblaron la apuesta y continúan interpretando con más fuerza que nunca las estrofas de "Mi vida para buscarte".
En ese clima, la letra —firmada por Maximiliano Massanisso— funciona como un hilo conductor austero, pero persistente. "Un grito ahogado, ausencia que implora", canta la voz, y esa imagen condensa en pocos versos la dimensión emocional del caso. Más adelante, la insistencia se vuelve casi física: "Sigue, sigue, sigue… llegará hasta el final", como si la canción misma se negara a clausurar la búsqueda. No hay un exceso de nombres propios ni detalles judiciales. Lo que hay es una idea: la búsqueda como forma de vida.
Hay algo profundamente metalero en esa ética. El género, en su mejor versión, no es solo ruido o furia: es también resistencia. Y aquí esa resistencia se encarna en una figura real, concreta, que lleva más de dos décadas enfrentando redes de trata, complicidades políticas y silencios sociales. La canción no pretende apropiarse de esa lucha, sino amplificarla. Ponerla en otro registro, en otra frecuencia.
El desafío era enorme: cómo hablar de una tragedia sin banalizarla. Malogro opta por el respeto y la memoria como ejes. Y en ese gesto hay una toma de posición. Porque, en tiempos donde todo tiende a diluirse en la velocidad de lo efímero, elegir detenerse en una historia como esta implica incomodar y recordar que todavía existen deudas pendientes y preguntas sin respuesta.
“Mi vida para buscarte” no es una canción cómoda. Tampoco pretende serlo. Es, en todo caso, un recordatorio de que hay voces que siguen reclamando ser escuchadas, luchas que aún no terminaron y músicas —como el metal— que todavía pueden funcionar como vehículo para esas verdades incómodas. Porque, al final, la consigna que atraviesa esta historia sigue vigente: sin clientes, no hay trata. (www.REALPOLITIK.com.ar)