El mate es mucho más que una bebida. Es un ritual cotidiano, una forma de encuentro y uno de los rasgos culturales más arraigados de la Argentina. Sin embargo, su historia estuvo lejos de ser pacífica. A lo largo de cuatro siglos despertó adhesiones incondicionales, pero también desconfianza, persecuciones e intentos por desterrarlo. Dos episodios, separados por más de 400 años —1616 y 2020— muestran hasta qué punto una simple infusión llegó a incomodar al poder.
A comienzos del siglo XVII, el Río de la Plata era una región periférica del Imperio español, marcada por el aislamiento y las dificultades para el abastecimiento. En ese contexto, los colonos adoptaron de los pueblos guaraníes el consumo de las hojas de Ilex paraguariensis, una costumbre que rápidamente se extendió por sus propiedades estimulantes y por la facilidad con la que podía incorporarse a la vida cotidiana.
Ese crecimiento alarmó al entonces gobernador Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias. Convencido de que la yerba fomentaba la ociosidad y alejaba a las personas de sus obligaciones religiosas y laborales, en 1616 dictó un bando que restringía severamente su consumo y su comercio. Los documentos de la época describían a la yerba como un "vicio" e incluso la vinculaban con influencias demoníacas, reflejo de la mirada moral y religiosa con la que parte de las autoridades coloniales observaba aquella costumbre.
Las sanciones eran especialmente severas. Los españoles podían ser castigados con importantes multas, mientras que indígenas y esclavos se exponían a castigos corporales, entre ellos azotes públicos, una práctica habitual dentro del sistema penal colonial.
La prohibición, sin embargo, fracasó. El consumo continuó de manera clandestina y el comercio ilegal de yerba se expandió por toda la región. Con el paso de los años, la propia realidad económica terminó imponiéndose sobre los prejuicios iniciales. Los jesuitas comprendieron que la demanda era imposible de erradicar y perfeccionaron el cultivo de la planta en las reducciones guaraníes. Aquella decisión convirtió a la yerba mate en uno de los principales productos de las misiones jesuíticas y consolidó definitivamente una tradición que ninguna prohibición pudo extinguir.
Con el correr de los siglos, el mate dejó de ser una costumbre heredada de los pueblos guaraníes para transformarse en un símbolo compartido por toda la sociedad. Acompañó al gaucho en las largas jornadas de la campaña, cruzó las fronteras entre el campo y la ciudad y terminó instalándose en hogares, oficinas, universidades y lugares de trabajo. Pocas tradiciones lograron atravesar con tanta naturalidad diferencias sociales, políticas y generacionales.
Compartido entre familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, el mate dejó de ser simplemente una infusión para convertirse en una forma de encuentro. Esa capacidad de adaptación explica, en buena medida, por qué logró sobrevivir a los cambios políticos, las crisis económicas y las transformaciones culturales.

En marzo de 2020, cuando la pandemia de COVID-19 obligó a modificar hábitos cotidianos para reducir los contagios, el entonces diputado nacional Fernando Iglesias publicó un mensaje en Twitter que desató una inmediata controversia.
"Es un buen momento para erradicar definitivamente la horrible costumbre del mate, responsable de la decadencia del país", escribió el legislador.
Aunque las autoridades sanitarias recomendaban no compartir el mate ni la bombilla para disminuir el riesgo de contagio, el tono elegido fue interpretado por muchos usuarios como un ataque a una de las tradiciones más arraigadas del país. La reacción fue inmediata y representantes del sector yerbatero también expresaron su rechazo.
Iglesias respondió que se había tratado de una ironía vinculada al contexto sanitario. Sin embargo, la publicación quedó instalada como uno de los episodios más recordados de aquellos primeros meses de la pandemia y pasó a integrar la larga historia de las controversias en torno a la infusión.
Una vez más, la realidad terminó imponiéndose. Durante la emergencia sanitaria, los argentinos modificaron el ritual: cada persona tomó mate en su propio recipiente y evitó compartir la bombilla. La costumbre cambió, pero no desapareció.
Cuatro siglos después del bando de Hernandarias, el resultado fue el mismo. Cambiaron los gobiernos, cambiaron las razones y cambiaron las épocas, pero el mate sobrevivió a todo. Como pocas tradiciones argentinas, demostró una capacidad única para adaptarse sin perder su esencia. Tal vez por eso ningún intento por desterrarlo logró prosperar: porque hace mucho tiempo que dejó de ser una simple infusión para convertirse en una forma de identidad compartida. (www.REALPOLITIK.com.ar)