En la actualidad las discusiones políticas terminan cuando hablan las urnas, y los cruces que afectan al honor se arreglan en la Justicia. Pero hace un siglo era diferente. El 2 de abril de 1920, en Montevideo, una disputa entre dos hombres que representaban mundos políticos enfrentados terminó con un muerto. Uno de ellos salió victorioso: José Batlle y Ordóñez, dos veces presidente de Uruguay. El otro, el que no la pudo contar, era Washington Beltrán, periodista, abogado, diputado, dirigente del Partido Nacional y uno de los fundadores del diario EL PAÍS.
Para entender aquella tragedia hay que conocer a los protagonistas. Beltrán no era un periodista ajeno a la política: era un hombre del Partido Nacional, un protagonista de la vida pública uruguaya y utilizaba el diario que había ayudado a fundar como una herramienta de combate contra el Partido Colorado. En el otro rincón estaba Batlle, el hombre que gobernó entre 1903 y 1907 y nuevamente entre 1911 y 1915, cuyo nombre quedó asociado a profundas transformaciones políticas y sociales que modificaron para siempre la historia de su país.
Batlle fue un presidente muy importante en la historia oriental, pero tenía adversarios. Beltrán era uno de ellos y representaba una corriente política que cuestionaba con dureza al batllismo. La prensa era por entonces un territorio de combate mucho más áspero que el actual: los editoriales podían convertirse en verdaderos alegatos contra los dirigentes y las acusaciones no siempre se limitaban a cuestionar una política pública. Muchas veces alcanzaban directamente la conducta y el honor personal del adversario.
El 1° de abril de 1920, Washington Beltrán publicó en su diario un editorial titulado “¡Qué tupé!”, en el que lanzó una durísima crítica contra el expresidente. El texto cuestionaba su actuación política y le atribuía prácticas que Beltrán consideraba incompatibles con una conducta democrática. Batlle entendió que el artículo había cruzado una frontera que no estaba dispuesto a tolerar.
En la cultura política de aquella época existía una institución que hoy parece pertenecer a otro planeta: el duelo. Cuando una persona consideraba que su honor había sido agraviado públicamente, podía exigir una reparación y, si la disputa no encontraba solución, terminar en un enfrentamiento armado.
Era una práctica que se desarrollaba en el marco de las reglas que acordaban los "padrinos", que no eran otra cosa que representantes de los duelistas, que se reunían para acordar las armas que se iban a utilizar y demás condiciones del combate. En la actualidad está en desuso, al menos en la modalidad de antaño. Hoy los duelos son a mano limpia, a las trompadas y por motivos casi triviales, comparados con el concepto de honor que existía hace un siglo.
El 2 de abril de 1920 -que ese año era viernes santo- Batlle y Beltrán se encontraron en el Parque Central. El clima era tenso y el aire se cortaba con cuchillo. El enfrentamiento se realizó con pistolas y el primer intercambio de disparos no produjo consecuencias decisivas. Sin embargo, hubo un segundo intercambio y esta vez la bala disparada por Batlle alcanzó a Beltrán.
El periodista cayó gravemente herido y murió poco después. Tenía apenas 35 años. La noticia conmocionó a Uruguay y transformó aquella disputa periodística en una tragedia. La muerte dejó planteada una pregunta que excedía ampliamente a sus protagonistas: ¿qué clase de sociedad permite que una discusión política termine resolviéndose mediante un enfrentamiento armado? La respuesta no puede encontrarse solamente en la conducta de Batlle y Beltrán, sino también en la cultura política de la época.
Sería sencillo mirar el episodio desde 2026 y concluir que se trató simplemente de una barbaridad. En la actualidad una persona ofendida puede exigir que la otra parte se retracte, o en su defecto puede iniciar acciones, pero hace cien años una ofensa pública era una cuestión de vida o muerte y se pagaban con sangre. (www.REALPOLITIK.com.ar)