Viernes 14 de agosto de 2026

Historia

Un problema de larga data

Cuando la Argentina construyó casas para sus trabajadores

14/08/26 | En 1915 el Estado nacional creó la Comisión Nacional de Casas Baratas para cambiar la realidad de miles de familias que vivían hacinadas.


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Por:
Gustavo Zandonadi

Hay historias que parecen condenadas a dormir para siempre en los libros. La Comisión Nacional de Casas Baratas es una de ellas. Para los argentinos que vivimos en el siglo XXI esas cinco palabras quizás no nos traigan a la mente una imagen concreta, pero detrás de ellas hay un organismo que fue creado hace un siglo y que dejó un legado que llega hasta nuestros días. Esas cinco palabras, hoy, guardan una historia que está viva porque es el presente de quienes viven en las casas que contruyó la Comisión, y quizá no lo saben. 

Para comprender por qué aquella Comisión llegó a existir, hay que viajar hasta una Buenos Aires muy diferente de la actual. A comienzos del siglo XX, la Capital Federal crecía a una velocidad extraordinaria, impulsada por la inmigración, el comercio, las primeras grandes industrias y la expansión del trabajo asalariado. Llegaban trabajadores de Europa y de otras regiones del país. Crecía el empleo y aumentaba la población, pero había un problema: las viviendas no crecían al mismo ritmo. Para miles de familias, encontrar un lugar donde vivir dignamente era un problema muy serio.

El conventillo era una de las respuestas que encontró aquella sociedad para alojar a una población que crecía sin pausa. Familias enteras ocupaban habitaciones pequeñas dentro de grandes construcciones. Compartían patio, cocina, baño y espacios comunes. El problema era hacinamiento, que comenzó a ser observado como una cuestión sanitaria, social y política. 

El conventillo no era solamente una forma de vida que dejaba de lado a la intimidad familiar, sino que traía algo más grave. Las pésimas condiciones de higiene y seguridad que ofrecía, podían favorecer la aparición de enfermedades y eran generadoras de conflictos interpersonales que conducían a disputas que no siempre terminaban bien.

La cuestión habitacional empezó entonces a ocupar un lugar cada vez más importante en la vida de las personas. Las condiciones en las que vivía una parte importante de la población trabajadora escalaron tanto que llegó a la agenda parlamentaria como una prioridad. No había muchas opciones: o se hacía algo, o se condenaba a la gente a una vida miserable, con altas chances de encontrar una muerte prematura.

La ley Cafferata

En ese contexto apareció Juan Félix Cafferata, diputado nacional por Córdoba y uno de los principales impulsores de una iniciativa destinada a intervenir sobre el problema habitacional. A instancias suyas, en 1915 el Congreso sancionó la ley 9.677, conocida como ley Cafferata. La creó la Comisión Nacional de Casas Baratas. Si lo vemos con las anteojeras del siglo XXI, el nombre no es apto para crear un hashtag, pero lo cierto es que el Estado entendió que debía ofrecer soluciones habitacionales a la clase trabajadora. El sector público dando respuesta a un problema que el mercado no podía resolver.

La Comisión tenía a su cargo la construcción de viviendas individuales y colectivas, además de mecanismos destinados a facilitar el acceso mediante alquileres y sistemas de adquisición y amortización. Lejos de ser un reparto de casas, existía una concepción según la cual el trabajador que accedía a la vivienda lo hacía mediante un esfuerzo económico sostenido en el tiempo. El Estado era un facilitador, no un Papá Noel. 

De esa forma, la vivienda propia era resultado del trabajo, del ahorro y de una política pública destinada a hacer posible aquello que, para muchas familias, resultaba inaccesible bajo las condiciones normales del mercado. La experiencia resulta especialmente interesante porque en esa época no existía la idea del Estado de Bienestar.

La Argentina de 1915 no era un país preocupado por la justicia social que sería décadas después. La ley que dio vida a la Comisión fue el producto de un Congreso que aún con sus defectos, supo leer que la sociedad de su tiempo estaba atravesada por profundas transformaciones que generaban necesidades y que ignorarlas hubiera sido un error. 

Una casa también podía educar

La vivienda que imaginaron los hombres de aquella época estaba vinculada a una determinada concepción de la familia, la higiene y la vida cotidiana. Sostenían que las condiciones materiales de una casa podía incidir directamente sobre la salud de sus habitantes. Un ambiente limpio, ventilado, luminoso y ordenado era considerado esencial para tener una sociedad más saludable.

Esa mirada tenía un componente paternalista. El Estado pretendía que el trabajador tuviera una vivienda digna, pero también que esa vivienda sea el punto de partida para una organización familiar más ordenada, si se quiere, más disciplinada y útil para el trabajo. La vivienda eran cuatro paredes que se levantaban para promover hábitos que los alejaban de la mala vida, eufemismo que la criminología acuñó por esos años para definir a quienes vivían al margen de la ley, dedicando sus días al delito, a las adicciones o a la prostitución.

Las casas todavía están ahí

La mejor manera de comprender la dimensión de aquella experiencia es salir de los libros y caminar por Buenos Aires. Algunas de las viviendas construidas por la Comisión Nacional de Casas Baratas todavía existen y forman parte de barrios que millones de personas recorren sin conocer necesariamente su origen

El Barrio Cafferata, en Parque Chacabuco, es uno de los ejemplos más conocidos y conserva buena parte de la fisonomía de aquel proyecto destinado a proporcionar viviendas a familias trabajadoras. Algo similar ocurre con el Barrio Guillermo Rawson, en Agronomía, desarrollado por la Comisión durante las décadas de 1920 y 1930. 

El conjunto combinó viviendas individuales con edificios de departamentos y constituye uno de los ejemplos más interesantes de aquella arquitectura destinada a resolver el problema de la vivienda popular. También fueron construidas casas colectivas como la Bernardino Rivadavia y la América, que muestran la evolución de las ideas sobre cómo debían organizarse las viviendas destinadas a los sectores de menores recursos.

Caminar por esos lugares permite comprender lo que se pierde cuando estudiamos historia solo a través de fechas y nombres. Una ley sancionada hace más de cien años facilitó la construcción de algo material que albergó a generaciones enteras, que quizá no conocieron la historia que existe detrás de su hogar. En esos casos, el pasado no desapareció: simplemente dejó de contar su propia historia. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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