La trama de LLA Chaco: Juan Cruz Godoy, entre coimas, abuso sexual y nepotismo
Por Roberto Espinoza
Hubo un tiempo en que buena parte de la identidad argentina se reflejaba en los televisores de tubo a través de un ritual sagrado: la mesa del domingo. Aquellos almuerzos multitudinarios de Los Campanelli en los años 70, o la ruidosa sobremesa de Los Benvenuto en los 90 eran el espejo de un modelo de familia que supimos construir y sostener. Hoy, esa postal ya no existe más. Fue pulverizada por los sucesivos planes económicos neoliberales que primero llevaron a la Argentina al estallido del 2001, y que de la mano del régimen mileista reaparecen con recetas calcadas para arrastrarnos rumbo a otra caída monumental.
Estamos asistiendo, sin atenuantes, al peor gobierno de la historia argentina. La crueldad institucionalizada del régimen lo equipara a la última dictadura militar. La gestión actual se sostiene sobre un cinismo patológico: celebran un presuento éxito macroeconomico sostenido sobre el hambre de los jubilados. Se ríen de los despidos masivos -un triste espectáculo que vemos en cadena nacional por las redes sociales- y militan una insensibilidad social deshumanizante.
El viejo relato de la "libertad" -lo usaron los infames fusiladores del 55 y los genocidas que votaron a Villarruel- lo que opera es una red de corrupción estructural obscena: $Libra, ANDIS y el inefable Adorni -cuyo futuro no muy lejano debería proyectarse en prisión- son la muestras de que la libertad no era para todos. Era para un grupo de miserables, capaces de dejar sin medicamentos a los jubilados, a los pacientes que mueren de "una larga enfermedad" y sin terapias a las personas con discapacidad ¿Se puede ser tan mal nacido? El régimen mileista demestra que sí.
El patrimonio nacional se rifa al mejor postor extranjero, unos pocos se llenan los bolsillos con la timba financiera y para los argentinos quedan dos cosas: desocupación y hambre. Este presente -asquerosamente procesista y menemista- sirve para mostrar el verdadero plan del individuo que funge de presidente: destrucción del aparato productivo y desprecio por la vida humana, en su extensión y en su calidad.
Lo que la Casa Rosada festeja como una recuperación milagrosa, es una masacre social. Aquella dignidad que en tiempos pretéritos garantizaba un salario que alcanzaba para mantener un hogar, tener vacaciones y proyectar un futuro de movilidad social ascendente, fue reemplazada por la esclavitud moderna de las aplicaciones. Tan cínicos son los libertarios, que llegaron al paroxismo de militar la reforma laboral diciendo que "la juventud no quiere una relación de dependencia", como si alguien que no tiene capital para abrir su propio negocio, de verdad no quisiera un sueldo, un aguinaldo, aportes jubilatorios, obra social y un convenio colectivo de trabajo.
Hace décadas, alguien que conseguía trabajo en una fábrica, se aseguraba un empleo para toda la vida. Eso empezó a cambiar cuando el delincuente fallecido José Alfredo Martínez de Hoz llegó al ministerio de Economía. Hoy los laburantes son parias corriendo detrás de dos o tres trabajos. Nos quieren uberizados o pedaleando para una aplicación catorce horas al día sin aguinaldo, sin vacaciones, sin obra social, sin paritarias y sin universidad pública que nos de un título para convertirnos en clase media. Así se vive en el feudalismo libertario.

Esta maquinaria libertaria es intrínsecamente perversa porque destruye a la familia. El discurso oficial de la "defensa de la propiedad y la vida", o el "Tradición, Familia y Propiedad" que sostienen algunos libertarios, se desmoronan ante la realidad. Al obligar a los adultos a estar fuera de sus casas de lunes a lunes apenas para poder pagar el alquiler -algo que nunca será suyo- el régimen maldito atenta directamente contra la unión familiar. Han transformado el derecho al descanso en un lujo prohibido y pasar tiempo con los hijos es una quimera.
El régimen mileista, exhibe en forma casi pornográfica que nos quiere aislados. Quiere que nos olvidemos que alguna vez tuvimos una familia y amigos. Nos quiere alienados, cansados, encerrados e incomunicados con nuestros propios afectos para que no tengamos tiempo de pensar ni de rebelarnos. Nos arrebataron el futuro y nos dejaron en la más absoluta soledad. Solo les falta imponer que usemos el uniforme de Auschwitz, después de lo cuál no será posible escribir poesía, como dijo Theodor Adorno
La resignación no puede ser nuestro destino frente a esta tiranía de mercado. No podemos naturalizar la miseria planificada ni el sadismo de quienes gobiernan mirando de reojo el sufrimiento del conurbano y del interior profundo. Recuperar la dignidad del trabajo y el calor de la mesa familiar tiene que ser un objetivo del próximo gobierno popular. Al régimen infame no se lo frena con declaraciones políticamente correctas en la televisión; se lo derrota con el pueblo movilizado para recuperar su destino de grandeza.