El intendente de Morón, Lucas Ghi, quedó nuevamente en el centro de la discusión política local luego de difundir un video en redes sociales en el que aparece realizando jueguitos con una pelota de fútbol y compartiendo la escena con chicos.
La producción fue publicada bajo la consigna “Farmeando aura”, una expresión tomada del lenguaje de las redes sociales y utilizada para describir una actitud destinada a transmitir seguridad, personalidad o atractivo.
La apuesta comunicacional buscó mostrar al jefe comunal en un registro informal y alejado de los formatos tradicionales de la comunicación institucional. Sin embargo, el video rápidamente abrió otro debate: si el tono elegido resulta adecuado frente a los problemas que atraviesa el distrito.
Las críticas surgieron especialmente desde sectores opositores y cuestionaron el contraste entre la imagen proyectada en redes y los reclamos vinculados con seguridad, situación financiera, deuda y servicios municipales.
La utilización de contenidos breves, códigos juveniles y escenas alejadas del protocolo institucional forma parte de una estrategia que cada vez tiene mayor presencia entre dirigentes políticos.
Instagram, TikTok y otras plataformas modificaron la manera en que los funcionarios buscan comunicarse con los vecinos. La política dejó de depender exclusivamente de actos, conferencias de prensa o discursos y comenzó a disputar atención en un terreno donde pocos segundos pueden definir si un contenido se consume o pasa inadvertido.
En ese contexto aparece el video de Ghi. La escena futbolera pretende construir una imagen de cercanía, espontaneidad y conexión con un público joven. La elección de “Farmeando aura” refuerza precisamente esa intención: utilizar un código reconocible para los usuarios de redes y trasladarlo a la comunicación de un jefe comunal.
Pero esa estrategia tiene un riesgo político evidente: cuanto más informal es el contenido, mayor puede ser el contraste con los problemas de gestión que enfrenta el funcionario.
El video comenzó a circular en un momento particularmente sensible para las cuentas municipales. El Concejo Deliberante de Morón aprobó el Presupuesto 2026 con 15 votos a favor y 9 en contra, luego de un debate atravesado por cuestionamientos sobre las finanzas del municipio y las prioridades de gasto. Uno de los datos que aparece en la discusión es el cierre del ejercicio 2025, que habría dejado una deuda cercana a los $20.000 millones.
A su vez, el presupuesto contempla más de $18.000 millones destinados al pago de deuda, mientras que el cálculo global de gastos supera los $279.000 millones.
La discusión presupuestaria tampoco estuvo exenta de tensión. El tratamiento del proyecto sufrió demoras y el Ejecutivo había pedido retirar previamente el expediente para realizar modificaciones, en medio de cuestionamientos opositores sobre el manejo de los recursos municipales.
En ese escenario, cualquier decisión comunicacional del gobierno local queda inevitablemente atravesada por el debate sobre qué se muestra y qué problemas permanecen pendientes.
La situación económica no es el único eje de cuestionamiento. La seguridad se convirtió en otro de los principales temas de disputa política en Morón. Durante el tratamiento del Presupuesto 2026 se intentó avanzar incluso con un pedido de interpelación al intendente para que brindara explicaciones sobre las políticas implementadas frente a los hechos delictivos registrados en el distrito.
La iniciativa no alcanzó los dos tercios necesarios para avanzar y, por lo tanto, Ghi no fue convocado al recinto. El episodio reflejó una preocupación que distintos sectores políticos vienen trasladando al Ejecutivo municipal y que atraviesa a vecinos de diferentes barrios.
En paralelo, la administración municipal busca avanzar con la creación de una estructura propia de seguridad.
El Presupuesto 2026 contempla una partida de aproximadamente $1.700 millones destinada al programa denominado Policía Municipal.
El proyecto para establecer formalmente esta estructura continúa siendo objeto de discusión política, con diferencias respecto de su marco legal, sus atribuciones y su funcionamiento.
Ghi había ratificado durante julio su intención de avanzar con la iniciativa y manifestó que utilizaría las herramientas disponibles ante las demoras en el tratamiento legislativo.
Así, la seguridad aparece como uno de los principales desafíos políticos de la administración municipal y, al mismo tiempo, como uno de los terrenos donde la oposición busca tensionar al Ejecutivo.
La controversia alrededor del video tiene un componente que excede la propia publicación. Un intendente puede aparecer jugando al fútbol, participando de una actividad comunitaria o utilizando códigos propios de las redes. El cuestionamiento político pasa por otro lugar: el momento en que decide hacerlo y el mensaje que transmite mientras enfrenta reclamos por cuestiones de gestión.
Para los sectores críticos de Ghi, la producción representa una estrategia de construcción de imagen que intenta mostrar cercanía y juventud mientras persisten interrogantes sobre las cuentas municipales y la seguridad.
El oficialismo, en cambio, sostiene una agenda para 2026 que incluye seguridad, obras, salud, educación y desarrollo productivo.
La diferencia entre ambas miradas convierte al video en algo más que una publicación de redes: es una pequeña muestra de la disputa por el relato político de Morón.
El episodio vuelve a poner sobre la mesa una cuestión cada vez más importante para los gobiernos municipales: la comunicación también forma parte de la gestión política.
Un video puede sumar cercanía y alcanzar a miles de personas que difícilmente leerían un comunicado institucional. Pero también puede transformarse en un problema si el contenido queda desfasado respecto de las preocupaciones que dominan la agenda cotidiana.
En Morón, esa tensión aparece con claridad.
Mientras Lucas Ghi busca instalar una imagen más cercana y adaptada al lenguaje de las nuevas generaciones, la oposición intenta llevar la discusión hacia las cuentas públicas, la deuda y la seguridad.
La pregunta que queda abierta no tiene que ver con los jueguitos con la pelota. Tiene que ver con algo bastante más político: si la imagen que el intendente construye en las redes consigue acompañar —o termina chocando— con la percepción que existe sobre su gestión en los barrios.