Manuel Belgrano murió el 20 de junio de 1820 y fue sepultado en el atrio del convento de Santo Domingo. Allí permanecieron sus restos durante décadas, hasta que en 1902 fueron exhumados con motivo de la construcción del mausoleo destinado a honrar su memoria. El procedimiento tenía una enorme carga simbólica: la Argentina buscaba rendir homenaje definitivo a uno de los hombres fundamentales de la independencia.
La solemnidad duró poco. Durante la exhumación ocurrió algo que nadie hubiera imaginado: algunos de los presentes -funcionarios de alto rango- decidieron llevarse piezas de los restos del prócer. No fueron dos tipos audaces con ganas de hacer una travesura, fueron dos ministros terminaron con dientes de Belgrano en sus manos.
Los protagonistas fueron Joaquín V. González -ministro del Interior- y Pablo Riccheri, ministro de Guerra. Dos hombres poderosos de la Argentina de comienzos del siglo XX -presidida por Julio A. Roca- que, en medio de una ceremonia destinada a reivindicar la memoria de Belgrano, comprobaron que su concepto de lo que era el poder no incluía el respeto por un difunto ilustre.
La noticia provocó un revuelo considerable. La prensa se lanzó sobre el episodio y convirtió a los funcionarios en blanco de burlas y críticas. Lo que quizás ellos imaginaron como algo excéntrico, terminó siendo presentado ante la opinión pública como una conducta impropia de su investidura.

La revista Caras y Caretas no dejó pasar la oportunidad. Con el habitual ingenio de sus caricaturistas, convirtió a González y Riccheri en “los ministros odontólogos”, una denominación que resumía en pocas palabras el absurdo de la situación.
La escena tenía todos los ingredientes para convertirse en material de sátira: un prócer recién exhumado, dos ministros, piezas dentales y una sociedad que asistía entre sorprendida e indignada al episodio. La solemnidad patriótica había quedado hecha trizas y los funcionarios tuvieron que salir a explicar qué habían hecho.
Las explicaciones atribuidas a los protagonistas no hicieron desaparecer la polémica. Joaquín V. González y Riccheri explicaron que su intención era entregarlo a Bartolomé Mitre, figura central de la historiografía argentina.
Nadie había autorizado a los ministros a disponer de los restos del prócer como si fueran objetos personales, sencillamente porque a nadie se le cruzó por la cabeza que fueran capaces de profanar restos mortales.
Belgrano había muerto en 1820, después de haber sido abogado, militar, revolucionario, diplomático y protagonista de algunos de los acontecimientos decisivos de la independencia. Había creado la bandera y había entregado buena parte de su vida a la construcción de una nación que todavía estaba lejos de consolidarse.
Ochenta y dos años después de su muerte, volvía a estar en boca de todos. No fue por los servicios que prestó al país, sino por ser víctima de un insólito robo. Involuntariamente, dejó una lección: no es una buena idea jugar al dentista con los muertos. (www.REALPOLITIK.com.ar)