El último sábado, la sociedad asistió a un nuevo capítulo de la degradación institucional que propone el régimen mileísta. Refugiado en una entrevista complaciente que concedió a su "vocero" Gabriel Anello, que hace las veces de periodista en Radio Mitre, el presidente desnudó una vez más la patología central de su autocracia: la desconexión absoluta con la realidad y la clausura sistemática del disenso.
Frente a los micrófonos amigos -nunca se animó a dialogar con periodistas que no le den la razón- Javier Milei admitió ser el conductor del “mejor gobierno de la historia” y anunció su plan de legitimarse en las urnas por cuatro años más en 2027. La modestia nunca fue una virtud de Milei y la bonhomía que debe caracterizar a un presidente, tampoco. El lider del régimen llevó a su fiesta radial de sábado por la tarde, su cotillón discursivo y los agravios a la prensa.
Las declaraciones de Milei ya no pueden tomarse en serio. No son más que el delirio argumental de alguien que desde hace mucho tiempo vive una realidad que no es real. El tenor de sus afirmaciones sobre récord de consumo y desmintiendo que haya dificultades para llegar a fin de mes, son la muestra que hace presumir que alguien le escribe "el diario de Yrigoyen" y que además se encarga de poner a su disposición un micrófono amigo para que Milei termine siendo, más que un presidente, un columnista más en programas oficialistas.
Los que vivimos la crisis del 2001 recordamos dos episodios que protagonizó Fernando de la Rúa -que al lado de la caricatura presidencial que tenemos hoy, "Chupete" es poco menos que Adenauer- al conversar con Susana Giménez y luego con Marcelo Tinelli. A la diva de los teléfonos le dijo "acá no hay crisis" y al visitar el programa del conductor oriundo de Bolívar, se mostró errático y perdido. Prácticamente, ni siquiera sabía con quién estaba hablando, ni cómo se llamaba el programa al que lo habían llevado. Milei no llega a tanto, pero camina por la misma senda de la negación del problema.
El gran pensador nacional, Raúl Scalabrini Ortiz, decía que la economía es muy sencilla y que si una persona no entiende, tenía que preguntar. Si después de la explicación, seguía sin entender, es porque le estaban robando. Al tirano -a esta altura considero que habría que pensar si no es más atinado llamarlo así en vez de presidente- no le cierran los números de un plan económico que es un calco exacto y previsible del fracasado programa de José Alfredo Martínez de Hoz.
Estamos ante la reedición de la vieja receta de la dictadura: apertura indiscriminada de importaciones, destrucción del aparato productivo nacional, timba financiera y un endeudamiento feroz que no se resuelve, pero que es útil para sostener una pax cambiaria artificial. Esa misma que hace un verano sirvió para llenar Brasil de argentinos, pero que hoy es incapaz de generar la falsa sensación de éxito que tanto necesitan los libertarios para aspirar a una reelección de su líder. Hoy están en el mismo camino lleno de pozos que la Argentina conoce, solo que adornado hoy con algoritmos.
El Poder Ejecutivo pretende gobernar sobre cuatro pilares: el DNU 70, que vino a introducir la desregulación de la economía otorgando ventajas discrecionales a los bancos y las financieras; la Ley Bases y la Reforma Laboral, pensadas para destruir la legislación laboral, los convenios colectivos de trabajo y los salarios; la persecución a los opositores, reconocida del día que Milei le dijo a los kirchneristas en el Congreso, "tienen a la suya presa y va a seguir presa"; y el quiebre de los lazos institucionales básicos, habilitando al lumpenaje libertario para que destruya a la vicepresidenta en redes en vez de resolver las diferencias en privado. Frente a esto, se vuelve imperioso estudiar la política desde cero.
En sus célebres "Lecciones elementales de política" el maestro Germán Bidart Campos tipificó con claridad meridiana el derecho de resistencia a la opresión. El constitucionalista nos enseñó que este derecho es una garantía última y legítima de la comunidad frente a la tiranía, es decir, aquel que utiliza las facultades del Estado no para el bien común, sino en detrimento de su propio pueblo.
La resistencia a la opresión es algo que la gente practica, pero no lo sabe. Cuando una plaza se llena de manifestantes que se dan cita para corear estribillos contra el gobierno, exhibir pancartas con mensaje de protesta y compartir un rato con otros que piensan igual, están resistiendo la opresión. Eso queda más en evidencia cuando la primera línea recibe la embestida violenta de las fuerzas del régimen y los gases lacrimógenos. Esa demostración de fuerza confirma que con Milei no hay democracia real y habilita a los ciudadanos a defenderse, en las redes, en la calle y en las urnas. Hace falta un liberales Nunca Más.