Martes 25 de agosto de 2026

Opinión

Libertad de expresión

La democracia en tiempos de ruido: por qué necesitamos recuperar sus rituales

25/08/26 | La democracia enfrenta el ruido, la desconfianza y la inteligencia artificial. Recuperar sus rituales es clave para preservar la libertad.


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Por:
Emilio Rodríguez Ascurra

Hay algo profundamente paradójico en nuestro tiempo: nunca hemos tenido tantas posibilidades de hablar y, sin embargo, quizá nunca haya sido tan difícil escucharnos. Millones de palabras circulan cada segundo. Opiniones, imágenes, noticias, insultos, argumentos, mentiras y verdades comparten el mismo espacio y compiten por nuestra atención. Todo parece disponible y, al menos en apariencia, todo parece tener el mismo valor.

Quizás por eso necesitemos preguntarnos qué cosas deberían permanecer a salvo de esa lógica. No fuera de la crítica ni convertidas en dogmas, pero sí protegidas por una forma de respeto que las coloque por encima de la contingencia de cada disputa. Una de ellas es la democracia.

Estamos acostumbrados a hablar de ella como un sistema político, un conjunto de instituciones o un mecanismo para elegir autoridades. Pero hay algo más profundo: una dimensión simbólica que quizá debamos recuperar.

Una democracia no existe solamente cuando alguien gana una elección. Existe también cuando alguien puede perderla y seguir siendo libre; cuando una persona puede criticar al gobierno sin temor; cuando un periodista puede formular una pregunta incómoda; cuando una minoría puede expresar una posición impopular; cuando una oposición puede organizarse y una sociedad puede cambiar de opinión. Elegir, disentir, preguntar, criticar y responder son algunos de nuestros rituales democráticos más importantes. Quizá allí aparezca una dimensión de lo sagrado.

Marc Bloch estudió cómo las sociedades construyen sus creencias y cómo determinados símbolos e instituciones adquieren un lugar excepcional dentro de una comunidad. Lo sagrado no tiene por qué estar necesariamente vinculado con Dios: una sociedad también puede considerar sagradas ciertas realidades porque reconoce en ellas algo que excede la existencia individual y merece una forma particular de respeto.

La democracia podría ser pensada de ese modo. No porque sea perfecta, sino porque constituye el marco que nos permite discutir nuestras diferencias, corregir errores y transformar aquello que necesita ser transformado sin renunciar a la libertad. Su valor no reside en prometernos una sociedad sin conflictos, sino en ofrecernos una manera de atravesarlos sin que la violencia, la censura o la imposición sean las únicas respuestas posibles.

Pero aquí aparece una dificultad de nuestro tiempo. Durante siglos, la palabra necesitó de ciertos rituales para adquirir autoridad. Había instituciones, periódicos, universidades, parlamentos, tribunales y plazas públicas. Existían formas de distinguir una acusación de un rumor, una investigación de una sospecha y una opinión de una información. Hoy buena parte de esa arquitectura se ha debilitado.

Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como la desaparición de los rituales y el paso de una comunidad con comunicación a una comunicación sin comunidad. Estamos permanentemente conectados y, sin embargo, cada vez nos cuesta más construir aquello que nos une.

Las redes sociales llevan esa paradoja al extremo. Todo sucede demasiado rápido: una frase desplaza a otra, una indignación reemplaza a la anterior y una opinión necesita ser inmediatamente respondida antes de ser superada por otra. El debate público comienza a parecerse menos a una conversación que a una sucesión de estímulos. En ese escenario puede perderse la diferencia entre lo importante y lo urgente. Y cuando desaparecen las formas que permiten distinguirlos, también se debilita nuestra capacidad para reconocer aquello que debería ser protegido.

En este contexto puede leerse el estudio de la Universidad de Buenos Aires sobre el “ningunismo”: una forma de desconfianza generalizada frente a las instituciones, los discursos y las promesas colectivas. El ningunismo parece decir que nada merece demasiado crédito y que ninguna causa puede reclamar una adhesión duradera.

La desconfianza también forma parte de una democracia saludable. Una democracia necesita ciudadanos capaces de cuestionar a sus instituciones, exigir explicaciones y desconfiar del poder cuando existen razones para hacerlo. El problema aparece cuando esa desconfianza se convierte en la convicción de que nada merece ser defendido. Si todo parece igualmente sospechoso, también se vuelve difícil reconocer aquello que una sociedad necesita preservar.

El riesgo es que la crítica termine transformándose en renuncia. Si toda institución es considerada idéntica, toda información propaganda y toda promesa colectiva una operación de poder, podemos terminar creyendo que ninguna forma de vida común merece nuestro compromiso. Una democracia necesita precisamente lo contrario: ciudadanos capaces de cuestionarla sin dejar de creer que vale la pena mejorarla.

Cuando el ruido amenaza con reemplazar al debate

La inteligencia artificial introduce una dificultad mayor. Ya no solamente podemos encontrarnos con una mentira, sino con una mentira producida a una velocidad y una escala inéditas. Podemos ver imágenes que nunca existieron, escuchar voces que nunca pronunciaron aquello que parecen decir y encontrar redes de cuentas capaces de repetir una afirmación hasta hacerla parecer mayoritaria.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué sucede con la libertad de expresión cuando la expresión puede ser fabricada industrialmente? Una cosa es que una persona tenga derecho a decir algo falso. Otra, muy diferente, es que miles de voces artificialmente coordinadas creen la apariencia de que esa falsedad constituye una verdad socialmente aceptada.

Una democracia necesita muchas voces, pero también voces capaces de hacerse responsables de aquello que dicen. La libertad de expresión no puede reducirse a la posibilidad técnica de emitir palabras. Supone responsabilidad frente a quien escucha y conciencia de que el espacio público no es un territorio donde cada uno puede arrojar cualquier cosa sin hacerse cargo de sus consecuencias.

Por eso resulta sugerente la advertencia de León XIV acerca de la inteligencia artificial. El Papa señaló el riesgo de que la innovación tecnológica se convierta en una nueva forma de colonialismo ideológico o económico, y advirtió sobre una dominación más sutil: aquella en la que los algoritmos determinan quién es visto, quién permanece invisible y cómo las plataformas moldean el discurso público sin suficiente rendición de cuentas.

¿Y si también estamos colonizando nuestra libertad de expresión? No necesariamente porque alguien nos prohíba hablar, sino porque podemos seguir hablando mientras otros determinan qué será visto, repetido u olvidado. La colonización de la palabra ya no necesita del silencio: puede producirse mediante el ruido. Un océano de mensajes puede ser tan eficaz para ocultar la verdad como una censura.

Esto vuelve todavía más importantes los valores democráticos: el voto, la posibilidad de disentir, la libertad de expresión, el control del poder y el derecho de una sociedad a informarse y discutir.

No deberíamos sacralizar a los gobiernos, los partidos, los periodistas, los jueces ni a ninguna persona concreta. Lo que debemos proteger son los principios y las reglas que hacen posible que todos ellos puedan ser cuestionados, reemplazados y controlados. La democracia no consiste en establecer de una vez y para siempre quién tiene razón, sino en construir un espacio común donde las diferencias puedan expresarse y transformarse en decisiones colectivas.

Eso tampoco significa que todas las afirmaciones tengan el mismo valor ni que la verdad sea aquello que consigue más adhesiones. La democracia necesita de la verdad tanto como de la libertad. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre información y propaganda, entre crítica y difamación, entre una opinión legítima y una manipulación deliberada.

Defender la democracia no significa fingir que todo funciona perfectamente. Significa reconocer que es una construcción humana y, precisamente por eso, necesita ser cuidada. Puede atravesar crisis, producir decisiones equivocadas y elegir malos gobernantes. Pero posee una virtud decisiva: permite que esos problemas sean discutidos y que quienes gobiernan puedan ser reemplazados sin renunciar a nuestras libertades.

Los errores cometidos dentro de la democracia no deberían convertirse en argumentos contra ella. Deberían interpelarnos como sociedad. Cada crisis institucional, abuso de poder o decepción ciudadana debería llevarnos a preguntarnos cómo mejorar nuestras instituciones, no cómo abandonar las reglas que permiten mejorarlas.

Tal vez ese sea el verdadero sentido de considerar sagrados ciertos valores democráticos: no convertirlos en objetos intocables, sino reconocer que existen cosas que no podemos permitirnos perder cada vez que atravesamos una crisis.

Podemos cambiar un gobierno, una ley, una política económica o una mayoría. Lo que no deberíamos abandonar es la posibilidad de volver a discutir.

La democracia necesita recuperar sus rituales: votar y aceptar que el otro puede ganar; escuchar una crítica sin convertir al crítico en enemigo; responder argumentos con argumentos; recordar que quien gobierna hoy será oposición mañana. Son gestos sencillos, pero en ellos reside buena parte de la continuidad de una comunidad política.

Quizás la democracia necesite volver a ser algo más que un procedimiento. Una convicción que no dependa de quién gobierna, quién gana una elección o quién tiene razón en una discusión. Los gobiernos pasan, las mayorías cambian y las tecnologías se transforman.

Pero debería permanecer algo más profundo: la idea de que somos libres porque podemos elegir, disentir y hablar, y porque nadie tiene derecho a convertir su propia verdad en la única verdad posible.

Quizás eso sea lo sagrado de nuestra democracia: no que nos garantice acertar siempre, sino que nos permita equivocarnos juntos, discutir nuestros errores y volver a elegir el camino.

Porque la democracia no nos promete una sociedad sin conflictos. Nos ofrece algo mucho más valioso: la posibilidad de atravesarlos en libertad.


(*) Emilio Rodríguez Ascurra, licenciado en Filosofía.
 

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