Seguridad privada en crisis: precarización, largas jornadas y menos ingresos
Por Gustavo Zandonadi
Hay algo que el gobierno de Javier Milei debería empezar a comprender: con la estabilidad o la baja de la inflación no alcanza. No porque la estabilidad macroeconómica sea irrelevante. Todo lo contrario. Después de años de inflación descontrolada, recuperar cierta previsibilidad de precios, ordenar las cuentas públicas y reconstruir condiciones para la inversión constituye un logro que sería absurdo negar. Los números existen.
La inflación mensual fue del 2,1 por ciento en julio. Los salarios mostraron una recuperación interanual y algunos sectores de la economía exhiben indicadores francamente alentadores. Las exportaciones también ofrecen señales positivas. El gobierno tiene, por lo tanto, datos para mostrar. Pero también existen otros números.
El consumo en supermercados cayó 3,1 por ciento interanual en junio. La desocupación llegó al 7,8 por ciento en el primer trimestre. Y detrás de cada estadística hay algo que una planilla de Excel no puede expresar: familias que recortan gastos, trabajadores que se endeudan para llegar a fin de mes, comerciantes que venden menos y personas que, aun teniendo empleo, sienten que el dinero se termina antes que el mes.
La economía argentina parece estar construyendo, entonces, una paradoja: la macroeconomía puede estar mejorando mientras una parte de la sociedad todavía no siente que su vida haya mejorado. Y allí aparece el verdadero problema político.
Javier Milei parece decidido a convertirse en una suerte de Ulises moderno. Como el personaje de Homero, quiere atarse al mástil de la embarcación para no sucumbir al canto de las sirenas. Las sirenas, en esta versión, son el déficit, la emisión, el gasto público, las presiones corporativas, las tentaciones electorales y cualquier desviación del rumbo que se fijó. La imagen es atractiva.
El problema es que mientras el presidente permanece atado al mástil, hay quienes reman en las galeras y empiezan a ser tapados por el agua. Y una cosa es mantener el rumbo. Otra muy diferente es no mirar el estado de la embarcación.
La obstinación puede ser una virtud cuando permite atravesar una tormenta sin cambiar de dirección cada cinco minutos. Pero puede transformarse en un defecto cuando se confunde convicción con incapacidad para escuchar.
Porque quienes acompañaron al gobierno en 2023 no necesariamente lo hicieron para contemplar eternamente una planilla de resultados macroeconómicos. Muchos votaron a Milei para vivir mejor. Y ahí aparece el divorcio que el oficialismo debería evitar: el divorcio con sus propias bases.
No son necesariamente kirchneristas quienes dicen que no llegan a fin de mes. No son necesariamente estatistas quienes reclaman que el sueldo alcance. No son necesariamente enemigos del equilibrio fiscal quienes preguntan cuándo llegará la recuperación a su propia mesa.
Incluso dentro del universo político que acompañó al gobierno empiezan a aparecer voces que expresan esa preocupación. Y cuando esa demanda es respondida con ironía, el problema deja de ser económico para transformarse en político.
El presidente puede discutir una estadística. Puede discutir una encuesta. Puede discutir una interpretación. Pero es mucho más difícil discutirle a una familia que el dinero no le alcanza.
El gobierno tiene derecho a defender sus logros. Lo que no debería hacer es pretender que un indicador invalida al otro. Una inflación del 2,1 por ciento mensual es mejor que una inflación de dos dígitos mensuales. Un equilibrio fiscal es mejor que un Estado quebrado. Una economía con posibilidades de inversión es preferible a una economía cerrada sobre sí misma. Pero ninguna de esas afirmaciones responde por sí sola una pregunta elemental:
La política económica no puede medirse solamente desde el Palacio de Hacienda. También debe medirse desde el supermercado, el taller, el comercio de barrio, la fábrica, el consultorio, el jubilado que compra medicamentos y el trabajador que llega al día 20 preguntándose cómo hará para llegar al 30.
Si el gobierno quiere transformar estructuralmente la Argentina, necesita que una mayoría social pueda sentir que forma parte de esa transformación. Porque de lo contrario puede ocurrir algo políticamente peligroso: que el gobierno tenga razón en la macroeconomía y, sin embargo, pierda el vínculo emocional con quienes lo llevaron al poder.
En paralelo, el gobierno parece profundizar otra dimensión de su estrategia: la batalla cultural. El regreso oficial de la denominación "Día del Niño", establecido por el Decreto 562/2025, fue una señal clara hacia sectores que valoran esa reivindicación cultural.
Ahora, la adhesión argentina al Consenso de Ginebra vuelve a colocar al gobierno en una posición explícitamente contraria al aborto y favorable a la defensa de la vida y la familia. Desde una perspectiva política, puede leerse como una forma de consolidar un electorado conservador que acompañó a Milei y que eventualmente podría sentirse atraído por nuevas expresiones políticas. Y ahí aparece un nombre que hasta hace poco parecía improbable en cualquier análisis electoral: Dante Gebel.
El pastor evangélico ya habló públicamente de la posibilidad de competir en 2027 con un partido nuevo, aunque todavía no confirmó una candidatura. No sería razonable afirmar que cada decisión del gobierno responde exclusivamente al temor de una fuga de votos hacia Gebel. Sería especulación. Pero tampoco sería ingenuo ignorar que el mapa electoral comienza a abrirse por lugares que hasta hace poco parecían impensados.
Dante Gebel.Y para un gobierno que construyó gran parte de su identidad sobre la batalla cultural, el voto provida y el rechazo al progresismo, ese flanco merece atención.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre enviar una señal política y modificar una legislación. La Argentina tiene vigente la jey 27.610, sancionada por el Congreso de la Nación Argentina en diciembre de 2020, que regula el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana 14 y establece excepciones posteriores.
Por eso, si algún día se pretende derogarla o modificarla sustancialmente, el camino debería ser el Congreso. No alcanza con gestos simbólicos, declaraciones internacionales o decretos. Porque si se pretende defender la vida, también hay que defender las instituciones. Y ahí aparece nuevamente la contradicción.
No es chicha ni limonada pretender resolver por señales culturales aquello que, por su naturaleza jurídica, debería discutirse democráticamente en el Parlamento.
Milei llegó al poder prometiendo una transformación profunda. Una parte de esa transformación ya ocurrió. Pero ninguna revolución económica se sostiene indefinidamente si quienes la protagonizan sienten que el sacrificio siempre pertenece al presente y la recompensa siempre está en el futuro.
El gobierno pide paciencia. Es razonable. Pero la paciencia también tiene una dimensión política. No puede pedírsele a una sociedad que mire permanentemente el horizonte mientras ignora lo que tiene debajo de los pies.
Porque el argentino que hoy no puede llegar a fin de mes no necesita que le expliquen que la inflación de 2023 era peor. Ya lo sabe. El argentino que vende menos tampoco necesita que le expliquen que el déficit fiscal era insostenible. Lo sabe. El trabajador que perdió poder de compra no necesita una clase de macroeconomía. Necesita recuperar capacidad de compra. Y el empresario que cerró su pequeño negocio no necesita que le expliquen que el modelo anterior fracasó. Necesita saber si podrá volver a abrir.
La estabilidad es el piso. No es el techo. El equilibrio fiscal es una condición necesaria. No es una sociedad próspera. La baja de la inflación es indispensable. Pero no alcanza. Porque al final de cualquier programa económico hay una pregunta que ningún gobierno puede esquivar: ¿La gente vive mejor?
Ulises puede seguir atado al mástil. Puede resistir el canto de las sirenas. Puede mantener el rumbo. Pero alguien debería avisarle que mire hacia abajo.
Porque mientras él permanece firme frente al hechizo, los que reman en las galeras empiezan a quedar bajo el agua. Y una transformación que no consigue que quienes reman puedan respirar corre el riesgo de terminar navegando sola. (www.REALPOLITIK.com.ar)