El Cementerio de la Recoleta es una ciudad de mármol dentro de Buenos Aires. Entre sus pasillos descansan presidentes, escritores, militares, empresarios y algunas de las familias más poderosas de la historia argentina. Pero una de sus tumbas más llamativas pertenece a un hombre que llegó desde otro lugar de la sociedad.
David Alleno trabajó durante casi tres décadas como cuidador de la necrópolis. Conocía sus pasillos, sus bóvedas y sus secretos cotidianos. Y, en algún momento, decidió que él también quería asegurarse un lugar allí.
Su mausoleo terminó convirtiéndose en una de las piezas más singulares del cementerio. Y también en el escenario de una leyenda que todavía hoy se repite entre turistas y visitantes.
Según la reconstrucción histórica de su vida, Alleno pudo concretar su proyecto después de que su hermano resultara beneficiado por un premio de lotería y compartiera el dinero con él. Con esos recursos, el cuidador pudo financiar la construcción de su propia bóveda.
En 1910 emprendió un viaje a Europa y encargó al escultor italiano Achille Canessa una representación de sí mismo. La obra fue realizada en mármol de Carrara y reproduce al cuidador con extraordinario nivel de detalle.
La tumba de Alleno en la RecoletaAlleno aparece vestido con su ropa de trabajo y acompañado por algunos de los elementos que formaban parte de su rutina: sombrero, pañuelo, regadera, escoba y un enorme manojo de llaves. No quiso ser representado como un personaje poderoso ni como un aristócrata. Eligió aparecer tal como había vivido: como el hombre que cuidaba las tumbas de los demás.
A partir de allí nació una de las historias más inquietantes de la Recoleta. La versión popular sostiene que Alleno estaba tan obsesionado con su mausoleo que, una vez terminada la estatua, decidió suicidarse para ocupar inmediatamente el lugar que había preparado durante años.
La historia encontró terreno fértil en un detalle de la propia obra. En la inscripción aparece que Alleno fue cuidador del cementerio desde 1881 hasta 1910. La coincidencia entre el año de finalización de su servicio y la realización de su monumento alimentó durante décadas la versión del supuesto suicidio.
El relato es perfecto para una leyenda urbana: un hombre dedica su vida a custodiar el descanso de los muertos, construye su propia tumba y finalmente decide morir para ocuparla. El problema es que los documentos no acompañan la historia.
La partida de defunción de David Alleno establece que murió el 31 de agosto de 1915, cinco años después de la fecha que aparece vinculada al final de su actividad como cuidador. Y hay otro dato todavía más contundente: la causa consignada para su muerte fue “traumatismo y contusión cerebral”.
Es decir, el documento oficial no registra un suicidio en 1910 ni una muerte inmediata después de la realización de su mausoleo. La cronología, por sí sola, alcanza para poner en serios problemas a la leyenda del hombre que habría decidido morir para “estrenar” su propia tumba.
Eso no significa que todos los detalles sobre las circunstancias de su fallecimiento estén completamente esclarecidos. La causa asentada en el documento permite conocer el diagnóstico registrado, pero no necesariamente reconstruir cómo se produjo el traumatismo.
Más de un siglo después, la bóveda de David Alleno continúa siendo una de las curiosidades de la Recoleta. Su estatua permanece allí con las herramientas que identificaban su oficio, como si el cuidador todavía custodiara el lugar que eligió para descansar.
La historia de Alleno demuestra algo que ocurre con frecuencia en los cementerios históricos: cuando faltan documentos o sobran coincidencias llamativas, la imaginación termina ocupando los espacios vacíos. La leyenda del cuidador que se suicidó para estrenar su propia tumba es, sin dudas, mucho más cinematográfica que la realidad.
Pero la historia verdadera tiene un mérito propio: un hombre que durante décadas cuidó las tumbas de otros consiguió construir la suya, mandó a inmortalizarse en mármol y terminó convirtiéndose, él mismo, en uno de los personajes más curiosos de la necrópolis porteña. A veces, para desmontar un mito no hace falta una historia mejor. Alcanza con abrir un archivo. (www.REALPOLITIK.com.ar)