El almanaque marcaba el 19 de abril de 1917 cuando los parroquianos del café montevideano La Giralda dejaron las tazas suspendidas en las mesas. Lo que pasó esa noche lo justificaba: la orquesta del argentino Roberto Firpo acababa de estrenar una melodía que obligó al público a exigir que la tocaran cinco veces seguidas.
Lo que nadie imaginaba esa noche de copas y aplausos era que a una marcha estudiantil que llevó por título "La Cumparsita" le esperaba un destino de grandeza, que la convirtió en el tango de los tangos. Esa joya musical es la segunda pieza musical más versionada del planeta, solo superada por "Yesterday" de los Beatles.
Pero a contramano de tanto brillo, el Olimpo de la música rioplatense no se construyó con solemnidad, sino con los ingredientes favoritos de nuestra idiosincrasia: el azar, el apuro económico y el bendito papeleo judicial.
La obra maestra no la pensó un egresado de un conservatorio, sino la fiebre de un joven estudiante de arquitectura que no tenía la más pálida idea de cómo escribir música. Aunque parezca mentira, el muchacho no sabía lo que estaba haciendo.
A fines de 1916, Gerardo Matos Rodríguez sentía que una melodía daba vueltas en su cabeza. Para no olvidarla, dibujó las teclas de un piano sobre un pedazo de cartón. Mientras él "tocaba" el cartón y silbaba el ritmo, su hermana Ofelia pasaba las notas al pentagrama.

Al terminar la ejecución, lejos de felicitarlo, la joven le cruzó una cachetada a mano abierta en el rostro al grito de: "¡Canalla, me hiciste tocar un tango!". Cabe destacar que para la pacata sociedad oriental de la época, el 2x4 era considerado una música prostibularia e indigna para una mujer decente.
El bautismo de la obra también fue obra del accidente y la inmigración. Matos Rodríguez quería componer una marcha para el carnaval de la Federación de Estudiantes de Uruguay y planeaba llamarla "La Comparsita". El problema fue que el mozo italiano del café donde se juntaban los muchachos arrastraba un marcado cocoliche.
Incapaz de pronunciar el español correctamente, se refería al grupo de universitarios como "la cumparsita". La gracia del error lingüístico terminó sellando el nombre definitivo del mito. Con ese nombre la estrenó Firpo en La Giralda. Lo que vino con el tiempo, fue leyenda.
Matos Rodríguez conoció el éxito, pero estaba necesitando algo de efectivo y eso lo llevó a cometer el error de su vida: le vendió todos los derechos de la partitura instrumental a una casa grabadora argentina por unos pocos pesos.
Para colmo, fiel al ADN rioplatense, fue al hipódromo de Maroñas y apostó cada uno de esos billetes a las patas de un caballo. Afortunadamente -no por él, pero sí para bien de esta crónica- el pingo perdió por una cabeza y el creador del mayor éxito comercial del tango se quedó sin un centavo en una sola tarde.
El fervor inicial se fue apagando y la melodía pasó como un vendaval. Estuvo olvidada durante siete años, pero resucitó de forma imprevista en Buenos Aires, en 1924.
La resurrección llegó de la mano de los poetas argentinos Pascual Contursi y Enrique Maroni, que le adosaron, sin pedirle permiso a nadie. Así nació una letra melodramática titulada "Si supieras".
La pieza fue grabada de inmediato por Carlos Gardel y se transformó, instantáneamente, en un fenómeno mundial que arrasó en los salones de París.
Cuando Matos Rodríguez —que estaba en Francia intentando sobrevivir— escuchó su propia música bajo otra autoría, puso el grito en el cielo e inició una feroz ofensiva legal.
El conflicto se convirtió en una guerra de trincheras que sobrevivió a los propios protagonistas. Recién en 1948, con los creadores bajo tierra, la Justicia argentina dictó un fallo salomónico: el 80 por ciento de las regalías mundiales correspondían a los descendientes del uruguayo, mientras que el 20 por ciento restante se dividía entre los herederos de los letristas porteños.
Con el pleito cerrado, la melodía se independizó de las disputas de frontera y perforó la cultura pop global de una manera descomunal. El Museo del Tango del Uruguay constata que ha sido grabada por las voces más disímiles de la historia, desde Julio Iglesias y Raffaella Carrá hasta Ranko Fujisawa y orquestas sinfónicas internacionales.
Incluso la pantalla grande de Hollywood cayó rendida a sus pies. Sonó como cortina de clásicos dorados de la cinematografía de la talla de "Sunset Boulevard" y "Una Eva y dos Adanes", atravesó la nostalgia neoyorquina de Woody Allen en "Días de Radio" y, en un guiño delirante para las nuevas generaciones, musicalizó las andanzas de los magos en "Harry Potter y el prisionero de Azkaban".
Nacida del cartón, bautizada por error y disputada en los tribunales, La Cumparsita demuestra que el tango, además de ser una música maravillosa, es la crónica perfecta de la ironía rioplatense. (www.REALPOLITIK.com.ar)