Hay discusiones políticas que nacen de una percepción y otras que, tarde o temprano, terminan chocando contra los números. La inseguridad en Mar del Plata pertenece a las dos categorías: está en la calle, en la conversación cotidiana de los vecinos y, además, comienza a quedar reflejada con mayor crudeza en las estadísticas.
Decir que Mar del Plata es "la ciudad más insegura del país" sería una exageración si no se establece previamente qué delito se está midiendo y con qué metodología. Pero decir que la inseguridad no constituye uno de los principales problemas de General Pueyrredon también sería negar una realidad que los propios números oficiales y municipales vienen mostrando.
En 2024, por ejemplo, se registraron 41 homicidios en el distrito, con una tasa de 6,4 asesinatos cada 100 mil habitantes, según datos incorporados a un expediente del Concejo Deliberante (HCD). Esa cifra se ubicó por encima de las tasas nacional y provincial citadas en el mismo relevamiento. El mismo informe consignó fuertes incrementos en distintos tipos de robos y hurtos.
La foto más reciente, sin embargo, obliga a poner algunos matices. La tasa de homicidios del Departamento Judicial Mar del Plata bajó durante 2025 hasta 4,81 cada 100 mil habitantes. Es una mejora respecto de 2024 y, por lo tanto, no sería serio construir un discurso basado exclusivamente en una supuesta escalada permanente de los asesinatos. Pero tampoco alcanza para decir que el problema desapareció: esa tasa continúa por encima del promedio nacional.
Y ahí aparece la verdadera discusión. Porque la inseguridad no se mide solamente contando cadáveres. También se hace por los robos que no se denuncian, por el comerciante que baja la persiana antes, el vecino que deja de caminar determinadas calles, quien cambia sus horarios para volver a su casa, la familia que instala rejas, cámaras y alarmas y, aún así, siente que nunca alcanza.
De hecho, el propio fiscal federal Juan Manuel Pettigiani viene poniendo el foco justamente en ese punto. En declaraciones recientes advirtió que "existe una creciente sensación de desamparo y muchas personas directamente dejan de denunciar determinados delitos que sufren cotidianamente".
Y es aquí donde aparece una cuestión política que no debería ser subestimada. Pettigiani crece.
Sucede porque encontró un tema que preocupa transversalmente a los marplatenses y porque, a diferencia de otros dirigentes que aparecen hablando de seguridad cuando se acerca una elección, él construyó durante años una exposición pública vinculada al ámbito judicial y a investigaciones sobre narcotráfico, crimen organizado y delitos complejos.
Pero además está haciendo algo todavía más importante: está tratando de convertir la preocupación por la inseguridad en una propuesta política. El fiscal sostiene que Mar del Plata puede ser una ciudad "ordenada y, sobre todo, segura" y reclama una mayor articulación entre Municipio, Provincia, fuerzas de seguridad y Justicia.

También plantea que "el intendente debe asumir un rol más activo en la estrategia preventiva" y cuestiona que "la seguridad sea presentada exclusivamente como una responsabilidad provincial". Ese discurso empieza a encontrar un terreno fértil.
Porque cuando un vecino escucha que hay una discusión entre funcionarios sobre quién tiene la competencia, probablemente poco le importe la letra chica administrativa. Lo que quiere saber es algo mucho más simple: quién se hace cargo.
Y Pettigiani encontró allí uno de sus principales argumentos. No propone solamente más patrulleros o más policías. Habla de coordinación, controles en los accesos, utilización de recursos municipales, prevención del narcomenudeo, recuperación del patrullaje y una estrategia común entre los distintos niveles del Estado.
A su vez, cuestionó las prioridades presupuestarias y sostuvo que, si la seguridad constituye una prioridad para los marplatenses, el presupuesto debe reflejarlo. Esto explica buena parte de su crecimiento político.
Mientras otros sectores todavía discuten nombres, alianzas y candidaturas para 2027, Pettigiani encontró una bandera capaz de sintetizar un reclamo ciudadano concreto: orden. Y esa palabra puede ser mucho más poderosa electoralmente de lo que algunos dirigentes imaginan.
Mar del Plata no necesita que alguien le explique que vive en una ciudad insegura. Lo que necesita es que alguien le explique qué piensa hacer para modificar esa situación.
La diferencia es sustancial. Una cosa es diagnosticar. Otra muy distinta es construir una propuesta. Pettigiani está intentando hacer lo segundo.
Incluso confirmó recientemente su intención de competir electoralmente en 2027, colocando a la seguridad como uno de los ejes centrales de su proyecto político. El espacio que comenzó a desarrollar alrededor del Centro de Estudios Vértice nació precisamente de un grupo preocupado por la inseguridad y luego amplió su agenda hacia salud, educación, transporte, empleo y funcionamiento municipal.
La pregunta, entonces, ya no es solamente si Mar del Plata es una de las ciudades más inseguras de la Argentina. La pregunta política empieza a ser otra: ¿Quién está logrando capitalizar el malestar generado por la inseguridad?
Y allí Juan Manuel Pettigiani aparece, por ahora, como uno de los nombres que más está creciendo. No necesariamente porque tenga la solución definitiva al problema. Tampoco porque las estadísticas permitan afirmar que todo está peor que antes. De hecho, algunos indicadores mejoraron.
Está creciendo porque logró interpretar una sensación que atraviesa a una parte importante de la sociedad marplatense y porque transformó esa preocupación en un discurso político concreto.
En una ciudad donde la inseguridad se convirtió en una de las principales preocupaciones, aquel dirigente que consiga convencer a los vecinos de que puede recuperar el orden tendrá una ventaja considerable. Pettigiani parece haber entendido esa regla antes que varios de sus competidores.
Ahora deberá demostrar que sus propuestas pueden pasar del discurso a los hechos. Porque en Mar del Plata ya no alcanza con decir que hay inseguridad. Los vecinos quieren saber quién va a hacerse cargo.