Buenos Aires atravesaba en la segunda mitad del siglo XIX un acelerado proceso de crecimiento urbano. La expansión demográfica convivía, sin embargo, con condiciones sanitarias precarias, especialmente en los barrios del sur, donde el hacinamiento y las deficiencias en el abastecimiento de agua y en la eliminación de residuos favorecían la propagación de enfermedades.
A comienzos de 1871, la fiebre amarilla comenzó a extenderse por Buenos Aires y encontró en esas condiciones un terreno especialmente favorable. La enfermedad se propagó con rapidez por los barrios de San Telmo y Monserrat y, en pocas semanas, se convirtió en una emergencia que alteró profundamente la vida cotidiana de la ciudad.
El momento más crítico llegó durante marzo y abril, cuando la cantidad de enfermos y fallecidos desbordó las capacidades sanitarias de la época. La epidemia provocó el abandono de la ciudad por parte de miles de habitantes, especialmente entre los sectores con mayores recursos, que buscaron refugio en localidades alejadas del foco, como Belgrano, San Isidro y otras zonas del norte.
Entre quienes se alejaron de Buenos Aires estuvo el presidente Domingo Faustino Sarmiento, que se trasladó temporalmente fuera de la ciudad. Su partida, al igual que la de otras figuras de la dirigencia política y económica, fue objeto de fuertes críticas en medio de una emergencia que dejaba cada día cientos de víctimas.
El éxodo tuvo consecuencias duraderas sobre la estructura urbana porteña. Muchas de las antiguas viviendas de las zonas del sur quedaron desocupadas y, posteriormente, fueron ocupadas o transformadas en conventillos, mientras que los sectores de mayores ingresos fueron consolidando su presencia en el norte de la ciudad. La epidemia contribuyó así a profundizar una división social y geográfica que marcaría el desarrollo posterior de Buenos Aires.
La magnitud de la crisis llevó a la creación de una Comisión Popular integrada por vecinos, que tuvo un papel central en la asistencia a los enfermos y en la organización de distintas tareas durante la emergencia. Mientras hospitales y establecimientos sanitarios quedaban desbordados, la ciudad comenzó a modificar su ritmo cotidiano y las escenas habituales fueron reemplazadas por una sucesión de enfermos, médicos, carros y cortejos fúnebres.
La cantidad de fallecidos también puso al límite la capacidad de los cementerios existentes. El Cementerio del Norte, actual Recoleta, dejó de recibir víctimas de la epidemia y fue necesario habilitar un nuevo espacio de enterramiento en la zona oeste de la ciudad. Así nació el cementerio de la Chacarita, cuyo desarrollo estuvo directamente vinculado con la emergencia sanitaria de 1871. También se utilizaron servicios ferroviarios para trasladar cadáveres hacia ese nuevo destino.
La epidemia finalmente retrocedió, pero Buenos Aires ya no era la misma ciudad. La tragedia impulsó nuevas discusiones sobre higiene, agua corriente, desagües, vivienda y planificación urbana. La fiebre amarilla dejó miles de muertos y modificó el mapa social de la futura Capital Federal, para siempre. (www.REALPOLITIK.com.ar)