Para entender por qué Venancio Flores atacó Paysandú hay que retroceder hasta 1863. Ese año Uruguay volvió a quedar atrapado en uno de sus interminables conflictos que marcaron sus primeros años de existencia. De un lado estaba el gobierno blanco de Bernardo Berro. Del otro, el caudillo colorado Venancio Flores, que se había levantado en armas contra las autoridades de Montevideo para dar inicio a una revolución que se extendió por buena parte del territorio oriental.
El problema era que en el siglo XIX y en el Río de la Plata, ninguna guerra podía permanecer demasiado tiempo dentro de una sola frontera. Flores encontró respaldo en el gobierno argentino -encabezado por Bartolomé Mitre- mientras el gobierno blanco mantenía relaciones con el Paraguay de Francisco Solano López. Por su parte, Brasil tenía fuertes intereses económicos y políticos en Uruguay y comenzó a presionar a Montevideo. La vieja rivalidad entre blancos y colorados empezaba así a mezclarse con una disputa mucho más grande por el equilibrio regional.
La tensión llegó a un punto de quiebre en 1864, cuando el Imperio del Brasil decidió intervenir militarmente en territorio uruguayo. La revolución de Flores dejó entonces de ser solamente un tema oriental. Mientras Brasil avanzaba contra el gobierno uruguayo, Paraguay observaba con preocupación cómo se modificaba el equilibrio de poder en la región. Lo que estaba por ocurrir en Uruguay sería, además, uno de los antecedentes inmediatos de la Guerra de la Triple Alianza.
En ese escenario apareció Paysandú. La ciudad, situada sobre el río Uruguay y bajo control del gobierno blanco, tenía importancia estratégica y se convirtió en uno de los principales bastiones de la resistencia. Flores había intentado someterla meses antes, pero aquel primer esfuerzo terminó fracasando. A fines de 1864 regresó con una fuerza mucho mayor y, esta vez, con el respaldo militar brasileño. La ciudad quedaba frente a un enemigo que tenía más hombres, una poderosa artillería y respaldo imperial.
Al frente de Paysandú estaba Leandro Gómez, uno de esos personajes del siglo XIX cuya vida parece inseparable de la historia convulsionada de su país. Había nacido en Montevideo en 1811 y desde joven quedó vinculado a las luchas políticas y militares que atravesaron al Uruguay. Combatió junto a las fuerzas de Manuel Oribe y desarrolló una carrera que lo llevó a ocupar responsabilidades militares y políticas antes de convertirse en el jefe de la defensa sanducera.
Cuando comenzó el nuevo sitio, Gómez sabía que la situación era extremadamente difícil. Los defensores eran muy inferiores en número y la llegada de la escuadra brasileña terminó de complicar el panorama. Desde el río, los buques imperiales podían castigar fácilmente las posiciones defensivas, mientras las fuerzas de Flores estrechaban el cerco por tierra. Dentro de la ciudad quedaban hombres dispuestos a resistir, pero cada jornada reducía un poco más las posibilidades de sostener la defensa.
La resistencia se prolongó durante semanas. Hubo ataques, bombardeos y sucesivos intentos de quebrar la voluntad de los sitiados. Gómez rechazó las exigencias de rendición mientras esperaba una ayuda exterior que nunca llegó. El episodio quedó grabado en la memoria uruguaya precisamente por esa desproporción: un grupo reducido de hombres sostenía una posición prácticamente condenada frente a fuerzas muy superiores. Con el tiempo, la defensa de Paysandú adquirió una dimensión simbólica.
El desenlace llegó el 2 de enero de 1865. Después de los combates finales, las fuerzas sitiadoras lograron entrar en la ciudad. Gómez fue capturado y ejecutado junto con otros defensores. Como era de esperarse, Paysandú cayó, pero nació la leyenda y desde entonces, fue imposible hablar de la ciudad sin reconocer la gesta de Gómez y los suyos. No obstante, el verdadero reconocimiento llegó veinte años después.
Pasaron casi veinte años y apareció en escena un hombre que no tenía nada que ver con el heroico general uruguayo. Gabino Ezeiza era un payador afroargentino nacido en Buenos Aires, en 1858. Se convirtió en uno de los grandes de la palabra cantada del Río de la Plata, en una época en que la payada era territorio para opinar políticamente. Con su guitarra, Ezeiza podía transformar un acontecimiento político o histórico en una historia que circulara entre la gente.
El 23 de julio de 1884 protagonizó un célebre contrapunto -competencia entre payadores- con el oriental Juan de Nava. El encuentro era una rivalidad más entre argentinos y uruguayos, sin embargo, Ezeiza llevó la conversación a otro lugar. Recuperó la memoria de Paysandú y de los hombres que habían muerto defendiendo la ciudad. Así nació “Heroico Paysandú”.
El "duelo" en Paysandú entre Gabino Ezeiza (a la izquierda) y Juan de Nava.Por eso Ezeiza merece ocupar junto a Gómez el centro de esta historia. Leandro Gómez defendió Paysandú frente a los ejércitos que la sitiaban; Gabino Ezeiza defendió su memoria frente al paso del tiempo. Uno convirtió la resistencia en un acto militar. El otro la convirtió en canción. Entre ambos hay casi veinte años de distancia, pero existe un hilo que los une: la negativa a dejar que aquella historia desapareciera.
La canción de Ezeiza todavía tendría que atravesar otra generación para alcanzar una dimensión mayor. “Heroico Paysandú” llegó al repertorio de Carlos Gardel y José Razzano, y Gardel registró la obra en 1922. Así, una historia nacida en las guerras civiles uruguayas terminó formando parte del universo musical que comenzaba a construir una identidad cultural rioplatense con alcance masivo.
El recorrido resulta extraordinario si se lo mira en perspectiva. Primero estuvieron los soldados de Leandro Gómez, resistiendo entre las ruinas de una ciudad sitiada. Después apareció Gabino Ezeiza, recuperando aquella memoria con una guitarra. Finalmente llegó Gardel, dejando la canción registrada para otra época. Lo que había comenzado como una batalla localizada en la costa uruguaya terminó viajando mucho más allá de Paysandú.
Y ahí la historia deja de ser exclusivamente uruguaya. Porque en aquel episodio se cruzaron las disputas entre blancos y colorados, los intereses brasileños, la política argentina y las preocupaciones del Paraguay. También se cruzaron dos culturas que, pese a las fronteras nacionales, compartían una misma lengua, tradiciones y formas de expresión. La canción de Ezeiza demuestra que las fronteras políticas nunca fueron suficientes para impedir la circulación de una memoria común. La figura de Gardel terminó de cerrar el círculo. (www.REALPOLITIK.com.ar)