Tras veinticuatro horas de viaje, un servidor aterriza en Nueva York exhausto en la teoría pero curiosamente activo en la práctica, como si llevara cinco baterías conectadas de golpe. No me puedo quejar: estoy ante una oportunidad que no mucha gente tiene. Acreditado como peticionario ante la Cuarta Comisión de la Asamblea General —la que se ocupa de Política Especial y Descolonización—, tengo por delante algo parecido a un privilegio. Pero la acreditación no está completa: hasta mañana no puedo entrar a terminarla. Así que hoy, día 6, la crónica termina antes de cruzar la puerta. Empieza, como casi todo, en la calle.
En el metro me encuentro con una señora peruana que va a trabajar. Le pregunto cómo llegar a la Organización de las Naciones Unidas y ella me lo explica. No tiene prisa; tiene paciencia. Me dice que no me preocupe, que todo el mundo se pierde la primera vez. Le agradezco y seguimos cada uno nuestro camino, pero durante un par de estaciones vamos en el mismo vagón, en ese silencio cómplice de dos desconocidos que acaban de hacerse un favor.
Antes, dos chicos argentinos que venían de vacaciones me habían ayudado a orientarme y me habían acompañado hasta la boca del metro. Hablamos de todo y de nada, de lo caro que está todo, de lo raro que es estar lejos de casa. Con los trabajadores del metro acabé hablando de fútbol, que es la lengua franca de este planeta. Fueron ellos quienes me indicaron qué tren había que tomar antes de sumergirme en el subsuelo. No hubo nada tenso. La gente del común, la que no sale en los discursos, es la que me ha sostenido en este arranque en el que estaba cansado.

Con una chica de Valencia y su familia apenas crucé unas palabras. No fueron el centro de la escena, pero forman parte de ese fondo humano que uno se encuentra cuando viaja. Rostros que no cambian la historia, pero la acompañan. A veces el cronista necesita también eso: saber que no está solo delante del circo.
Nueva York tiene más colores que España. Todo está saturado, como si alguien hubiera subido el contraste de la realidad. No capto olores especiales, ni ruidos especiales. Es como un decorado de cine. Un decorado sin “acción”: la ciudad funciona sola, indiferente, mientras yo hago tiempo. La gente camina como si supiera exactamente adónde va, y quizá por eso yo, que no lo sé del todo, me siento un poco actor secundario en una película, sobre ese decorado, que es la calle.
Lo que pasa al otro lado, en Naciones Unidas, es el circo. Lo que veo desde fuera son dos guardias a lo alto de una escalera. Inmóviles. Como figuras de un belén. Detrás, la sede, las vallas, las acreditaciones, los pasillos que todavía no piso. El teatro burocrático en todo su esplendor. Y yo aquí, con mi credencial de peticionario a medio tramitar, esperando mi turno como quien espera a que le llamen en una consulta del médico, pero con más banderas.
No sé qué me diferencia de otros periodistas ni me comparo con ellos; solo sé que estoy aquí y así lo vivo. Todavía no he visto los pasillos por dentro porque no he podido entrar a acreditarme hasta mañana, pero desde fuera el espectáculo ya es evidente.
Hemos tenido a Javier Fernández Arribas, de Atalayar, deleitándonos al calificar al Frente Polisario de "separatista" y glosando las virtudes de la ocupación de un territorio. Todo ello con mi oreja puesta en sus declaraciones, pero con serias dudas sobre lo que realmente representa. A él, por lo que sea, no se le corta la voz.
La gran mayoría de peticionarios saharauis, en cambio, han sido cortados por Marruecos, dejando sus intervenciones mutiladas. No es una impresión: es lo que se ve en las actas, en los turnos de palabra, en las ausencias que nadie explica. Unos hablan y otros son interrumpidos. Y mientras unos acumulan minutos, otros acumulan silencios. Eso también es el circo.

En este tiempo he presenciado cómo, justo delante de mí, un hombre parado en el carril de autobús y taxi de las Naciones Unidas era rodeado por cuatro policías y detenido. Lo fascinante no fue solo la escena, sino la reacción del entorno: casi nadie se paró a mirar, como si ver a alguien encajonado por la policía fuera la perfecta normalidad de un martes cualquiera.
La ciudad siguió caminando. Los guardias de la escalera siguieron inmóviles. El decorado no se inmutó. Y yo me quedé con la imagen grabada, pensando que quizá eso sea lo más parecido a una crónica que se pueda escribir desde fuera: alguien es detenido y el mundo, simplemente, pasa de largo.

En lo referente al Sáhara Occidental, por el momento pocas novedades reales, aunque sí indicios clarificadores y preocupantes. La resolución 2797, rotundamente contradictoria, ha abierto la puerta. Principalmente, al respaldo del plan de autonomía: un proyecto que, en el caso de la propuesta de 2007, jamás se llegó a desarrollar. Por su parte, la versión de 2025 ha quedado oscurecida por el ostracismo, difundida parcialmente únicamente por la prensa promarroquí. A primera vista representa un recorte directo a la propia idea de autonomía. Y aunque la resolución 2797 habla de negociación "sin condiciones previas", la realidad es que fija una premisa al sugerir que la autonomía es el único camino viable, lo cual no es negociar sin condiciones, sino todo lo contrario: negociar con la condición ya puesta.
Así que aquí me quedo, fuera, con la acreditación a medio hacer y la sensación de que el verdadero espectáculo no está dentro, sino en la acera. Mañana, si me dejan, entraré. Y entonces quizá descubra que el circo, visto desde dentro, es todavía más circo.
Aunque, pensándolo bien… mañana estaré dentro del circo. El tiempo dirá si como participante o como testigo de excepción. (www.REALPOLITIK.com.ar)