Jueves 8 de octubre de 2026

Opinión

Elecciones 2027

Monopolio y estrategias electorales en vísperas de un año clave para el país

08/10/26 | Es hora de mirar quién está construyendo una comunidad y quién solamente está acumulando intención de voto.


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Por:
Juan Nazar

Durante años nos acostumbramos a una idea bastante sencilla sobre cómo se ganan las elecciones: hay que conquistar el centro. Los convencidos ya están convencidos, los del otro lado difícilmente cambien de opinión y la elección, entonces, se define entre los que están en el medio. Tiene bastante sentido. El problema es que cuando uno mira algunos de los fenómenos políticos más importantes de los últimos años aparece una duda: ¿y si para llegar al centro primero hubiera que hacer exactamente lo contrario?

Pensemos por un momento en Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei. No en sus gobiernos, ni en si estamos de acuerdo con ellos, sino solamente en su capacidad para construir poder político. Son fenómenos muy diferentes, surgidos en momentos distintos y sería absurdo pretender equipararlos. Pero tienen algo interesante en común: ninguno construyó su centralidad tratando de caerle razonablemente bien a todo el mundo.

Similares pero distintos

Cristina consiguió algo que muy pocos dirigentes argentinos lograron durante tanto tiempo: construir una identidad política que sobrevivió a elecciones ganadas, elecciones perdidas, gobiernos propios, gobiernos adversarios y conflictos internos. Se puede ser kirchnerista o profundamente antikirchnerista, pero durante muchos años fue prácticamente imposible ser indiferente a Cristina. Y eso, desde el punto de vista del poder, es extraordinario. Incluso una parte importante de sus adversarios construyó su propia identidad política en oposición a ella. Pocos dirigentes consiguen algo semejante: ordenar no solamente a quienes los siguen, sino también a quienes los enfrentan.

Milei construyó otra cosa, pero igualmente difícil. Llegó desde afuera de las estructuras que habían dominado durante décadas la política argentina, desarrolló un lenguaje propio, símbolos, enemigos, formas de comunicación y una identidad inmediatamente reconocible. Antes de tener una mayoría ya tenía algo muy valioso: gente que no solamente estaba dispuesta a votarlo, sino que quería defenderlo, compartir sus ideas, discutirlas y convencer a otros. Después vino la ampliación. Y finalmente la Presidencia.

Esto lleva a pensar en una comparación un poco extraña.

En economía existe algo que podríamos simplificar como el sueño del monopolista. Si un empresario pudiera saber exactamente cuánto está dispuesto a pagar cada uno de nosotros por un producto, probablemente no nos cobraría a todos lo mismo. Al que está desesperado por comprar podría cobrarle más. Al siguiente un poco menos. Y seguiría avanzando sobre el mercado tratando de capturar la mayor cantidad posible de compradores sin regalar valor innecesariamente. En determinadas estrategias comerciales existe además algo parecido al “descreme”: comenzar por quienes están dispuestos a pagar más y después ir bajando para incorporar nuevos segmentos.

Un voto no se compra —al menos no debería— y una elección obviamente no es un mercado. Pero la comparación sirve para hacernos una pregunta interesante: ¿y si los políticos estuvieran haciendo algo parecido con nuestra disposición a adherir?

Imaginemos el electorado de otra manera. En lugar de izquierda, centro y derecha, pongamos de un lado a quien está dispuesto a tatuarse la cara del candidato y del otro a quien no lo votaría aunque fuera el único nombre de la boleta. En el medio tenemos de todo: militantes, simpatizantes, personas que lo votarían pero jamás discutirían por él, indecisos, indiferentes y personas que podrían acompañarlo solamente frente a determinadas alternativas.

La pregunta que lo cambia todo

Si mañana quisiéramos construir un movimiento político desde cero, ¿iríamos primero detrás de millones de personas que quizá nos votarían o detrás de cien mil que estuvieran desesperadas por encontrar a alguien que las representara?

Ahí aparece Giuliano da Empoli y Los ingenieros del caos. Las redes sociales hicieron algo que la vieja política no podía hacer con semejante precisión: encontrar personas que estaban dispersas pero sentían cosas parecidas, permitirles reconocerse y conectarlas. Antes, cien mil personas furiosas por el mismo motivo podían vivir separadas por miles de kilómetros sin saber que existían las otras. Hoy un algoritmo puede reunirlas prácticamente en una tarde.

Y cien mil personas intensamente comprometidas pueden valer políticamente mucho más que cien mil votos. Porque además de votar hablan, comparten, discuten, producen contenido y convencen. Dicho brutalmente: un voto tibio y un voto militante valen exactamente lo mismo dentro de la urna, pero no necesariamente valen lo mismo antes de llegar a ella.

Acá aparece la parte incómoda del asunto. La confrontación puede servir. Tener un adversario puede cohesionar. Un discurso que indigna a una enorme cantidad de personas puede, al mismo tiempo, conseguir que un grupo mucho menor se vuelva extraordinariamente fiel. Esto no implica que la agresividad sea necesaria para ganar elecciones ni que explique los éxitos de Cristina o Milei. Sería una simplificación ridícula. Sino que deja traslucir algo bastante más modesto: si queremos entender cómo se construye poder, quizá no alcance con preguntar cuánta gente quiere a un dirigente. También deberíamos preguntar cuánto lo quiere.

La trampa del mecanismo

Lo que sirve para enamorar al primer diez por ciento puede espantar al siguiente veinte. El lenguaje que convierte simpatizantes en fanáticos puede transformar indiferentes en adversarios. Y llega un momento en que seguir hablando exclusivamente para quienes ya están convencidos deja de sumar y empieza a ponerle un techo a la construcción.

Cristina permite observar muy bien ese dilema. La enorme intensidad de su identidad política le permitió conservar durante años un núcleo extraordinariamente resistente. Pero una identidad muy fuerte también establece una frontera muy clara entre quienes están adentro y quienes están afuera. La misma característica que ayuda a construir un piso puede complicar la construcción del techo.

Milei enfrenta una pregunta comparable desde otro recorrido. Una identidad disruptiva fue extraordinariamente eficaz para diferenciarlo de la política existente y construir una fuerza nueva. Pero cuanto más grande se vuelve una fuerza, más necesita incorporar personas que no estuvieron en su origen, que no utilizan exactamente su lenguaje y que quizá no compartan todas sus posiciones. La pregunta deja de ser cómo conseguir más intensidad y pasa a ser cómo ampliar sin perderla.

Y ahí reaparece aquella vieja teoría del centro.

Anthony Downs planteó hace décadas que, cuando dos grandes alternativas compiten electoralmente, ambas tienen incentivos para acercarse al votante que está en el medio. Quizás Downs no estaba equivocado. Quizás nosotros cometemos el error de querer aplicar su explicación demasiado temprano.

Tal vez haya dos momentos.

Primero hay que conseguir que alguien nos quiera mucho. Después hay que conseguir que muchos nos quieran lo suficiente.

El sistema electoral argentino hace que esa diferencia sea particularmente interesante. Una fórmula presidencial puede ganar en primera vuelta si supera el 45 por ciento de los votos afirmativos válidos, o si llega al 40 por ciento y obtiene más de diez puntos de ventaja sobre la segunda. Si eso no ocurre, quedan dos fórmulas en el balotaje. Y cuando quedan dos, el problema cambia. Ya no alcanza necesariamente con ser el candidato que genera mayor intensidad. Hay que incorporar personas que antes eligieron otra cosa.

Por eso, mirando hacia 2027, quizá nos estemos haciendo demasiado pronto la pregunta tradicional: quién va a ocupar el centro. Tal vez antes deberíamos mirar otra cosa: quién está construyendo una comunidad y quién solamente está acumulando intención de voto.

Después vendrá el segundo problema. ¿Puede esa comunidad crecer? ¿Puede incorporar gente diferente sin traicionar aquello que la mantenía unida? ¿Puede bajar el volumen de la confrontación sin que sus propios seguidores interpreten que abandonó sus convicciones? ¿Puede hablarle a alguien que nunca formó parte del grupo sin dejar de representar a quienes estaban desde el principio?

Ahí se juega buena parte del poder político.

Porque quizás las elecciones no se construyan empezando por la mayoría. Quizás algunas mayorías comiencen exactamente al revés: con una minoría suficientemente intensa como para empezar a arrastrar a los demás.

Después, claro, llega la matemática.

Y ningún algoritmo, ninguna red social y ninguna teoría del poder consiguió todavía eliminarla: para ganar una elección hay que conseguir los votos.

Tal vez el votante mediano nunca haya muerto.

Quizás simplemente no sea siempre el primero al que conviene mirar. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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