Viernes 9 de octubre de 2026

Política

Desabastecimiento

El falso liberalismo: cuando YPF se transforma en el nuevo Guillermo Moreno

09/10/26 | Como si se tratara de la nueva secretaría de Comercio, la petrolera estatal argentina condiciona a la competencia y amenaza con un desabastecimiento.


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El mercado argentino de combustibles cambió radicalmente en apenas tres años. Se fueron los precios administrados, desapareció buena parte de la brecha cambiaria que alimentaba una demanda artificial y se eliminaron muchas de las restricciones que condicionaban al sector. También cambió la filosofía oficial: menos intervención, menos controles y mayor libertad para que los precios encuentren su equilibrio. Sin embargo, en un mercado formalmente más libre apareció una paradoja interesante: YPF podría haberse convertido, por su propio peso, en el principal regulador de precios del sistema.

Hace apenas tres años, conseguir gasoil en Argentina podía convertirse en un problema. El precio doméstico estaba desacoplado de las referencias internacionales, la brecha cambiaria hacía particularmente barato cargar combustible medido en dólares y una parte de esa ventaja cruzaba literalmente las fronteras. A eso se sumaba una demanda interna estimulada por precios que no reflejaban plenamente su costo económico. Las refinerías operaban con altos niveles de procesamiento y, aun así, la producción doméstica no alcanzaba; importar gasoil era parte necesaria de la ecuación para abastecer el mercado.

Ese mundo cambió. La normalización cambiaria redujo el incentivo de frontera, la demanda regresó a niveles más racionales —ayudada también por una actividad económica menos exuberante— y el sistema energético argentino comenzó a mirar cada vez más hacia la exportación. Al mismo tiempo, el gobierno de Javier Milei avanzó con una idea que constituye uno de los pilares de su concepción económica: dejar de administrar precios y permitir que sea el mercado el que determine cuánto vale cada cosa.

Cuando el regulador dejó de regular

En teoría, entonces, en un mercado desregulado cada compañía debería definir sus precios de acuerdo con sus costos, su estrategia comercial y las condiciones competitivas. Milei probablemente iría incluso un poco más lejos y recordaría que el precio no depende necesariamente del costo, sino de cuánto está dispuesto a pagar el consumidor. Si aceptamos esa lógica, lo que está ocurriendo en el mercado de combustibles resulta todavía más interesante, porque existe un jugador imposible de ignorar: YPF.

Por su escala, cobertura territorial y participación de mercado, una decisión de YPF sobre el precio en surtidor inevitablemente condiciona las decisiones del resto. Durante 2026 esa condición adquirió una relevancia extraordinaria. La escalada internacional del petróleo llevó el barril desde niveles cercanos a los 70 dólares hacia la zona de los 95 o 100, mientras que el traslado al surtidor argentino resultó considerablemente menor y más gradual. La decisión no fue presentada como un congelamiento y, técnicamente, no lo es. Pero algunos de sus efectos empiezan a parecerse bastante. Curiosa paradoja: en tiempos de libre mercado, no siempre son tan libres los mercados.

Horacio Marín explicó públicamente un mecanismo bastante más ingenioso y, hay que reconocerlo, mucho mejor desde el marketing: “YPF te ayuda / vos ayudás a YPF”. La lógica era sencilla. Frente a un shock internacional considerado transitorio, YPF absorbería temporalmente una parte del incremento y evitaría trasladarlo inmediatamente al consumidor. Cuando el petróleo volviera a bajar, el movimiento se invertiría: los precios domésticos permanecerían durante algún tiempo por encima de la nueva referencia internacional y YPF recuperaría el margen cedido. Una especie de cuenta corriente entre la petrolera y el consumidor argentino.

El mecanismo tenía lógica. Siempre que el petróleo bajara.

Y ahí aparece el problema. El petróleo efectivamente bajó durante un período y permitió poner en marcha la segunda parte del mecanismo: el famoso “vos ayudás a YPF”. Pero luego volvió a subir, y la pregunta pasa a ser si aquella ventana alcanzó para compensar lo que YPF había absorbido anteriormente. Si el crudo permanece durante demasiado tiempo cerca de los niveles que originaron el mecanismo, la cuenta corriente entre la petrolera y el consumidor puede dejar de compensarse. Y cuando una cuenta corriente se acumula siempre del mismo lado, tarde o temprano alguien tiene que pagarla.

YPF puede beneficiarse simultáneamente de mayores precios internacionales en su producción y de las exportaciones de crudo, pero eso no elimina el costo de oportunidad de vender combustibles en el mercado doméstico por debajo del valor económico que surgiría de otras referencias. Y acá aparece algo que a veces olvidamos cuando hablamos de la petrolera de bandera: YPF no es solamente un instrumento de política energética. Es una sociedad que cotiza en bolsa, tiene accionistas privados, necesita financiar inversiones multimillonarias y tiene la obligación de generar rentabilidad. Además, los argentinos somos, indirectamente, sus principales accionistas.

Por eso la pregunta empieza a cambiar. Ya no es solamente cuánto tiempo puede durar el “YPF te ayuda”, sino quién ayuda después a YPF. ¿Cuánto perdemos los argentinos como socios de la compañía si esta cuenta sigue creciendo? ¿Cuánto puede costarnos dentro de algunos años pagar nuevamente los platos rotos? Experiencia en eso, lamentablemente, no nos falta.


Horacio Marín.

Un Moreno libertario

Si una conducción empresaria ejecuta correctamente la política que le fue encomendada, el problema no necesariamente está en la gestión. Las políticas que se llevan adelante de manera coherente con aquello que se pregona son perfectamente defendibles, incluso cuando uno pueda discutirlas. El interrogante aparece cuando pregonamos libertad de mercado, libertad de precios y eliminación de las intervenciones estatales, pero utilizamos una empresa controlada por el Estado para conseguir indirectamente aquello que decidimos no hacer directamente.

Y es allí donde aparece un personaje que creíamos haber dejado atrás. Durante años, Guillermo Moreno simbolizó una forma muy particular de intervenir en los mercados argentinos: no siempre hacía falta una ley, una resolución o un precio máximo formal; muchas veces alcanzaba con que los actores económicos supieran cuál era el precio que el poder político consideraba conveniente. Las formas hoy son completamente diferentes, por supuesto, pero el resultado merece al menos una reflexión. Un nuevo Guillermo Moreno libertario, sin secretaría de Comercio y vestido con la insignia de la petrolera de bandera, debería preocupar incluso a quienes compartimos la necesidad de abandonar los controles de precios.

La situación encierra así una segunda paradoja. Argentina avanzó hacia un mercado energético considerablemente más desregulado y, sin embargo, la enorme posición competitiva de YPF hace que su política comercial pueda producir un efecto parecido al que anteriormente generaba una decisión administrativa. Si YPF posterga un aumento, sus competidores tienen libertad formal para aumentar. Nadie se los prohíbe. No existe una resolución de la secretaría de Comercio, un precio máximo ni un funcionario llamando por teléfono. Pero la libertad formal no siempre significa libertad económica.

Abrir una brecha significativa de precios contra el líder del mercado puede significar pérdida de volumen, clientes y participación. Por eso todos miran a YPF. No hay resolución oficial, no hay congelamiento y no hay precio máximo, pero existe un precio que funciona como referencia para todo el sistema. De alguna manera, la regulación dejó de escribirse en el Boletín Oficial y pasó a ejecutarse mediante una política comercial.

Detrás de todo esto aparece inevitablemente la inflación. El combustible no impacta solamente cuando una familia llena el tanque; está metido en el transporte, la logística, la distribución, la producción y, directa o indirectamente, en buena parte de los bienes que recorren kilómetros antes de llegar a una góndola. Tiene una característica particular: es un precio y, al mismo tiempo, forma parte de muchos otros precios. Con una inflación mensual relativamente baja, además, unos pocos puntos adicionales en combustibles adquieren una visibilidad macroeconómica mucho mayor que cuando Argentina convivía con tasas mensuales de dos dígitos. Cuando todo aumentaba 10 o 15 por ciento por mes, un movimiento del combustible podía perderse dentro del ruido. Cuando la inflación baja, cada punto se escucha.

Eso vuelve políticamente sensible cada movimiento del surtidor y permite entender por qué un gobierno que hizo de la libertad de precios parte de su identidad puede descubrir que hay algunos precios que preferiría que fueran libres, pero no tanto.


Guillermo Moreno.​​​​​​

El verdadero problema puede estar por delante

Hasta ahora el sistema pudo convivir con esta tensión, pero existe un límite económico. Si los precios domésticos permanecen desacoplados durante demasiado tiempo de los valores internacionales, la discusión eventualmente deja de ser cuánto cuesta el combustible y empieza a ser quién está dispuesto a venderlo, cuánto está dispuesto a vender y bajo qué condiciones. Ahí la cuestión cambia por completo, porque los incentivos económicos tienen la desagradable costumbre de imponerse, tarde o temprano, sobre las buenas intenciones.

¿Qué sería de un verano argentino con dificultades para conseguir combustible para ir a la Costa? ¿O qué ocurriría si, después de contener durante meses los aumentos, finalmente fuera necesario realizar una corrección de tal magnitud que terminara haciendo mucho más costoso aquello que se intentó proteger?

Las señales probablemente no aparezcan primero en los carteles de las estaciones de servicio. Habrá que mirar restricciones comerciales, cupos, cambios en las importaciones, decisiones sobre niveles de refinación, diferencias crecientes entre compañías o modificaciones en las condiciones de venta. No necesariamente estamos frente a un problema de abastecimiento, pero sí frente a incentivos que empiezan a modificarse, y eso debería ser suficiente para prestar atención.

Quizás esa sea la historia más interesante del mercado argentino de combustibles hacia adelante. Durante décadas discutimos cómo liberar el precio de la energía. Finalmente empezamos a hacerlo: sacamos controles, eliminamos regulaciones y dejamos que las empresas volvieran a tomar decisiones comerciales. La ironía es que, una vez liberado, el mercado argentino parece haber encontrado su propio regulador.

Ya no necesariamente está sentado en la secretaría de Comercio. Está sentado en YPF. Y quizás el nuevo Moreno no se apellide Moreno. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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