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Por Luciano Barroso
Hay programas que nacen para resolver problemas. Y hay otros que parecen haber sido diseñados para demostrar que siempre se puede crear una estructura nueva alrededor del mismo problema.
Entramados pertenece, al menos según surge del análisis de su implementación, a esta segunda categoría.
La presentación oficial habla de acompañamiento, prevención, abordaje territorial y trabajo con jóvenes.
Palabras nobles. Palabras que, puestas juntas en un documento estatal, suelen generar la tranquilizadora sensación de que alguien está haciendo algo.
El problema aparece cuando uno deja de leer las palabras y empieza a mirar los resultados.
Según el informe analizado, el programa cuenta con un presupuesto de 12.000 millones de pesos. Una cifra que, por sí sola, obliga a formular una pregunta bastante sencilla: ¿qué se está obteniendo a cambio?
Porque si el objetivo era llegar al territorio, acompañar a jóvenes y prevenir situaciones vinculadas al delito, resulta difícil explicar por qué una parte tan significativa del esfuerzo parece terminar concentrada en estructuras, oficinas, reuniones y nuevas denominaciones.
Quizás el Estado tenga una explicación.
Después de todo, si algo sabe hacer el Estado argentino es ponerle un nombre nuevo a un problema viejo.
El capítulo de La Plata merece una consideración aparte. El informe señala una inversión de aproximadamente 10 millones de dólares destinada a nuevos centros vinculados con el abordaje de jóvenes en conflicto con la ley.
Diez millones de dólares.
No es una cifra menor.
Con ese dinero uno esperaría, por lo menos, encontrarse con una transformación visible. Equipos profesionales, dispositivos funcionando, resultados medibles, jóvenes efectivamente asistidos y una estrategia capaz de demostrar que cada peso gastado tuvo algún sentido.
Pero aparece nuevamente la pregunta incómoda: ¿dónde está la contraprestación concreta?
Porque inaugurar edificios, crear programas y multiplicar estructuras administrativas es relativamente sencillo.
Lo verdaderamente difícil es demostrar que todo eso sirve.
Y ahí parece comenzar el problema de Entramados.
Hay otra cuestión particularmente llamativa.
El diseño del programa no parecería ser precisamente una revolución metodológica. Según el informe, reproduce buena parte de un modelo que ya había sido implementado años atrás mediante subsidios provenientes de la Unión Europea.
Es decir: alguien tuvo una idea, consiguió financiamiento europeo y la implementó.
Años después, alguien aparentemente miró el modelo, dijo “esto puede funcionar acá” y apareció Entramados.
La innovación, en este caso, habría consistido fundamentalmente en cambiarle el nombre.
Pero hay una diferencia fundamental entre copiar un programa y copiar sus condiciones de funcionamiento.
Porque un modelo que recibió financiamiento específico, tuvo determinados equipos técnicos y se desarrolló bajo ciertas condiciones institucionales no necesariamente funciona igual cuando se traslada mecánicamente a otro contexto.
Mucho menos cuando, según el informe, parte del personal territorial estaría integrado por personas sin una preparación específica para intervenir con jóvenes en conflicto con la ley penal.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿En qué momento la buena voluntad reemplazó a la capacitación profesional?
El cronograma de Entramados contempla tres etapas: relevamiento, ejecución y evaluación.
Hasta ahí, todo parece razonable.
Primero se estudia el problema. Después se interviene. Finalmente se evalúa.
El inconveniente es que la evaluación aparece prevista como una instancia interna del propio programa.
Es decir: el organismo diseña el programa, administra los recursos, lo ejecuta y después evalúa qué tan bien funcionó.
Una especie de examen donde el alumno también es profesor, director y encargado de corregir las notas.
Y si el resultado no convence, siempre queda una alternativa extraordinaria: prorrogarlo.
Según el informe, la estructura podría extenderse durante cuatro años adicionales. Cuatro años.
Tiempo suficiente para que un programa pensado para resolver un problema termine convirtiéndose en un problema con presupuesto propio.
La discusión de fondo no debería ser si Entramados tiene un nombre atractivo, una presentación prolija o una estructura administrativa perfectamente diagramada.
La pregunta debería ser mucho más elemental: ¿Está funcionando?
Porque los jóvenes en conflicto con la ley penal no necesitan más organigramas.
Necesitan profesionales preparados, instituciones que funcionen, seguimiento, tratamiento, educación, contención y una articulación real entre seguridad, justicia, desarrollo social y los municipios.
Y, fundamentalmente, necesitan que los recursos lleguen donde tienen que llegar. Cada peso público que se asigna a estos programas debería poder ser explicado.
No alcanza con decir cuánto se gastó.
Hay que poder explicar para qué se gastó, quién lo ejecutó, qué se hizo y qué resultado produjo. Lo demás es burocracia.
Y la burocracia, cuando tiene varios miles de millones detrás, deja de ser solamente burocracia. Se convierte en una decisión política.
Hay una ironía involuntaria en el nombre del programa. “Entramados”.
Porque mientras se habla de entramados territoriales, redes comunitarias y articulaciones institucionales, existe el riesgo de que lo único que termine realmente entramado sea el propio Estado.
Un programa se superpone con otro. Un organismo articula con otro. Una mesa coordina con otra mesa. Un funcionario anuncia. Otro acompaña. Otro releva. Otro evalúa.
Y mientras todos se reúnen para abordar el problema, el problema tiene la mala costumbre de seguir existiendo.
Quizás haya llegado el momento de cambiar la lógica.
Menos programas. Más resultados.
Menos funcionarios explicando lo que van a hacer. Más profesionales haciéndolo.
Menos estructuras que necesitan ser justificadas. Más jóvenes que puedan demostrar que una intervención estatal realmente les cambió la vida.
Porque si después de gastar 12.000 millones de pesos todavía necesitamos otra presentación para explicar por qué hay que seguir haciendo lo mismo, tal vez el problema no sea que falte un programa.
Tal vez el problema sea que sobran.