Lunes 12 de octubre de 2026

Internacionales

REALPOLITIK en la Cuarta Comisión

Nueva York, Naciones Unidas y la lucha de los gigantes ausentes

12/10/26 | Una crónica desde Nueva York sobre la impotencia de la ONU, la represión marroquí contra los saharauis y el desgaste de contar esas historias.


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Por:
Héctor Bujari Santorum

La comida que nos sirvieron en el avión de ida fue un desastre. Después de unos días en Estados Unidos, aquello me supo a bendición; que todo es cuestión de perspectivas, y el hambre trueca en ambrosía hasta el pan más áspero. Jamás había visto un yogur mal hecho, un lácteo tan torcido, tan huérfano de su propia naturaleza. Pero, en fin, supongo que la libre competencia engendra estas criaturas: libertad para comer con la peor calidad posible, libertad para elegir entre la ruina y el engaño. Para mí, los resultados son claramente negativos.

Todo en Nueva York tenía vocación de exceso: los edificios, los coches, las decepciones. Los coches parecían camionetas. Contemplé desde la acera el Empire State un par de veces; no me concedió el tiempo la merced de subir. Tampoco hallé Central Park ni rendí visita a la Estatua de la Libertad.

Me sobró tiempo, en cambio, para hacer cuanto quería. Apuré cafés con todos los que quise, posé para las fotos con quien quise —y me negué a posar con quien no quise— y entrevisté a casi todos los que se pusieron a tiro de mi cuaderno. Me marcaron a fuego las entrevistas con Bastagli, enviado especial del Secretario General y jefe de la Misión de las Naciones Unidas para el referéndum del Sahara Occidental (MINURSO) entre 2005 y 2006, y con Javier Guzmán, de Make the Road, quien me contó cosas de la política estadounidense que me fueron muy provechosas.


La Estatua de la Libertad.

Exprimí el jugo a las piedras del espacio y comprobé que tiene tantas limitaciones como parecía. El circo que denunciaba el primer día quedó confirmado con creces: el sistema multilateral de la Organización de las Naciones Unidas quebrado, poco serio e incapaz de poner freno a una delegación marroquí que interrumpía a la gente sin consecuencias. Lo confirmé en la Cuarta Comisión de Descolonización, donde acudí como peticionario. No conté cómo un miembro del servicio secreto marroquí me siguió hasta el interior de un café. Le fotografié para que se diera cuenta, y en cinco minutos abandonó el lugar.

Mientras en la moqueta de la ONU se aplanan conciencias, la realidad al otro lado del océano sigue ardiendo con la misma crudeza. El chantaje emocional y la persecución marroquí no se detienen: el 9 de octubre, a la madre de Boutenguiza le impidieron ver a su hijo en la prisión de Kenitra. El lunes 12 de octubre, las autoridades marroquíes retenían en el aeropuerto de Marrakech a la activista francesa Claude Mangin Asfari para impedirle visitar a su marido, el preso político Naâma Asfari, condenado por el caso Gdeim Izik, mientras permitían la entrada al alcalde de Ivry-sur-Seine y a su concejala. Ese mismo día 12, las fuerzas de ocupación cargaban en pleno Rabat contra decenas de mujeres saharauis que se manifestaban exigiendo la liberación de sus presos.

Sabía que Bujari Ahmed, Mohamed Luchaa, Mohamad Jadad y Mahfud Ali Beiba eran gigantes; eran los grandes de la diplomacia saharaui. Nueva York mostró su ausencia con más crudeza ante semejante escenario. No pocos diplomáticos y personas presentes ajenas al pleito los evocaron en conversaciones conmigo. Por respeto a ellos, no diré quiénes. A mí me afectó especialmente la partida de Beiba; estuve varios días dándole vueltas. Lo que más me impresionó no fue solo que faltaran, sino la profunda añoranza que descubrí.

Esperaba hallar un espacio usurpado por la tiranía. Hallé eso, sí, pero más acusado, más descarnado. Y lo que más me dolió no fue confirmarlo, sino comprobar que era peor.

Lo primero que me decepcionó fue el traje diplomático. No fue cortado para mi cuerpo ni para mi alma. Lo vestía por protocolo, como uniforme de trabajo. Pero aprendí hasta qué punto aplanaba la conciencia de algunos; me sorprendió comprobar cómo el mismo paño, la misma seda y el mismo corte allanaban responsabilidades, tapaban vergüenzas y silenciaban escrúpulos.


Volver a casa.

A mí, en lo personal, lo más auténtico me parecieron las conversaciones con la gente corriente. No es que encontrara la verdad en la calle: es que encontraba personas que no hablaban con el traje mental puesto; risas de verdad, voces que no engañaban, o al menos no aparentemente. Me gusta hablar con la gente; en España lo hago y en Estados Unidos también. Eso me abrió puertas y perspectivas.

Lo más performativo fue Times Square: un panel de luces, muchedumbre, móviles girando y cámaras disparando. Un post de redes sociales encarnado. Al final oí a una americana decir "Times Square is a shit place", y por primera vez estuve de acuerdo con una americana. En general, todo lo que vi en Estados Unidos en lo comercial y lo festivo es así: quiere vender. El ritmo de la ciudad no me quebró; me quebró el ritmo que yo mismo me impuse para llegar a contar todas las historias de los activistas. Cubrir un evento concede una intensidad espacial que no es de este mundo; te desplazas sin tregua. Lo único que separaba la cobertura de la vida personal era mi fe. Fui allí sin garantía de dónde dormir el primer día.

Tiemblo ante la pregunta de si todo esto habrá valido la pena. Para mí, el compendio de todo es la imagen: yo encaramado al autobús del último día, regresando al hotel, con la ciudad deshaciéndose a mis espaldas. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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