El 19 de septiembre de 1968 murió en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires John William Cooke, uno de los intelectuales más influyentes del peronismo revolucionario. Había nacido en La Plata el 14 de noviembre de 1919 y tenía apenas 48 años cuando el cáncer terminó con su vida. Conocido como el Bebe, fue abogado, legislador, docente y dirigente político. Su trayectoria estuvo atravesada por una convicción que mantuvo hasta el final: el peronismo debía superar los límites de un movimiento electoral para convertirse en una herramienta de transformación social.
Cooke creció en un ambiente familiar vinculado con la política y la diplomacia. Su padre, Juan Isaac Cooke, desarrolló una carrera pública que lo llevó a ocupar cargos de relevancia, pero el hijo construyó un recorrido propio, marcado por una mirada cada vez más crítica sobre el orden social argentino. En un país atravesado por las consecuencias de la Década Infame, encontró en la política un terreno para discutir el poder, la dependencia económica y el lugar de los trabajadores.
Estudió Derecho en la Universidad Nacional de La Plata y se recibió en 1943. El golpe militar del 4 de junio de ese año y el ascenso político de Juan Domingo Perón abrieron una nueva etapa en la vida argentina. Cooke se incorporó a ese proceso y, en las elecciones del 24 de febrero de 1946, resultó elegido diputado nacional. Su juventud no le impidió adquirir protagonismo en el Congreso, donde se destacó por sus intervenciones y por la solidez de sus argumentos. Su formación jurídica y su capacidad oratoria lo convirtieron en una de las voces singulares de la primera generación de dirigentes peronistas.
En la Cámara de Diputados de la Nación, Cooke presidió la Comisión de Asuntos Constitucionales y participó de debates centrales de los primeros gobiernos peronistas. Su intervención en las discusiones sobre la prensa y su defensa de posiciones antiimperialistas lo enfrentaron con sectores opositores y con figuras del propio oficialismo. Su relación con el sindicalismo tampoco estuvo exenta de tensiones: con el tiempo, cuestionaría las estructuras burocráticas que, a su juicio, podían alejar al movimiento obrero de sus objetivos transformadores.
Paralelamente, se desempeñó como docente de Economía Política en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1946 y 1955. Esa doble actividad, entre la universidad y el Congreso, contribuyó a formar el perfil de un dirigente que combinaba la acción política con la elaboración intelectual. Cooke no concebía la militancia como una actividad separada del pensamiento: para él, comprender la estructura económica y las relaciones de poder era indispensable para discutir el rumbo del país.
El golpe de Estado de septiembre de 1955 derrocó a Perón, proscribió al movimiento peronista y dio inicio a una etapa de persecución política. Cooke fue detenido el 20 de septiembre de ese año y pasó por distintas cárceles. Sin embargo, su situación no lo apartó de la actividad política. Desde el encierro continuó vinculado con la organización de la resistencia, mientras el movimiento derrocado buscaba reconstruir sus redes y definir una estrategia frente al nuevo régimen.
El 2 de noviembre de 1956, desde Caracas, Perón le envió una carta que convirtió a Cooke en su representante político. El documento le otorgaba autoridad para actuar en nombre del líder exiliado y contenía una definición extraordinaria: «En caso de fallecimiento, delego en el doctor don John William Cooke el mando del movimiento». La designación reflejaba la confianza que Perón depositaba en un dirigente dispuesto a sostener una posición de intransigencia frente a la dictadura. También anticipaba las diferencias que surgirían entre ambos sobre el futuro del peronismo y los métodos para recuperar el poder.
La madrugada del 18 de marzo de 1957, Cooke protagonizó una de las fugas más conocidas de la historia política argentina. Escapó del penal de Río Gallegos junto con Héctor J. Cámpora, Jorge Antonio, Guillermo Patricio Kelly, José Espejo y Pedro Gomis. Los seis dirigentes lograron salir de la prisión y llegar a Chile, donde encontraron una salida a la persecución que sufrían en la Argentina. La fuga alimentó la leyenda de la resistencia peronista y consolidó la imagen de Cooke como un dirigente dispuesto a asumir riesgos personales en defensa de sus convicciones.
En esos años también se afianzó su relación política y sentimental con Alicia Eguren, docente, escritora y militante peronista que compartió con él la lucha y el exilio. Ambos defendían una concepción del movimiento que no se limitaba a recuperar la legalidad perdida: aspiraban a modificar las estructuras sociales y económicas del país. Esa perspectiva los fue acercando a las experiencias revolucionarias que se desarrollaban en América Latina.
Tras su paso por Chile, Cooke estrechó vínculos con la Revolución cubana y se instaló en Cuba alrededor de 1960. El triunfo de Fidel Castro había abierto un nuevo horizonte para las izquierdas latinoamericanas y ofrecía un ejemplo concreto de ruptura con el orden político tradicional. Cooke encontró allí una experiencia con la que podía dialogar desde su identidad peronista, aunque esa aproximación también profundizó sus diferencias con los sectores del movimiento que rechazaban una orientación revolucionaria.
En abril de 1961, durante la invasión de Bahía de Cochinos, respaldó al gobierno cubano frente al intento de derrocarlo. Desde la isla procuró convencer a Perón de trasladar allí su residencia y acercar el peronismo a la experiencia cubana. Perón, instalado en España, no siguió ese camino. La relación entre ambos continuó, pero sus intercambios epistolares mostraron diferencias sobre la estrategia política, el papel de las organizaciones sindicales y el alcance de la transformación que debía impulsar el movimiento.
Las ideas de Cooke quedaron plasmadas en sus escritos, entre ellos Apuntes para la militancia, publicado en 1965, y La revolución y el peronismo. En esos textos cuestionó las interpretaciones que reducían al peronismo a una identidad electoral o a una alianza entre dirigentes, sindicatos y sectores empresarios. Para él, el movimiento debía comprenderse en relación con las luchas populares, la dependencia económica y el conflicto entre las mayorías trabajadoras y los grupos que concentraban el poder.
Una frase resume esa perspectiva: "la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa". La afirmación condensaba su concepción del nacionalismo: no como una consigna abstracta, sino como un proyecto que debía enfrentar las relaciones de dependencia y transformar las condiciones de vida de los sectores populares. Su pensamiento influyó en distintas corrientes de la izquierda peronista y alimentó debates que atravesaron a la militancia durante las décadas siguientes.
Cooke murió el 19 de septiembre de 1968, sin ver el regreso definitivo de Perón a la Argentina ni la evolución posterior del movimiento que había intentado orientar hacia una salida revolucionaria. El 26 de septiembre de 2014, sus cenizas fueron esparcidas en el Río de la Plata, en cumplimiento de su última voluntad. La despedida reunió a militantes y dirigentes que reconocían en él una figura central de la tradición combativa del peronismo. (www.REALPOLITIK.com.ar)