En una época en la que la elegancia masculina tenía sus propios códigos, un hombre convirtió su vestimenta y sus modales en un espectáculo callejero. Fernando Albiero Bertapelle, conocido popularmente como Jardín Florido, fue uno de los personajes más pintorescos de la historia de Córdoba. Con frac, galera, bastón y flores en la solapa, recorría las calles céntricas y dedicaba piropos a las mujeres que encontraba a su paso.
Su figura se volvió inseparable de la calle 9 de Julio, donde construyó una identidad que mezclaba galantería, humor y teatralidad. Le bastaba la vereda para desplegar su repertorio. En una ciudad y en una época atravesadas por las diferencias sociales, Jardín Florido logró hacerse conocido tanto por su apariencia como por sus maneras refinadas.
Los relatos sobre su vida lo vinculan con los ambientes elegantes de la Córdoba de principios del siglo XX. Según algunas versiones, trabajó como mozo en confiterías frecuentadas por sectores acomodados y mantuvo amistad con el abogado José Aguirre Cámara, relación que le habría permitido acercarse al ambiente del Jockey Club.
Hacia 1936, su presencia comenzó a destacarse por una vestimenta que no pasaba inadvertida. El frac, la galera y el bastón formaban parte de una puesta en escena cuidadosamente sostenida. Las flores completaban el atuendo y explicaban, en buena medida, el apodo con el que terminaría pasando a la historia.
Sus piropos eran otro de sus sellos distintivos. Lejos de la frase ligera, recurría a expresiones elaboradas, de vocabulario ampuloso y tono literario. En su universo, la galantería era un respetuoso homenaje a la belleza femenina.
En la década de 1950, Jardín Florido incorporó a su vida un automóvil Packard de lujo -la leyenda dice que uno de sus dueños había sido Carlos Gardel- al que adornó con floreros en los costados. El vehículo prolongaba su personaje sobre ruedas y reforzaba una imagen que ya formaba parte del paisaje urbano cordobés. Ese auto tuvo una mácula: un accidente de tránsito por el cuál Fernando tuvo que pagar mucho dinero en indemnizaciones a la víctima.
Lo que hoy podría ser motivo de burla o de rechazo por parte de una expresión feminista aguerrida, transformó en una expresión de la particular relación entre Córdoba y sus personajes populares. Jardín Florido cultivaba una elegancia deliberadamente exagerada, pero su figura también era un desafío a lo convencional.
Alrededor de su nombre se acumularon anécdotas y versiones. Una de ellas sostiene que inicialmente un periodista lo llamó Ventanita Florida, aunque la denominación que terminó imponiéndose fue Jardín Florido. Como ocurre con muchos personajes que sobreviven a su tiempo, los recuerdos sobre su vida mezclan episodios documentados con relatos transmitidos de boca en boca.
Su historia trascendió la curiosidad de verlo vestido de frac en plena calle, pero no todo en su vida fue poesía. Italiano de nacimiento, la guerra le arrebató a su madre y a su novia, que quedaron en el Viejo Mundo esperando que Fernando vuelva triunfal a buscarlas. Él volvió, pero ellas ya no estaban. Ahí nació su personaje con la finalidad de homenajear a las dos mujeres más importantes de su vida.
Jardín Florido murió en Córdoba en 1968, pero su personaje sobrevivió a la época que lo vio caminar por sus calles. En una sociedad que cambiaba sus costumbres, él eligió representar una galantería de otros tiempos, con flores, frases rebuscadas y una elegancia que rozaba la caricatura. Su recuerdo llega a nuestros días gracias al vals Caballero de Ley, que fue llevado al disco por Los del Suquía, en 1970. (www.REALPOLITIK.com.ar)