Lunes 26 de octubre de 2026

Opinión

Elecciones

Brasil: Lula enterró la apuesta de Milei por Bolsonaro y le dio aire ante Trump

25/10/26 | La victoria de Lula expuso los límites del respaldo electoral de Milei a Flávio Bolsonaro. La paradoja: también le evitó un posible rival ante Trump.


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Por:
Rosario Castagnet

La derrota de Flávio Bolsonaro en Brasil dejó a Javier Milei ante una paradoja difícil de explicar desde la lógica de sus propias alianzas. El presidente argentino se involucró en la campaña del candidato que perdió frente a Luiz Inácio Lula da Silva, apostó públicamente por el cambio de gobierno en el principal socio comercial del país y convirtió esa preferencia en un episodio de tensión diplomática. Pero el resultado que frustró sus expectativas también pudo haberle ahorrado un problema: competir con un presidente brasileño afín a Donald Trump por la atención y los recursos de Washington.

La elección del 25 de octubre no fue un plebiscito sobre Milei, ni permite sostener que su intervención haya provocado la derrota de Bolsonaro. La política brasileña tiene sus propias fracturas, liderazgos y urgencias. Lo que sí demuestra es algo menos estridente y más importante: el prestigio que un dirigente acumula en su propio espacio ideológico no se convierte, por simple traslado, en votos en otro país.

Bolsonaro había llegado al balotaje con una ventaja que parecía desafiar esa lectura. En la primera vuelta del 4 de octubre obtuvo el 47,03 por ciento de los votos válidos contra el 45,16 de Lula, según el Tribunal Superior Electoral. La remontada del mandatario brasileño en la segunda vuelta, que le aseguró un cuarto mandato no consecutivo, mostró la persistencia de un electorado capaz de oponerse al bolsonarismo incluso después de una campaña polarizada y de un primer turno que había favorecido a su adversario.

Para la Casa Rosada, sin embargo, el dato decisivo no es solamente quién ganó en Brasilia. Es cuánto se había comprometido políticamente el presidente argentino con quien terminó perdiendo.


Flávio Bolsonaro y Javier Milei.

La foto no es una urna

El 29 de junio, Milei recibió en Buenos Aires a Flávio Bolsonaro y anticipó en sus redes que llegaría una “marea azul” a Brasil. El 25 de julio fue bastante más lejos: viajó a San Pablo, participó en la convención del Partido Liberal que oficializó la candidatura y pidió votar por el senador, al que presentó como la figura capaz de terminar con el “riesgo Lula”. No se trató de una foto diplomática ni de un saludo protocolar. Un jefe de Estado tomó partido en la disputa electoral interna de un país vecino.

El involucramiento continuó hasta los últimos días de campaña. El 20 de octubre, Milei volvió a cuestionar a Lula y sembró sospechas sobre el proceso electoral brasileño. La Cancillería de Brasil respondió que esas expresiones constituían un intento inaceptable de injerencia externa. Así, una campaña que había empezado bajo la promesa de una comunidad regional de ideas terminó agregando un conflicto a una relación bilateral ya deteriorada.

Pero ya había evidencia de que el respaldo no necesariamente funcionaba como esperaba la Casa Rosada. Una encuesta Genial/Quaest, realizada entre el 31 de julio y el 3 de agosto a 2.004 electores brasileños, preguntó cómo incidía el apoyo de Milei a Flávio: el 34 por ciento afirmó que aumentaba su predisposición a votar por Lula y el 27 por ciento dijo que lo inclinaba más por Bolsonaro. Un 17 por ciento expresó mayor disposición a elegir a otro candidato y el 16 por ciento respondió que no hacía diferencia. El sondeo, registrado ante la justicia electoral brasileña como BR-06591/2026, tenía un margen de error de 2 puntos porcentuales.

Había un detalle adicional: el 55 por ciento ni siquiera sabía que el mandatario argentino apoyaba al hijo del expresidente. La combinación de alcance limitado y reacciones divididas impedía presentar esa adhesión como un aporte electoral sin costos. Tampoco autorizaba a concluir que Milei hubiera causado la derrota: la encuesta medía percepciones declaradas en agosto, no votos emitidos en octubre. Lo que sí mostraba era el riesgo de confundir el entusiasmo de una convención partidaria con la capacidad de sumar electores fuera del propio espacio.

El problema de confundir ambas cosas es estratégico. Las campañas internacionales premian la proximidad simbólica: la foto compartida, el eslogan común, la afinidad en redes. Los votantes, en cambio, responden a su economía doméstica, al precio de los alimentos, a la seguridad, a los liderazgos locales y a la confianza que les inspiran los candidatos. La identificación ideológica puede ayudar a consolidar una base; también puede volverse una carga entre quienes todavía dudan.

España ofreció una advertencia

El viaje de Milei a Madrid, apenas cuatro días antes del balotaje brasileño, mostró otra cara del mismo problema. Allí calificó a Pedro Sánchez de “dictador” y reclamó sacar a los socialistas del poder, en plena campaña para las elecciones generales españolas del 29 de noviembre. Pero Santiago Abascal, su principal aliado en Vox, no compartió con él un escenario: mantuvieron una videollamada, mientras el dirigente español continuaba sus actos de campaña. Milei sí se reunió con Isabel Díaz Ayuso.

El Partido Socialista Obrero Español aprovechó la visita para vincular las propuestas del Partido Popular y Vox con los ajustes del gobierno argentino. Todavía no existe un resultado electoral español que permita atribuirle a Milei efectos a favor o en contra de esas fuerzas. Pero el episodio ilustra una incomodidad que ya no puede ignorarse: ser un referente atractivo para la militancia de otro partido no significa necesariamente ser una figura conveniente para conquistar al votante indeciso.

La diferencia parece pequeña y es esencial. Milei presenta sus viajes como parte de una batalla cultural internacional. Para los dirigentes que efectivamente compiten por el gobierno de sus países, la prioridad no es integrar una comunidad de líderes afines, sino construir mayorías propias. Y esas dos necesidades no siempre coinciden.


Javier Milei, Santiago Abascal.

La derrota que le despeja espacio frente a Trump

La consecuencia más singular del triunfo de Lula está, paradójicamente, en Estados Unidos. Milei hizo de su cercanía con Donald Trump uno de los activos centrales de su política exterior. Esa relación excede los gestos personales: en 2025, el Tesoro estadounidense anunció un mecanismo de swap de hasta 20.000 millones de dólares para respaldar la estabilización argentina, y en octubre de 2026 Washington volvió a expresar su disposición a acompañar financieramente al país.

En esa arquitectura, Milei aspira a ocupar un lugar especial: ser un socio ideológico reconocible de Trump en Sudamérica, con capacidad para traducir afinidad política en interlocución diplomática y respaldo económico. Pero Brasil tiene atributos que Argentina no puede reproducir con discursos. Es la mayor economía latinoamericana, dispone de un mercado interno mucho más grande, es un actor ineludible para el comercio regional y tiene una relación estratégica con China. Un presidente brasileño próximo a Trump habría entrado a esa conversación con un peso propio considerable.

No es una conjetura inventada después de conocer los resultados. Antes de los comicios, Elsa Llenderrozas, especialista del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, advirtió que una victoria de Bolsonaro podía desplazar a Milei como aliado privilegiado de Trump en la región. La observación exponía una contradicción incómoda: el argentino estaba promoviendo a un candidato cuyo éxito podía disminuir su singularidad ante la Casa Blanca.

Con Lula reelecto, ese competidor ideológico no llegará al Palacio del Planalto. Desde ese punto de vista, la derrota de Flávio le conserva a Milei una ventaja relativa. Pero no equivale a una victoria diplomática argentina ni garantiza nuevos fondos de Washington. Trump seguirá necesitando tratar con Brasil por su peso económico, por la disputa comercial con China y por la centralidad brasileña en los equilibrios continentales. La política exterior estadounidense no distribuye sus prioridades como si fueran premios de fidelidad partidaria.

El alivio para Milei es, por lo tanto, relativo y contrafáctico: se evitó un escenario potencialmente desfavorable, no ganó automáticamente influencia. Y mientras preserva esa posición frente a Trump, queda frente a un hecho que no puede modificar: deberá tratar durante otros cuatro años con el presidente brasileño al que quiso ver derrotado.


Flávio Bolsonaro y el presidente Donald Trump, en el Despacho Oval.

El costo real está en la relación con Brasil

La discusión sería un asunto de afinidades personales si no involucrara intereses argentinos concretos. En 2025, el intercambio de bienes entre ambos países alcanzó los 31.195 millones de dólares, según un relevamiento de la Bolsa de Comercio de Rosario sobre cifras del INDEC. Brasil representó alrededor del 14,7 por ciento de las exportaciones argentinas. Para la industria automotriz, las cadenas de autopartes y buena parte del entramado manufacturero, la relación bilateral no es una preferencia diplomática: es una condición de funcionamiento.

Allí aparece el límite más evidente de la diplomacia de campaña. Los presidentes cambian, las mayorías se reorganizan y los acuerdos ideológicos se desgastan; los corredores comerciales, la integración productiva y la necesidad de coordinación dentro del Mercosur permanecen. Las consecuencias de deteriorar ese vínculo no las paga una consigna electoral: pueden recaer sobre empresas, inversiones y empleos de ambos lados de la frontera.

Tampoco conviene confundir la derrota de Flávio Bolsonaro con el entierro del bolsonarismo. El Partido Liberal obtuvo 121 de los 513 escaños de la Cámara de Diputados en las legislativas de octubre y continuará siendo una fuerza de enorme peso. Lula conservará la presidencia, pero gobernará frente a un Congreso donde las fuerzas conservadoras tienen una presencia sustantiva. El movimiento que Milei apoyó perdió la presidencia; no desapareció de la vida política brasileña.

Eso vuelve todavía más significativa la apuesta argentina. Milei colocó la investidura presidencial detrás de un resultado ajeno, asumió el costo de deteriorar el trato con Lula y no obtuvo el cambio de gobierno que buscaba. La experiencia de Brasil, sumada a las tensiones que despertó su visita a España, señala un límite para la aspiración de funcionar como impulsor de victorias electorales extranjeras: la notoriedad internacional de un líder no es necesariamente poder político exportable.

La noche brasileña deja entonces dos balances que conviven sin cancelarse. En el terreno electoral, la “marea azul” que Milei imaginó para Brasil no llegó al poder. En el tablero de Washington, esa misma derrota evitó que apareciera un aliado de Trump con una economía mucho mayor y una gravitación regional superior. Lo que puede parecer una ventaja táctica, sin embargo, no reemplaza una política de Estado. Milei conserva un espacio posible ante Trump, pero deberá reconstruir una relación indispensable con Lula. Brasil acaba de recordarle que las afinidades pueden elegirse; los vecinos, no. 

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