Las primeras manos que tocaron a Edgardo Pampillón el 27 de octubre de 1965 fueron las mismas que a Roberto Sánchez casi veinte años antes: tanto las madres de ambos como la partera vivían a pocas cuadras de distancia en Valentín Alsina, barrio del que Gady jamás se mudó y que describió como “una zona industriosa, de raíz tanguera, pero con mucho rock”. Además de Sandro, enumera otros ejemplos como los 2 Minutos o La Torre, la banda que le dio un espacio popular como guitarrista en Argentina después de su paso por Alakrán.
“Aunque siempre fui un guitarrista de blues”, se describió Pampillón en 2016, cuando llevaba ya dos décadas al frente de su proyecto La 4 x 4. “Conocí amigos que tocaban eso y después fui pasando por Eric Clapton, Johnny Winter o Stevie Ray Vaughan”, dijo. “También me gustaban Deep Purple y Led Zeppelin, cuyo color blusero es notorio. Aunque aparecieron AC/DC, Van Halen y esa ola heavy de los 80 que me encantó”. Esas últimas influencias se evidenciaron en Alakrán y en su posterior paso por La Torre. Ya como solista, retomó el pulso rhythm and blues y la síntesis se produjo sola: “Por ahí para el heavy soy demasiado blando y para el blusero soy demasiado duro, pero ambos estilos conviven en mí de manera plena; me gusta transitar un camino intermedio, jugar a dos puntas, al estilo ZZ Top”.
– Entré porque fui a mostrarles a Oscar Mediavilla y a Patricia Sosa, que también eran de Alsina, un demo que habíamos grabado con Alakrán, y a ellos justo se les estaba por ir el Negro García López. En ese momento yo era un hippie bárbaro y no tenía ni un Marshall. La metamorfosis llevó su tiempo, pero creo que finalmente hicimos una química maravillosa, sobre todo con Patricia.
– ¡Por supuesto! Y la reivindico como compañera y profesional: luchadora, apasionada y obsesiva por su trabajo. Siempre les voy a estar agradecido a ella y a Oscar por esa oportunidad. Es mi recuerdo más brillante, porque La Torre estaba en los primeros niveles de popularidad y me permitió jugar en Primera. Fue una plataforma de aprendizaje sobre el profesionalismo, el escenario, los viajes y la convivencia. El músico no vale sólo por lo que toca, sino también por cómo resuelve todas esas circunstancias.

– El tango, un deseo. Es un género que me gusta mucho y siempre incorporé a mis discos. A pesar de sus diferencias, el rock, el blues y el tango tienen similitudes, nacieron del mismo barro y se inscriben en la filosofía de lo popular. Y también cada uno se globalizó y se comercializó. Jardines llenos de flores que fueron pisoteados, aunque la rueda circula y también genera cosas buenas. Lo mismo que le pasó al fútbol: antes sabías que en Independiente jugaba Bochini, o en River el Beto Alonso, y ahora los jugadores no duran tres meses.
– Fue un genio único e irrepetible, partamos de ahí. A pesar de los elementos técnicos de su momento, en los discos no encontrás un solo error. ¡El tipo no paraba de sacar conejos de la galera! Aunque Piazzolla y Goyeneche también fueron muy grosos. Todos me gustan por igual y, por lo general, le escapo a los rótulos de mejores o peores, o de más o de menos, porque siempre va a aparecer un pistolero más rápido. Lo importante no es ser el mejor…. sino ser. (www.REALPOLITIK.com.ar)