Miércoles 27 de mayo de 2026

Internacionales

Diplomacia libertaria

Carlos Foradori, de Julio Strassera al repliegue argentino en derechos humanos

27/05/26 | De joven alfonsinista junto a Strassera a embajador libertario en Ginebra, Foradori encarna el giro exterior de Milei contra la agenda de derechos humanos.


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En los años 80, Carlos Foradori era un joven diplomático de origen radical que, como ferviente alfonsinista, solía colaborar con el fiscal Julio César Strassera en el célebre juicio a las Juntas Militares. Su discurso progresista lo mostraba entonces muy activo en favor de la educación pública, los derechos humanos y la defensa de la Universidad de Buenos Aires (UBA) como institución rectora de la democracia y la movilidad social.

Pero ya en los años 90, su ambición pudo más que sus principios. Foradori se convirtió en un cuadro diplomático clave del menemismo y, en esa nueva piel, fue perdiendo sus viejos valores progresistas hasta transformarse en una de las caras de la Cancillería de Carlos Menem durante la dura pelea con la provincia de Santa Cruz por el tratado de hielos continentales. Ese conflicto limítrofe lo enfrentaría de modo casi insalvable con el kirchnerismo. En efecto, la llegada de Cristina Fernández de Kirchner al poder lo condenó a años de bajo perfil y olvido.

La presidencia de Mauricio Macri le dio una segunda oportunidad. Foradori se enroló en el Pro y fue nombrado vicecanciller, pero la desgracia política volvió a alcanzarlo: fue eyectado del cargo acusado de negociar la cuestión Malvinas con los británicos en estado de ebriedad. Otra vez al destierro, convertido ahora en enemigo eterno de los veteranos de Malvinas.

Varios años después, como no hay dos sin tres, la irrupción de La Libertad Avanza en la política argentina le tenía reservada una tercera oportunidad profesional. La entonces canciller Diana Mondino lo rescató de la sombra y lo designó embajador del gobierno de Javier Milei ante los organismos internacionales con sede en Ginebra.


Diana Mondino y Carlos Foradori.

Sin embargo, once meses después, su protectora fue eyectada del ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto en medio de acusaciones de “traición a la patria”, luego de un voto argentino contra el bloqueo a Cuba. Pero esta vez Foradori no se conmovió. Cambió nuevamente de piel y se convirtió, casi sin escalas, en un ferviente embajador libertario. Un converso de última hora, de esos que hoy abundan en los pasillos de la Cancillería Argentina.

Del “Nunca Más” al silencio en Ginebra

El caso Foradori funciona como síntoma de un giro mucho más profundo. Bajo el gobierno de Javier Milei, la Argentina comenzó a abandonar el rol que durante décadas había construido como impulsora del derecho internacional de los derechos humanos y como participante activa en los foros multilaterales vinculados a memoria, verdad y justicia, género y diversidad, libertad de expresión, derechos de personas mayores, migrantes y refugiadas.

Ese capital diplomático, construido desde el retorno democrático, tuvo uno de sus símbolos más potentes en la proyección internacional del “Nunca Más”. Pero la actual administración decidió tomar distancia de esa tradición y reordenar su política exterior bajo el argumento de un cambio geopolítico.

Foradori, como representante permanente de la Argentina ante los organismos internacionales en Ginebra, no participa este año, por decisión del gobierno libertario, del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Como consecuencia de ello, la Argentina no tiene derecho a voto por no ser integrante activo del organismo.

La retirada no se limita a una cuestión formal. Según distintas evaluaciones de organizaciones especializadas, la delegación argentina dejó de intervenir en varios debates y exámenes periódicos universales sobre la situación de derechos humanos en distintos países. En cambio, mantiene intervenciones selectivas cuando se trata de gobiernos ubicados en las antípodas ideológicas del oficialismo, como Venezuela, Nicaragua o Irán.

La vara, así, parece haberse vuelto ideológica antes que humanitaria. La Argentina cuestiona a las autocracias enemigas, pero guarda silencio o baja el tono frente a aliados políticos del gobierno nacional. El viejo prestigio diplomático construido alrededor de los derechos humanos quedó subordinado a la nueva brújula libertaria.


Carlos Foradori.

La OMS, la OMC y el nuevo libreto libertario

Entre los capítulos más recordados de la gestión de Foradori en Ginebra aparece la difícil tarea de justificar, en esa ciudad suiza, la polémica decisión de Javier Milei de retirar a la Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El movimiento se hizo efectivo en marzo de 2026 y colocó al país en una posición de fuerte aislamiento dentro del sistema sanitario multilateral.

El dato no es menor: la Argentina había sido miembro fundador de la OMS en 1948 y supo ocupar un lugar relevante en la discusión internacional sobre salud pública. Pero el gobierno libertario decidió romper con ese recorrido, en línea con su cuestionamiento al rol de los organismos internacionales y con su lectura crítica de la pandemia.

Lejos de quedar debilitado por esa retirada, Foradori sumó incluso una nueva función. A fines de abril, el gobierno oficializó su designación como representante permanente de la Argentina ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), también con sede en Ginebra, a través del decreto 303/2026.

El premio administrativo terminó de confirmar su acomodamiento al nuevo poder. El diplomático que alguna vez se formó en la tradición alfonsinista de derechos humanos terminó defendiendo, en el tramo final de su carrera, una política exterior que relativiza esos mismos consensos.

Hoy, a cuarenta años de sus inicios como activo militante de Franja Morada y después de varias reencarnaciones ideológicas, Foradori llega al final de su trayectoria diplomática con una tarea incómoda: defender en la Organización de las Naciones Unidas la agenda antiderechos y antiestado que pregona el gobierno mileista.

En los gélidos pasillos del Palacio San Martín, sus colegas no se guardan ironías. “Qué triste final el de Foradori: culminar su carrera diplomática, a meses de jubilarse por cumplir los 70 años, debiendo atacar en los foros internacionales todos los valores que defendía cuando era un joven idealista”, lamentó una fuente diplomática ante REALPOLITIK.

La frase resume algo más que una biografía personal. Foradori no es sólo un diplomático que cambió demasiadas veces de piel. Es, también, la postal de una Cancillería que pasó de hacer del “Nunca Más” una bandera internacional a convertir el silencio, la ausencia y el repliegue en doctrina de Estado. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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